Tres
notas hacia La piel del fauno (prólogo)
Por
José Di Marco
0.
En la Antigua Grecia, el aulós era un instrumento musical de viento que
consistía en dos tubos de caña y la lira, un instrumento de cuerdas. Marsias,
un fauno que se destacaba en el dominio del aulós, desafió a Apolo, experto en
el manejo de la lira, a un certamen musical cuyo jurado serían las Musas. En la
contienda entre ambos, el dios advirtió el talento supremo de su contrincante y
recurrió a un ardid para vencerlo: empleó la voz como complemento. A pesar de las protestas de Marsias, las Musas le otorgaron la victoria
a Apolo quien ordenó que se lo despellejara y colgara boca abajo en un pino a
modo de escarmiento para todas las criaturas que osaren desafiar la potestad de
un dios.
1.
Desde su título, el reciente poemario de
Antonio Tello evoca la figura de Marsias, la que viene a representar –con todos
los atenuantes y las vacilaciones con que esa acción se ve afectada por la
ambigüedad propia del discurso poético- tanto la del poeta como la de la
condición humana en las penurias del presente.
El fauno es un personaje, y en los fragmentos
que componen el poema –y son más de 50- se narra una historia que lo tiene como
protagonista la que va de la sombra a la luz, del dolor al alivio, del
desamparo al cobijo. En ese decurso, creciente y afirmativo, el amor y el canto
se constituyen en modos de la resistencia y la memoria que confrontan, para
imponerse, con las penumbras de la muerte y el olvido. Y, asimismo, es una voz
lacerada y lúcida, elegíaca e imprecatoria, que pronuncia, acomodándose a las
cadencias del endecasílabo, versos de un lirismo estremecedor. Entonces, cuando
habla el fauno, cuando toma la palabra y comanda los versos, la tonalidad del
poemario se torna eminentemente lírica.
Käte Hamburger nos enseñó que el yo del poema,
a diferencia del que prevalece en la ficción, es autobiográfico. Entonces, uno
podría conjeturar que, bajo la máscara de una figura mitológica, el autor (el
poeta) está escribiendo –contando y cantando- sus desdichas y anhelos
personales. Pero, en la poesía de Tello (acaso apropiándose de una consigna con
que el feminismo abrevia sus batallas culturales) lo personal es político, es
decir: lo íntimo deviene comunitario y alcanza un interés más amplio y complejo
que la expresión de las desazones recoletas e individuales. Entonces, los
padecimientos y afanes del fauno (que equivaldrían a los del poeta) hablan
también de los tormentos y aspiraciones de un colectivo (que podría
identificarse con el destino de la humanidad toda) en el contexto de una época
ominosa.
Vayamos
al comienzo de La piel del fauno:
“¿Cómo pronunciar el día y que su luz/ me aleje de esta oscuridad?”. Se trata
de una pregunta encabalgada en dos versos que profiere menos un interrogante
retórico que una súplica. Pongamos la atención en el adverbio: es una petición
por la forma, por el modo de hacer, por una resolución estilística. En su
conjunto, el poemario es una respuesta tan bella como eficaz a esa demanda que
excede el ámbito de las circunstancias autobiográficas: para proferir la
luminosidad hay que encender las palabras y abrir un mundo. Y Tello hace eso.
2.
Desnudo, abandonado, aturdido por las
perturbaciones de una época en la que el sinsentido se impone, el fauno
despellejado es el protagonista del poema y a veces (en ciertos fragmentos que
no exceden la extensión de un único verso) la voz que enuncia, con un tono
desgarrador, las afirmaciones y preguntas incontestadas que lo escanden. Interrogaciones
sin respuestas; asertos que confirman el desamparo. El fauno no tiene con quien
hablar, salvo con su propia palabra, con el silencio que se deja oír como una
ausencia atronadora. Por eso, ante la mudez que se impone, escribe y canta.
Castigado (y abandonado) por los dioses –que en
la poética de Tello encarnan el poder desmedido y la violencia devastadora-, el
fauno atestigua, en medio de escenas apocalípticas (que recuerdan, por ejemplo,
las de La noche yerma), la
desolación, el olvido y la injusticia. Refugiado en el bosque, ensaya un canto
lastimoso y melancólico, un gesto de resistencia y denuncia que, no obstante,
roza, en más de una ocasión, los fulgores de la esperanza.
Como en sus anteriores libros de poesía (como
en el conjunto de su producción literaria), Tello crea un universo autónomo,
densamente simbólico en el que las referencias explícitas están obliteradas; el
simbolismo (con sus veladuras del sentido, con su propensión al hermetismo, con
un lenguaje pleno de sugerencias y evocaciones) constituye el cimiento estético
en que se apoya el estilo ceñido y, a la vez, esplendente con que el autor
escribe este libro.
3.
“¿Hay alguien ahí? ¿Hay
alguien ahí? ¿Nadie?”. En la insistencia inherente a esta acumulación de
interrogaciones se expresa, con desilusión, el nihilismo, la incomunicación, la
falta de solidaridad, elementos de una cosmovisión epocal que La piel
del fauno afronta e interpela. Asimismo, en ese obstinado encadenamiento de
preguntas, el poeta inquiere por las condiciones de legibilidad de La piel del fauno, más aún: por el tipo
de lector (de lectora) al que se destinan sus versos. ¿Quién, quiénes, se
atreverían a leer este libro para el cual la poesía resulta una suerte de
anacronismo apasionado, una mixtura de palabras calcinadas, ardientes y
fulgurantes para las que el mundo es un enigma insoluble y la poesía misma una
escritura y un canto que lo desafía y lo multiplica como si de ello dependiera
su supervivencia y la de la especie humana y la del arte mismo?
