

G-F sin eludir el testimonio de su participación, marca una distancia irónica con el personaje que lo representa, para, de este modo, contar unos años con pasión y hasta con ternura -especialmente lo relativo a su parentela-, pero sin mayores concesiones a otra cosa que no sea su verdad de los hechos narrados. Al establecer estas honestas reglas del juego, que quedan meridianamente claras desde el mismo titulo, G-F sienta las bases para una narración veraz de una hermosa crónica sentimental. Un soberbio fresco de la vida cultural de Barcelona.
Sin embargo, llama mucho la atención que muchos cronistas -salvo algunas honrosas excepciones como David Castillo o Miquel de Palol- hasta ahora no hayan dicho esta boca es mía. Conjeturo (atrevidamente) que el pretendido cosmopolitismo que se le atribuye a esta ciudad es sólo marketing turístico. Cultura de rambla, chata y provinciana que opta por el ninguneo o el menoscabo cuando no está segura de lo que se está diciendo. Quizás, porque en el fondo su elite cultural padece un complejo de inferioridad que le impide reconocer a las voces no institucionalizadas, un complejo que le hace volver su mirada al ombligo de las esencias patrias y no le deja proyectar su cultura y mucho menos proyectarse a sí misma más allá de la "nación".