miércoles, 15 de abril de 2026

Roma 2023 d.C., de Antonio Tello

 En su sección "Crónica del olvido", el poeta venezolano Alberto Hernández hace esta reseña de Roma 2023 d.C., de Antonio Tello (In-Verso Edicions de Poesía, Barcelona, 2026).

El libro es un cordero desollado yéndose en palabras

A.T. 

 

Habla el poeta a través del tiempo y el tiempo lo hace voz, palabra, historia, personajes, una ciudad que alberga todos los augurios, todos los falsos milagros, toda la presencia de dioses que sólo son nombrados para llenar las bocas. Y uno que llegó, hecho hombre de lejanas tierras a Roma, con las manos y los pies heridos y un lanzazo en un costado.

Habla la poesía de todo eso y de muchas sombras y luces. Antonio Tello, en ´ROMA 2023 d. C.´, nos descubre un velo que comienza en aquel Edén Bíblico que se extiende hasta este ahora cuando el mundo es otro y los seres humanos también, con la fruta prohibida entre los dientes, metáfora de todos los desmanes que a diario aparecen y desaparecen en medio de la bruma global.

La voz del poeta se mueve como un eco, disperso, pero a la vez coherente porque la poesía así lo exige, el mundo antes no era redondo, ahora es un inesperado sonido que se agita entre los tantos conflictos que nos aquejan.

En este poemario, o mejor, en este largo poema del poeta argentino radicado en Barcelona, España, la poesía continúa siendo un reclamo a Dios, al que envió a su hijo a ser sacrificado, pero también a los tantos creados por la imaginación de una cultura que se valió de su poder para convertir aquel mundo de hace más de dos mil años en este que ahora nos visita.

En XXXIII cantos nuestro poeta nos conduce por diversos senderos de la cultura de la fe, de los falsos profetas, de la piedra angular de una humanidad que tuvo una larga historia basada en los signos terrenales ligados con el cielo. De allí, las religiones. Y desde esa mirada del autor argentino este viaje convertido en palabras, en el Verbo de la primera vez, pasando por la marca en la frente de aquél que mató a su hermano. Y paralelo a estos eventos, la actualidad, los dolores y placeres que dice la humanidad tener a mano.

Entre sombras, va el sujeto que transita por estos versos. El poeta ilumina el camino, como aquel que buscaba la verdad a plena luz del día con una lámpara en las manos. Y es que ésta, la verdad, es fácil de ocultar, de allí que este libro sea una suerte de enciclopedia de sonidos, ecos, silencios. Voces extraviadas que se convirtieron en un gran templo donde se agitan las alas de un pajarillo que podría ser la representación de ese santo espíritu cristiano vertido en agua oscura, en los tantos desmanes que devela la humanidad del pasado y la humanidad del presente, tan arraigada que somete a ese conglomerado de pensamientos en víctimas del futuro.

ROMA 2023 después de Cristo sigue siendo aquella Roma del comienzo, sólo que ahora tiene más adornos, más imágenes y metáforas divinas. La vieja cristiandad de las catacumbas continúa orando por el crucificado, mientras Pedro era también clavado pero con la cabeza hacia la tierra como si ésta buscara los laberintos del futuro Dante.

                                                                           (***)   

Miguel Ángel nos muestra el dedo de Dios. La Capilla Sixtina sirve de aposento para que la poesía se desarrolle hasta nuestras aciagas horas. Esas manos, una viva y la otra recién hecha de barro, se despliegan en la memoria de los personajes anónimos o conocidos por estos versos de Tello. El mundo se mueve a través de una poética del tiempo que nuestro autor ha vertido como polvo sobre la atmósfera opaca del mundo. Libro que narra, habla conversa con el lector y da una lección de imaginación y ´verdades´ que se han quedado calcadas en esa piedra que era Roma y hoy es un poder que se sostuvo sobre tantos quehaceres poco divinos. 2023 es ese ayer en este día a día que nos lleva de viaje por las imágenes de este libro. Una visión bíblica ilustrada por las luces y sombras de tantos siglos ocurridos, por eso “El silencio absoluto prevalecía/ hasta que el que verbo estalló”, el mismo que se hizo carne, luego pecaminosa y como muestra la frente de Caín, el que mató a su hermano con una quijada de burro. 

Pero ese eco, el primero, no se quedó detenido: “Un segundo estallido del verbo ocurrió en la glotis de un animal sin nombre dispersando esquirlas de sentido sin pasado, presente ni futuro”. Luego llegaron las palabras. La Palabra que lo invadió todo.

Cada canto es un fragmento que recoge –con verbo narrativo- la ´historia´ de un mundo que no termina de reconocerse, porque la noche, la sombra, preguntó “¿Si eres tú la lengua que oprime al ser humano?”. De allí que “Dios es un rumor del lenguaje”.

                                                                                 (***)   

2023 años después de Cristo se inaugura un espacio que ha movido el tiempo de la fe. La poesía ha sido parte de este proceso. Tello entra en el tema, entra y mantiene su atención crítica en todo ese camino andado. Este libro atraviesa el tiempo y el tiempo atraviesa el libro. Esa acción viceversa nos informa, nos entrega no sólo una estética sino los rasgos de muchas personalidades terrenales y metafísicas. No falta el hombre de carne y huesos. No falta Dios, el de Roma venido de la cruz y transformado en Vaticano, en un poder que desfigura la Palabra que quedó tanto en el Edén como en las siete palabras del sacrificado. También están los diferentes dioses personales, plurales, colectivos alzados en verbos de violencia o pasividad, en contrastes: el poeta se debate entre la historia y la imaginación. Logra aproximarlos, logra que una posibilidad oral sea capaz de convertirse –desde una fe- en palabra escrita. Hechos indiscutibles transformados en imágenes que el testigo/ lector tendrá como guía que lo conducirán a tener en cuenta que la historia es también un hecho creativo, que la poesía es capaz de revisarla, resucitarla, maximizarla o minimizarla para poder ser leída, resumida, calcada en la piedra que una vez fue mencionada en Roma. Tello escribe versos largos, como la respiración de quien ora, de quien guarda silencio frente a la naturaleza viva, y lo hace con la voz de los sujetos que ambulan por sus textos, entre ellos, para confesar que “El horror también es real// Aun así me entregué a ti/ y los celebramos”, ese retorno al desierto donde Moisés cinceló los mandamientos, esos poemas que luego fueron rotos con la piedra.

El hombre, el que escribe o se hace otro desde él mismo, dice como una poética no prevista:

“La escritura es una mancha/ de signos que se diluye con el agua…”, mientras Octavio Paz en su ´Teatro de signos´ afirma: “La voz poética, la otra voz, es mi voz. El ser del hombre contiene ya a ese otro que quiere ser”, y despliega toda una teoría que reformula el mundo del silencio.

                                                                                    (***)

En algún lugar anda el hombre con la marca en la frente. Nadie se detiene a interrogarlo, sólo el poema lo hace mediante ese viaje. Y, de pronto, el personaje desaparece para darle paso a “En algún lugar, un niño llora y/ te preguntas si eres tú/ la carne del ausente”, del que quedó tendido bajo la inclemencia de la muerte, mientras ´el caminante´, que podría ser el primer culpable o el futuro salvador de los pecadores recorre estos siglos hasta arribar al nosotros que nos conjuga, de allí que “Nadie escapa de la fe”.

El poema es arenoso, solitario, también verbal en las huellas borradas de los peregrinos, de ese caminante que torna y retorna. “Los desiertos, dice, son paraísos perdidos (…) La ardua aritmética / del amo carece de piedad con los desdichados”, y nos ubica en aquellos y estos tiempos, mientras los signos del ave, del colibrí sagrado, vaticinan que “La ausencia es un gran agujero en el pecho”.

Poesía, sí poesía: “Noche oscura del alma”, en la que San Juan de la Cruz metaforiza y conceptúa la manera de describir el espíritu humano. Pero también revelada por Thomas Moore con el mismo sentido o búsqueda. Que el poeta diga: “…Dios/ es, quizás, el viejo que duerme/ la siesta del Edén”, precisa la belleza que habrá de advertir el mismo poeta español desde su apretada fe cristiana. Dios no duerme, siempre despierta, podría afirmar.

                                                                                (***)

“Estoy solo. En esta eterna ciudad sin Dios, entreveo los espectros sin rostro de los muertos”, un recorrido por los pasadizos que pudo haber conocido Dante. Que transitaron los escondidos en las catacumbas. El poeta se acerca a su propia creencia: “Sin justica no hay belleza/ ni amor que nos salve” y luego le arrima a esa fe: “Desear es conjugar el verbo”. De aquí se desprende el entrevero de una crítica que nos vuelve aproximar a estos días, a los mismos que han quedado atrás: “…los filósofos chapotean a orillas del río/ y los poetas hurgan en los contenedores de desechos verbales algo que llevarse a la / boca, el pálpito de alguna palabra viva/ que nos devuelva el sentido de diario vivir”.

Y define: “Roma es una tortuga dormida que sueña/ con el imperio de los dioses que fueron”.  

¿Qué nos quiere decir el poeta al mencionar al ´señor de las moscas´ mientras William Golding duerme su más largo sueño? ¿Nos quiere decir que seremos una isla dividida en dos bandos mientras la gran ciudad –imaginada o no- se revuelca en sus oscuras edades?

El lector será el peregrino, el caminante que advierte al cordero desollado. Mientras tanto, las palabras.  



domingo, 12 de abril de 2026

ROMA 2023 d.C. (In-Verso Edicions de Poesía, Barcelona, 2026)

 En las catacumbas de las palabras

 Por Silvia N. Barei

 Los caminos del mundo

 ¿Cómo se cuenta la historia de una ciudad que fue centro de un imperio? ¿Cómo se recoge la historia de sus hombres desde el más sabio, al más poderoso, al más infame? ¿Cómo emergen los escombros del pasado entre las piedras del presente? Y la pregunta fundamental que está formulada en este poemario de Antonio Tello, Roma 2023 d.C.: ¿Qué sentido tiene nuestro permanente  deambular por el mundo y nuestro hacer de ello una práctica de escritura?

Y esta pregunta y en el caso de este poemario tiene una primera respuesta muy convencional: “Todos los caminos conducen a Roma”,  frase del emperador Augusto en el Foro de la Antigua Roma. Porque la ciudad Imperial marcaba el punto de llegada de todas las calzadas del imperio antiguo.

Lo que no dijo Augusto es que esos mismos caminos parten de Roma hacia el resto del mundo y llevan a otros márgenes, otras historias, otras lenguas, otras tensiones y otras fragilidades. Movimiento que los romanos no parecían advertir aún en su afán de llevar “la civilización " al mundo. Movimiento que es el centro de este poetizar.

Algo inesperado empieza a ocurrir cuando vamos a Roma, cuando deambulamos leyendo Roma, 2023 d.C., cuando aparecemos en otras tierras u otros tiempos

De pronto se nos vinculan el aquí y el allá, el antes y el ahora, lo exterior y lo interior, el abrigo y la intemperie en un viaje que es el de Odiseo o el de Dante sin el propósito de llegar a un puerto o a un Cielo y más bien con la desconcertante comprobación de que nada es como lo pensábamos. Tampoco permanece igual el viajero, el caminante, el desplazado, el exiliado, el escribiente y sus emociones. Un camino de la vida que llega al año 2023 en que se escribe este poemario: “Como aquel a quien señalaste en la frente, desde/ entonces camino de una nación a otra, de un/ continente a otro sin hallar lugar en el mundo./El mundo. El mundo es un laberinto al que entras /sin un hilo que acuerde tus huellas…”

 A medida que el poeta camina por Roma se iluminan distintas escenas para este hombre que vuelve -del sur al norte del mundo- a buscar el mito y la Historia  pero fundamentalmente que hace de la travesía , del encuentro  con otras gentes, su desconsuelo, el anclaje de los sueños y las pesadillas de la historia, su deambular por dunas de arena y  laberintos, “en el hueco de las siete /colinas erizadas de pinos y en la plaza/ dura de gárgolas empinadas vestidas de/ santos, cerré los ojos para sentirte…”

La ciudad mítica depara a cada uno de los personajes -no solo al poeta que los nombra- su propia  “noche oscura del alma”: “Y, en  esa orfandad sin fondo en la que caigo /elevándome hacia lo profundo,/ es que escribo y la escritura es un torbellino de signos /que atormenta el alma, una escalera de/ caracol que cuelga del vacío sin que pueda /descifrar la escala de tu ser. Noche. Noche.

 

Lo sagrado y lo profano

 

Un hombre pinta acostado en un andamio el techo de una capilla famosa, lugar en el que cincela todas las preguntas. Pinta a otros hombres, pinta el mundo, pinta una escena mítica en la que no cree y crea él mismo, su primer hombre: “En el firmamento de la capilla Sixtina, /un anciano crea con el dedo al primer hombre. /Imagen y semejanza uno del otro. /Antes, en el Principio, todo era oscuridad, silencio y quietud. / El silencio absoluto prevalecía hasta que el verbo estalló

 Y la memoria del poema vuelve no al hombre que fue creado de barro sino a aquel que pintó el  techo de sus primeras cavernas  y empezó a ver el mundo a través del lenguaje del arte, “soñó y creó otros mundos / que el día o la noche devoraban. /Nada parecía evitar la fugacidad de lo creado hasta /que la onda expansiva del estallido alcanzó/ los confines del cuerpo/ y generó figuras que /sonaban como las palabras …”

 

Las palabras de esas cavernas llegan como “ríos de piedra que desaguan en una ciudad eterna” y la Roma del ayer y del hoy se dan la mano con crueldad recobrada : “En  el circo de las siete colinas se alza/ la antigua urbe, que, con su mirada, petrificó/la mujer de la cabellera de sierpes verdes./Sobre sus techos reptan francotiradores que /miran el ajetreo urbano y a indigentes que /duermen en los cajeros automáticos o arden /junto a contenedores de basura y, de/ tanto en tanto, fijan un blanco y disparan.

 

Cristo y Nerón, el mito y la historia, lo sagrado y lo profano, los ángeles  y los lobos y hasta ángeles vueltos lobos: “Verá a los ángeles degollar sin piedad las crías de los infieles…”, rara  intensidad de una travesía terrenal donde se asoman los bordes de lo sagrado, no como un absoluto sino como el sentido mismo del poetizar.

Los recorridos por la historia no coinciden necesariamente con una cronología sino con acontecimientos que por su magnitud iluminan el sentido de una época: el incendio de Roma, los cristianos, el circo, la Capilla Sixtina, la Inquisición, las pirámides mesoamericanas, los crímenes de la evangelización y de las guerras,  la presencia incomprensible de lo sagrado en una insoportable dimensión que atraviesa la Historia: la de la maldad humana,  en un mundo siempre sometido/ al imperio de la injusticia y el sinsentido…”

 

El,poemario nos trae una atmósfera llena de presagios en una frontera con un olvido de lo sagrado donde los hombres parecen haber ido más allá de los dioses y los dioses se hacen hombres que viven en la tierra con un cuerpo donde la muerte puede asentarse.

 

Justicia y redención, padecimiento y venganza, destrucción y renacimiento de lo humano. En las catacumbas de las palabras se tematiza el pasado pero se lee también el presente como una especie de relato insomne. Historias que han de repetirse a lo largo de la Historia. Por ello, las imágenes se escapan de tiempos antiguos que se deshicieron y sin embargo, desde sus propias sombras vienen al encuentro del presente.

 ¿Es aquí donde se pierde toda esperanza?”, se pregunta el poeta y su pregunta remite al Dante de “lasciate ogni speranza voi ch’entrate”, y los 33 cantos de Roma (número cabalístico) nos vuelven a los 33 de cada una de las tres partes de la Commedia.

Si Dante inventó un lenguaje para atravesar el infierno del mundo medieval y llegar, tal vez,  a un lugar de amor consagrado, Roma 2023 d.C. reconoce que lo sagrado está en el atisbo de la fragilidad de lo humano, la endeblez de su condición amorosa o el exilio de ella y por lo tanto, exilio del propio lenguaje que puede decirla.

La poesía (o lo poético) se nos presenta en Roma, 2023 d.C. como balance o balanza llamada a pesar y pensar hombre y cultura y también como persecución de figuras, sitios, rostros, diálogos que, sumergidos en el tiempo aúnan desconsuelo y resurrección en los modos de un lenguaje que trae el pasado sin desmarcarse del espíritu de un nuevo siglo de condición crepuscular .

¿Es Roma un lugar a dónde llegar y de dónde partir? Lo es en alguna medida como centro geográfico y cultural del mundo occidental, pero lo es seguramente como topoi escritural “
que se vale de los recursos retóricos de la poesía para profundizar en el conocimiento de la condición humana y de esa realidad que trasciende lo evidente”, nos dice Tello en un reportaje reciente.

 Dos preguntas que suelo hacerme y que este libro de poemas trata de responder mientras su palabra deambula, en 2023,  por las calles de Roma: ¿Sobre qué pérdida de condición humana se asienta la actual violencia de unos contra otros?; ¿Sobre qué trasfondo de sentido una cultura puede reconocer sus milagros y sus barbaries?


LA PIEL DEL FAUNO (Ediciones del Callejón, Los Hornillos, 2025)


 

Tres notas hacia La piel del fauno (prólogo)

Por José Di Marco

 

0.

En la Antigua Grecia, el aulós era un instrumento musical de viento que consistía en dos tubos de caña y la lira, un instrumento de cuerdas. Marsias, un fauno que se destacaba en el dominio del aulós, desafió a Apolo, experto en el manejo de la lira, a un certamen musical cuyo jurado serían las Musas. En la contienda entre ambos, el dios advirtió el talento supremo de su contrincante y recurrió a un ardid para vencerlo: empleó la voz como complemento. A pesar de las protestas de Marsias, las Musas le otorgaron la victoria a Apolo quien ordenó que se lo despellejara y colgara boca abajo en un pino a modo de escarmiento para todas las criaturas que osaren desafiar la potestad de un dios.

 

1.

Desde su título, el reciente poemario de Antonio Tello evoca la figura de Marsias, la que viene a representar –con todos los atenuantes y las vacilaciones con que esa acción se ve afectada por la ambigüedad propia del discurso poético- tanto la del poeta como la de la condición humana en las penurias del presente.

El fauno es un personaje, y en los fragmentos que componen el poema –y son más de 50- se narra una historia que lo tiene como protagonista la que va de la sombra a la luz, del dolor al alivio, del desamparo al cobijo. En ese decurso, creciente y afirmativo, el amor y el canto se constituyen en modos de la resistencia y la memoria que confrontan, para imponerse, con las penumbras de la muerte y el olvido. Y, asimismo, es una voz lacerada y lúcida, elegíaca e imprecatoria, que pronuncia, acomodándose a las cadencias del endecasílabo, versos de un lirismo estremecedor. Entonces, cuando habla el fauno, cuando toma la palabra y comanda los versos, la tonalidad del poemario se torna eminentemente lírica.

Käte Hamburger nos enseñó que el yo del poema, a diferencia del que prevalece en la ficción, es autobiográfico. Entonces, uno podría conjeturar que, bajo la máscara de una figura mitológica, el autor (el poeta) está escribiendo –contando y cantando- sus desdichas y anhelos personales. Pero, en la poesía de Tello (acaso apropiándose de una consigna con que el feminismo abrevia sus batallas culturales) lo personal es político, es decir: lo íntimo deviene comunitario y alcanza un interés más amplio y complejo que la expresión de las desazones recoletas e individuales. Entonces, los padecimientos y afanes del fauno (que equivaldrían a los del poeta) hablan también de los tormentos y aspiraciones de un colectivo (que podría identificarse con el destino de la humanidad toda) en el contexto de una época ominosa.

Vayamos al comienzo de La piel del fauno: “¿Cómo pronunciar el día y que su luz/ me aleje de esta oscuridad?”. Se trata de una pregunta encabalgada en dos versos que profiere menos un interrogante retórico que una súplica. Pongamos la atención en el adverbio: es una petición por la forma, por el modo de hacer, por una resolución estilística. En su conjunto, el poemario es una respuesta tan bella como eficaz a esa demanda que excede el ámbito de las circunstancias autobiográficas: para proferir la luminosidad hay que encender las palabras y abrir un mundo. Y Tello hace eso.

2.

Desnudo, abandonado, aturdido por las perturbaciones de una época en la que el sinsentido se impone, el fauno despellejado es el protagonista del poema y a veces (en ciertos fragmentos que no exceden la extensión de un único verso) la voz que enuncia, con un tono desgarrador, las afirmaciones y preguntas incontestadas que lo escanden. Interrogaciones sin respuestas; asertos que confirman el desamparo. El fauno no tiene con quien hablar, salvo con su propia palabra, con el silencio que se deja oír como una ausencia atronadora. Por eso, ante la mudez que se impone, escribe y canta.

Castigado (y abandonado) por los dioses –que en la poética de Tello encarnan el poder desmedido y la violencia devastadora-, el fauno atestigua, en medio de escenas apocalípticas (que recuerdan, por ejemplo, las de La noche yerma), la desolación, el olvido y la injusticia. Refugiado en el bosque, ensaya un canto lastimoso y melancólico, un gesto de resistencia y denuncia que, no obstante, roza, en más de una ocasión, los fulgores de la esperanza.

Como en sus anteriores libros de poesía (como en el conjunto de su producción literaria), Tello crea un universo autónomo, densamente simbólico en el que las referencias explícitas están obliteradas; el simbolismo (con sus veladuras del sentido, con su propensión al hermetismo, con un lenguaje pleno de sugerencias y evocaciones) constituye el cimiento estético en que se apoya el estilo ceñido y, a la vez, esplendente con que el autor escribe este libro.

3.

“¿Hay alguien ahí? ¿Hay alguien ahí? ¿Nadie?”. En la insistencia inherente a esta acumulación de interrogaciones se expresa, con desilusión, el nihilismo, la incomunicación, la falta de solidaridad, elementos de una cosmovisión epocal que La piel del fauno afronta e interpela. Asimismo, en ese obstinado encadenamiento de preguntas, el poeta inquiere por las condiciones de legibilidad de La piel del fauno, más aún: por el tipo de lector (de lectora) al que se destinan sus versos. ¿Quién, quiénes, se atreverían a leer este libro para el cual la poesía resulta una suerte de anacronismo apasionado, una mixtura de palabras calcinadas, ardientes y fulgurantes para las que el mundo es un enigma insoluble y la poesía misma una escritura y un canto que lo desafía y lo multiplica como si de ello dependiera su supervivencia y la de la especie humana y la del arte mismo?