lunes, 25 de octubre de 2010
Junichiro Tanizaki
Junichiro Tanizaki (Tokio, 1886, Yugawara, 1965). Es uno de los grandes creadores de la moderna literatura japonesa, de quien ya he comentado El cuento de un hombre ciego y próximamente lo haré de una de sus novelas más bellas, El cortador de cañas.
miércoles, 29 de septiembre de 2010
AUTOBIOGRAFÍA SIN VIDA, Félix de Azúa
Pocas veces un libro de memorias se propone como un ejercicio de disolución del yo y menos a través de la experiencia y el conocimiento del arte y la cultura de ese yo como en Autobiografía sin vida (Mondadori, 2010), de Félix de Azúa.
Ante tanto radicalismo identitario y egocéntrico, ante tanto provincianismo nacionalista que vicia las relaciones sociales en Europa y en particular en la infantil España de las autonomías, Félix de Azúa reivindica el valor trascendente del arte minúsculo en la vida del ser humano como reflejo del rostro común. Desde el título, el autor manifiesta su propósito de narrar desde lo particular aquello que proyecta al individuo en la comunidad. De aquí que la vida de que carece su autobiografía sea la rutinaria y anecdótica que hace del yo -individual, familiar, nacional- un centro falaz del mundo, del «cosmos», dice él.
Un hombre, escribió Jorge Luis Borges, es todos los hombres. Félix de Azúa parece comulgar con esta idea y propone caminar al encuentro de los otros que somos a través de la inteligencia y el gozo que reflejan las representaciones del arte desde sus primeros balbuceos (los caballos de la cueva de Chauvet) hasta los años ochenta, fecha que fija en Documenta 5, muestra tras la cual en las artes prevalecen «la trivialidad, las repeticiones, plagios...».
«No es éste un libro que cuente mi vida sino la de muchos que, como yo, han tenido similares sensaciones, experiencias, emociones, decepciones y aprendizajes», dice Azúa. Este es el principio del que parte para entrar, como decía Baudelaire en «los bosques de símbolos que le observan con ojos familiares» y desentrañar de algún modo el enigma de la existencia humana. La «galaxia de símbolos» en la que se hallan desde el crucifijo hasta Flash Gordon.
«Las artes [...] parecen más bien un desesperado intento por imponer un sentido a nuestra vida, tan efímera como insensata», pues al fin y al cabo, «al morir dejamos un rastro de palabras que no es necesario haber escrito». Pero antes de esa muerte individual, Azúa advierte del «terror a lo privado» y de la conversión de los seres vivientes en signos: «El último demonio lo llevamos dentro y en cuanto lo reconozcamos y le demos representación seremos libres de actuar como auténticos demonios, es decir, sin remordimiento». Y lo haremos a través del Estado, que será el encargado de administrar las matanzas, gestionar el horror.
martes, 14 de septiembre de 2010
LA MUERTE DE IVÁN ILICH, Lev Tolstói
Después de la profunda crisis espiritual que sufrió tras cumplir los cincuenta años, en 1886, Lev Tolstói escribió una pequeña obra maestra, aunque ensombrecida por las centenares de páginas realistas, sangrientas y lacrimógenas, de Guerra y paz y Anna Karénina. Esta hermosa joya de la literatura de todos los tiempos es La muerte de Iván Ilich (Bruguera, 1981, trad. Augusto Vidal).El arranque de esta nouvelle de menos de cien páginas responde fielmente a los cánones del realismo, corriente de la que Tolstói fue uno de sus grandes maestros. Un grupo de jueces de la época zarista centran su conversación en la muerte de un colega, Iván Ilich, y las consecuencias burocráticas que la misma acarreará para sus respectivas carreras. Tras este prolegómeno, el lector entra de lleno en la vida de Iván Ilich, un hombre mediano en todos los sentidos, pero con la suficiente inteligencia y ambición como para abrirse paso en la sociedad y escalar posiciones en ella hasta llegar al más alto escalón al que puede aspirar. Iván Ilich es en lo personal y en lo profesional un hombre de éxito.
Llegado el momento culminante de su carrera, con asombrosa naturalidad, Lev Tolstói sitúa a Iván Ilich en la capital del imperio, subido a una escalera ocupado en la decoración de su nueva casa. Iván Ilich cae y el golpe que sufre parece no tener consecuencias. Sin embargo, es el momento metafórico que señala su declive vital. La muerte aparece como antagonista e Iván Ilich se enfrenta a la soledad y a la imposibilidad de comprender el fin, al desconsuelo que le provoca acabar sus días. Sus reflexiones, que no encuentran salida, lo llevan a preguntarse al porqué de tanto sacrificio y ver de un modo nítido no exento de crueldad la vacuidad de las conductas de sus amigos y familiares e incluso de la suya.
En ese marco de feroz crítica individual y colectiva, sólo dos personajes parecen salvarse, su hijo adolescente, Vasili Ivánovich, y su criado Guerásim, cuya ternura natural era lo único que parecía calmar los padecimientos físicos y espirituales de Iván Ilich.
La muerte de Iván Ilich es una intensa y sincera reflexión sobre la vida y la muerte y a la angustia irresuelta que ésta causa en el individuo humano. Lo dicho, una obra maestra.
martes, 7 de septiembre de 2010
MÍSTICA ABAJO, Andrés Neuman
No es sorpresa lo que suscita Mística abajo (El Acantilado, 2008), de Andrés Neuman, sino gozo. La precisión de sus versos sostiene una poética que aspira a dar al lector una visión honda y abarcadora del mundo, ese lugar de «carne pensativa» que nos descubrió la tradición mística.
El poeta sabe que tratada la palabra como sustancia le sirve para entrar en esa dimensión superior del espíritu donde el ser y las cosas pueden revelarnos algunos de sus secretos. La nieve necesita / del barrido interior de la palabra / de su aguda atención, de su rastrillo / para tratar de ser / y sostener el blanco, escribe Andrés Neuman.
Esta pureza de la palabra, este empeño en hacerla sustancial, es una toma de posición poética que se funda en la voluntad de hacer del mundo un lugar de dicha, una radical rebelión contra el dolor y la derrota. Y es así que anota No hay fortuna del ánimo / sino esfuerzo de carne en la alegría, y también Necesito la carne para amarte, / la carne enamorada, pero no / más allá de la tumba sino contra la tumba.
El gozo de lectura de Mística abajo es reflejo de gozo de vida, de reivindicación del deseo de ser en plenitud, pues La juventud no acaba con la edad / sino con la certeza de algún daño [...] Cuando la muerte ajena empieza a hacerse propia / empieza la otra vida. / Otra mucho más breve. / Y mucho más cargada de deseo.
martes, 31 de agosto de 2010
LA EMBOSCADA, Iván Humanes
Adentrarse en el bosque por senderos poco transitados es una labor ardua que exige coraje y mucha templanza. La emboscada (InÉditor, 2010), de Iván Humanes es la novela que narra la sombría aventura del hombre que se interna en la fronda para descubrir la oscuridad de su propio corazón.Como los antiguos héroes que desafían las acechanzas del mal, la voz narradora de Humanes penetra en el bosque de «senderos que se bifurcan» y a cada paso consigue que el chapoteo en el barro y el crujido de las ramas se incorporen a una sinfonía de la oscuridad que suena como un eco de los miedos del protagonista.
Aunque parte de premisas del género policíaco, Iván Humanes no tarda en poner en evidencia sus limitaciones y dinamitarlas a través de una escritura comprometida con el personaje y la narración, que revela la compleja realidad del alma humana.
La emboscada es una novela honesta que sitúa a su autor muy por encima de los representantes de la llamada «generación nocilla» y de aquellos que creen que la «escritura bloguera» es signo de modernidad. Hay aquí, independientemente de los prescindibles guiños y homenajes literarios, una propuesta literaria seria que hace vislumbrar a un autor de largo recorrido. Un autor que sabe que la amplitud del campo semántico de la prosa depende de la calidad de los recursos poéticos.
viernes, 16 de julio de 2010
LÍRICA DE UNA ATLÁNTIDA, Juan Ramón Jiménez
Lírica de una Atlántida (Galaxia Gutenberg / Círculo de los lectores, 1999), reúne la poesía de Juan Ramón Jiménez escrita entre 1936 y 1954, en una magnífica edición a cargo de Alfonso Alegre Heitzmann. La relectura de JRJ, a quien ciertos poetas principales de España trataron de ignorar, nos ayuda a dimensionar la distancia que existía (existe) entre la obra de uno y otros.
El compromiso de diálogo con el poeta Alfonso Alegre Heitzmann centrado en el poema Espacio confrontado a La tierra baldía, de T.S.Eliot, fue el detonante de una lectura que renovó la percepción del poderoso influjo ejercido por JRJ en la moderna poesía de habla castellana al rescatar su pasado más noble, en cuyo linaje figuran Quevedo, Góngora, pero sobre todo, Juan de la Cruz, Teresa de Ávila y Miguel de Molinos pasados por el tamiz de los simbolistas franceses y el radicalismo propuesto a través del monólogo interior por James Joyce. Estos son algunos de los sustentos con que J.R.J. fragua un nuevo lenguaje poético que logra que el poema mismo sea la columna vertebral de la realidad del mundo que describe con ambición abarcadora, trascendente.
En Espacio no hay asunto ni argumento sino voz que unifica con «embriaguez rapsódica», según Díaz-Canedo y conduce en «un oleaje verbal» (Sanchez Robayna) a la liturgia de la celebración de la vida, pues «los dioses no tuvieron más sustancia que la que yo tengo». Para Juan Ramón, el único dios, es el dios poético, la palabra, al que no busca sino que va a su encuentro disolviendo su yo en la sustancia, en el tiempo. «Mi mejor obra -dijo en una ocasión para justificar esa búsqueda- es mi constante arrepentimiento de mi Obra».lunes, 5 de julio de 2010
LA TIERRA BALDÍA, T.S. Eliot
En 1922, el mismo año en que James Joyce publicaba su Ulises, Thomas Stearns Eliot daba a conocer su poema La tierra baldía (Cátedra, 3ª edic. 2009, edición bilingüe de Viorica Patea, trad. de José Luis Palomares), con el que se inauguraba en el mundo anglosajón el lenguaje poético de la modernidad.
La relectura de este poema que tanto me impresionó en mi adolescencia hasta el punto de ser uno de los pilares que forjaron mi propia voz me ha resultado gozosa. Especialmente gozosa porque ha sido confrontada con la lectura de Espacio, el poema fundacional de la modernidad hispano debido a la genialidad de Juan Ramón Jiménez, del cual ya escribiré en otra ocasión.
La tierra baldía sorprende al lector por una constante apelación al mito como memoria colectiva que atesora los valores fundamentales de la cultura y la civilización, en su caso europea, y al mismo tiempo lo desconcierta por una radical fragmentación del texto que busca plasmar, del mismo modo como lo hacía el cubismo en la pintura y la escultura, una realidad en disolución. Una realidad presa del caos, la violencia, el desorden y la corrupción irremediables. Sin embargo, en este erial, en esta tierra baldía que es el mundo, T.S.Eliot cree en la redención. Cree, como parecen significar los ritos cíclicos de la fertilidad, en la redención, en el renacer. Aunque abril sea el mes más cruel y en la hora violeta silben murciélagos con «cara de niño», en el alma persiste esa esperanza que propiciará el relámpago y, tras el trueno, que una ráfaga húmeda traiga la lluvia.
El carácter abarcador, no totalizador, de la realidad del mundo, que Eliot le da al poema con su atomización formal, los quiebres temporales y las mutaciones de los personajes hace que éste, acaso como reflejo de la figura de Tiresias, el adivino ciego de Tebas que llegó a saber que el placer más intenso del ser humano es el femenino porque fue mujer, se convierta en la metáfora de la unidad existencial.
sábado, 12 de junio de 2010
UNA HEREDERA DE BARCELONA, Sergio Vila-Sanjuán
Desde La verdad del caso Savolta, de Eduardo Mendoza (Seix Barral, 1975) y, más recientemente, La última vuelta del perro, de Jorge Rodríguez (Magenta, 2007) -descarnado retrato de la Barcelona olímpica- no había leído una descripción tan vibrante y vital de esta ciudad como en Una heredera de Barcelona, de Sergio Vila-Sanjuán (Destino, 2010). Mediante un potente arranque narrativo próximo al thriller, Vila-Sanjuán pone al lector ante las puertas del laberinto social de la Barcelona de los años veinte, en la que se libra una violenta lucha de clases y de intereses personales, económicos y políticos. A partir de ese momento, el hilo de Ariadna que guía la lectura es la voz del abuelo del autor, parentesco que desaparece al convertirse Pablo Vilar, gracias a la fluidez narrativa, en un personaje que se entrega al orden de la ficción para hacer más verosímil la narración de los hechos.
«Pensamos que los viejos siempre han sido viejos, pero este episodio de los años formativos de mi abuelo me fascinó, tanto por lo que revelaba de su propio carácter como por la luz que proyectaba sobre ciertos ambientes de su tiempo: pero, sobre todo, por cierta ingenuidad animosa que trasmitía y que me resultó entrañable», afirma Sergio Vila-Sanjuán en el prólogo. Una de las virtudes de esta novela es que el autor hace de esta fascinación un mecanismo original para articular los hechos reales y los recursos novelísticos sin someterse a las leyes del argumento. Una línea argumental hubiese sido utilizar, por ejemplo, el caso de María Nilo como punto de partida de una investigación que al final revelara la oscura trama del poder. Pero aquí no existe tal linea argumental, sino la voz del joven abogado que a través de los casos que le tocan, de su posicionamiento social y político, de su vocación periodística y de sus relaciones personales construye un fresco vivo de un momento turbulento de la ciudad, cuyo trasunto metafórico es la heredera, esa bella, coqueta, inteligente y contradictoria Isabel Enrich.
El epílogo, que no el final de la novela, reúne en los prolegómenos de la Guerra Civil a los personajes que, desde su inteligencia y sensibilidad han logrado establecer un vínculo afectivo que trasciende los prejuicios sociales y de clase, los fundamentalismos ideológicos y el sinsentido de la violencia. Ellos son, parece querer decir Sergio Vila-Sanjuán, los verdaderos protagonistas de la Historia.
domingo, 6 de junio de 2010
EL ETERNAUTA, H.G.Oesterheld / F. Solano López
Entre 1957 y 1959, apareció en la revista argentina Hora Cero la original historieta de ciencia ficción imaginada por Héctor G. Oesterheld y dibujada por Francisco Solano López, titulada El Eternauta, de la que en noviembre de 2007 Norma Editorial hizo una edición especial para conmemorar su quincuagésimo aniversario, con eficaz prólogo de Carlos Trillo.
La aproximación actual a esta obra clásica del cómic, como se le dice en la jerga peninsular a lo que en Hispanoamérica llamamos historieta, supone para quienes la leímos en aquella época explicarnos la naturaleza de las emociones (y perturbaciones) que entonces nos provocó su lectura. Por primera vez, lugares que resultaban familiares eran el escenario de acontecimientos extraordinarios que, ingenuamente, creíamos que sólo sucedían en otros lugares lejanos y prestigiosos, generalmente anglosajones. Pero había algo más, la historieta, soportada en unos dibujos de gran calidad, cosa nada sorprendente dado que en Buenos Aires en ese momento se concentraban artistas extraordinarios, como el mismo Francisco Solano López, Alberto Breccia, Carlos Freixas, Arturo del Castillo y Hugo Pratt, entre otros, daba cuenta de un personaje (Juan Salvo), que en una Buenos Aires paralela había sido esposo y padre entrañable, se presenta en la casa del mismo guionista como viajero del tiempo y resistente de una terrible invasión extraterrestre que se manifiesta al principio con una nevada mortal. En ese momento, el carácter de la historieta como metáfora de la realidad política del país y la oscura amenaza que se cierne sobre él es apenas perceptible, pero revela la intuición artística de Oesterheld para narrar a modo de anticipación la tragedia que se avecinaba. De esta lectura que latía por debajo de la lectura directa de los acontecimientos narrados nacía la inquietud perturbadora que dejaba en el ánimo de los lectores las aventuras de El Eternauta. Posteriormente, Oesterheld escribió una nueva versión en 1969 con dibujos de Breccia, con quien siete años antes había hecho Mort Cinder, y en 1976 El Eternauta II, de nuevo con Solano López, en los que el compromiso político se hizo más explicito hasta el punto de continuar los tramos finales de la historia en la clandestinidad. En 1977, el creador del Eternauta, miembro del grupo guerrillero Montoneros, fue secuestrado y, junto a sus cuatro hijas, hecho desaparecer por la dictadura militar que asoló Argentina entre 1976 y 1982. Estos hechos reales enriquecen conceptualmente El Eternauta, pero es en su concepción del mal, su amenaza y su horror, lo que le confiere la calidad de clásico.
jueves, 3 de junio de 2010
LITERATURA DEL EXILIO EN EL CONSULADO ARGENTINO
El pasado 27 de mayo, el Consulado de la República Argentina inauguró la Sala Silvina Ocampo con un ciclo dedicado a poetas y narradores argentinos coordinado por el sicoanalista Alejandro Gómez-Franco. El cónsul adjunto, Andrés H. Mangiarotti, puso de manifiesto la intención de la legación consular de tener un contacto más fluido con la comunidad argentina y de operar como centro de promoción de artistas plásticos, escritores, poetas e intelectuales argentinos tanto residentes en Cataluña como de paso por Barcelona.
Para iniciar el ciclo «Paseo de Gracia esq. Gran Vía» e inaugurar la Sala Silvina Ocampo fue distinguida mi obra narrativa y poética. El poeta Carlos Vitale y Gómez-Franco, a quienes agradezco su generosidad de juicio, fueron los encargados de glosarla. Vitale dijo en un pasaje de su exposición centrada en los libros de poemas «Sílabas de arena» y «Conjeturas acerca del tiempo, el amor y otras apariencias» que «Antonio Tello es un poeta que arriesga, que no se conforma. Me gusta pensar en él como un alpinista. Tello escala una montaña y cuando llega a la cima no se detiene a mirar, extasiado, el paisaje, el éxito obtenido, sino que baja y vuelve a subir la misma montaña por otra ladera o busca otra montaña aún más alta y escarpada. Tello es un Sísifo tenaz y deliberado. Quiere respuestas, pero sólo encuentra preguntas.»
Por su parte, Alejandro Gómez-Franco, que analizó tres cuentos de «El mal de Q.» vinculándolos al mito hegeliano del amo y el esclavo: «El amo y el esclavo expresan esa dualidad interna del sujeto que se halla en tensión entre el dominio y la unidad por un lado, y la anarquía y fragmentación que experimenta interiormente por el otro. Pero esta unidad, he aquí el problema, sólo es reconocible en el exterior; el amo está afuera, es exterior.
En “El Mal de Q” [encontramos] la forma moderna del esclavo que es la neurosis obsesiva […]. La belleza de este cuento reside tanto en la forma como en el sentido que esa forma acoge y propicia. Y nos recuerda también la función iniciática de la literatura, todos tenemos un libro que nos abrió los ojos, que despertó en nosotros el deseo de saber y nos enfrentó a la verdad bajo la forma de ficción que le es propia.»
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