En las catacumbas de las palabras
Y esta pregunta y en el caso de este poemario tiene
una primera respuesta muy convencional: “Todos los caminos conducen a
Roma”, frase del emperador Augusto en
el Foro de la Antigua Roma. Porque la ciudad Imperial marcaba el punto de llegada
de todas las calzadas del imperio antiguo.
Lo que no dijo Augusto es
que esos mismos caminos parten de Roma hacia el resto del mundo y llevan a
otros márgenes, otras historias, otras lenguas, otras tensiones y otras
fragilidades. Movimiento que los romanos no parecían advertir aún en su afán de
llevar “la civilización " al mundo. Movimiento que es el centro de este poetizar.
Algo inesperado empieza a
ocurrir cuando vamos a Roma, cuando deambulamos leyendo Roma, 2023
d.C., cuando aparecemos en otras tierras u otros tiempos
De pronto se nos vinculan
el aquí y el allá, el antes y el ahora, lo exterior y lo interior, el abrigo y
la intemperie en un viaje que es el de Odiseo o el de Dante sin el propósito de
llegar a un puerto o a un Cielo y más bien con la desconcertante comprobación
de que nada es como lo pensábamos. Tampoco permanece igual el viajero, el
caminante, el desplazado, el exiliado, el escribiente y sus emociones. Un
camino de la vida que llega al año 2023 en que se escribe este poemario: “Como aquel a quien
señalaste en la frente, desde/
entonces camino de una nación a otra, de un/ continente a otro sin hallar lugar en el mundo./El mundo. El mundo es un laberinto al que entras /sin un hilo que acuerde tus huellas…”
A medida que el poeta camina por Roma se iluminan distintas escenas para este hombre que vuelve -del sur al norte del mundo- a buscar el mito y la Historia pero fundamentalmente que hace de la travesía , del encuentro con otras gentes, su desconsuelo, el anclaje de los sueños y las pesadillas de la historia, su deambular por dunas de arena y laberintos, “en el hueco de las siete /colinas erizadas de pinos y en la plaza/ dura de gárgolas empinadas vestidas de/ santos, cerré los ojos para sentirte…”
La ciudad mítica depara a
cada uno de los personajes -no solo al poeta que los nombra- su propia “noche oscura del alma”: “Y, en esa orfandad sin
fondo en la que caigo /elevándome hacia lo
profundo,/ es que escribo
y la escritura es un torbellino de signos /que atormenta el alma, una escalera de/ caracol que cuelga del vacío sin que pueda /descifrar la escala de tu ser. Noche. Noche.“
Lo sagrado y lo profano
Un hombre pinta acostado en un andamio el techo de una
capilla famosa, lugar en el que cincela todas las preguntas. Pinta a otros
hombres, pinta el mundo, pinta una escena mítica en la que no cree y crea él
mismo, su primer hombre: “En el firmamento de la capilla Sixtina, /un anciano crea con el dedo al primer hombre. /Imagen y semejanza uno del otro. /Antes,
en el Principio, todo era oscuridad, silencio y quietud. / El silencio absoluto prevalecía hasta que el verbo estalló”
Las palabras de esas cavernas llegan como “ríos de piedra que desaguan en una ciudad eterna” y
la Roma del ayer y del hoy se dan la mano con crueldad recobrada : “En el circo de
las siete colinas se alza/ la antigua urbe,
que, con su mirada, petrificó/la mujer de la
cabellera de sierpes verdes./Sobre sus techos
reptan francotiradores que /miran el ajetreo
urbano y a indigentes que /duermen en los
cajeros automáticos o arden /junto a
contenedores de basura y, de/ tanto en tanto,
fijan un blanco y disparan.”
Cristo y Nerón, el mito y la historia, lo sagrado y lo
profano, los ángeles y los lobos y hasta
ángeles vueltos lobos: “Verá a los ángeles degollar sin
piedad las crías de los infieles…”, rara intensidad de una travesía terrenal donde se
asoman los bordes de lo sagrado, no como un absoluto sino como el sentido mismo
del poetizar.
Los recorridos por la historia no coinciden
necesariamente con una cronología sino con acontecimientos que por su magnitud
iluminan el sentido de una época: el incendio de Roma, los cristianos, el
circo, la Capilla Sixtina, la Inquisición, las pirámides mesoamericanas, los
crímenes de la evangelización y de las guerras,
la presencia incomprensible de lo sagrado en una insoportable dimensión
que atraviesa la Historia: la de la maldad humana, “en un mundo siempre sometido/ al imperio de la injusticia y el sinsentido…”
El,poemario nos trae una atmósfera llena de presagios
en una frontera con un olvido de lo sagrado donde los hombres parecen haber ido
más allá de los dioses y los dioses se hacen hombres que viven en la tierra con
un cuerpo donde la muerte puede asentarse.
Justicia y redención, padecimiento y venganza,
destrucción y renacimiento de lo humano. En las catacumbas de las palabras se
tematiza el pasado pero se lee también el presente como una especie de relato
insomne. Historias que han
de repetirse a lo largo de la Historia. Por ello, las imágenes se
escapan de tiempos antiguos que se deshicieron y sin embargo, desde sus propias
sombras vienen al encuentro del presente.
Si Dante inventó un lenguaje para atravesar el
infierno del mundo medieval y llegar, tal vez,
a un lugar de amor consagrado, Roma 2023 d.C. reconoce
que lo sagrado está en el atisbo de la fragilidad de lo humano, la endeblez de
su condición amorosa o el exilio de ella y por lo tanto, exilio del propio
lenguaje que puede decirla.
¿Es Roma un lugar a
dónde llegar y de dónde partir? Lo es en alguna medida como centro geográfico y
cultural del mundo occidental, pero lo es seguramente como topoi escritural “
que se vale de los recursos retóricos de la poesía para profundizar en el
conocimiento de la condición humana y de esa realidad que trasciende lo
evidente”, nos dice Tello en un reportaje reciente.






