sábado, 21 de octubre de 2023

EL PRECIO QUE PAGAS, Peter Redwhite

 

 


Elliot Murphy en el prólogo a este libro (Berenice, Madrid, 2021) afirma que “tan sólo podemos escribir sobre aquello que conocemos o, al menos, acerca de lo que nos gustaría saber y, aun así, nada podría estar más alejado de la verdad que la auténtica ficción […] Todas suntuosas mentiras ataviadas de lujuriosa verdad. Lo que llaman literatura”. Y esta parece ser la premisa desde la que Peter Redwhite -seudónimo del joven escritor español Pablo Sánchez García- emprende su búsqueda y exploración de sí mismo. No está sólo en ese largo viaje en tren. Otros pasajeros lo acompañan, todos anónimos, aunque desde su observatorio particular les atribuye una biografía a partir de las apariencias que le brindan sus vestuarios y sus gestos.

Pensamiento y memoria son las monedas de cambio de ese recorrido autista en el que el paisaje que se desliza a través de las ventanillas lo constituyen sus recuerdos y las vidas que atribuye a los otros, como en una vieja película, y connoto el adjetivo porque el paisaje pasa como en el cine antiguo, es decir, mediante la proyección de una película del exterior, mientras los protagonistas viajan en un tren, en un automóvil o en una diligencia, como la que evoca de John Ford,  con la banda sonora de Leonard Cohen, Neil Young y, sobre todo, Bruce Springsteen, que le llega a través de los auriculares. En otras palabras, un complejo artificio narrativo para que el viaje sea un “deslizamiento” de los recuerdos y los deseos. Una suerte de pasaje introspectivo que sitúa el presente del protagonista entre dos estaciones que acaso equivaldría a decir, como quería Kazantzakis, entre dos abismos.

Peter Redwhite narra aquí el viaje de un pasajero capaz de percibir que la realidad evidente, con su materialidad explícita, oculta las múltiples dimensiones del universo existencial del que el ser humano es parte y que nada puede hacer para evitar su mecánica, salvo vivir, Quizás sea este el precio a pagar mientras el tiempo continúa su fluir. “No sé si los discos de Bruce Springsteen continuarán viviendo como los relojes de los soldados muertos […]”, escribe Redwhite y la frase, colgada de la música, nos pone ante la perennidad de lo humano y sus creaciones en conflicto con el implacable discurrir del tiempo.

Con una prosa por momentos brillante, Peter Redwhite parece querer asirse a los mimbres de la literatura que, a finales del siglo XIX y principios del XX, apuntó hacia la modernidad, pero que acabó casi ahogada en el fragor de la industria y sus “suntuosas mentiras” sin huellas de alguna verdad para que nadie se entere del precio que paga por su unidimensionalidad, según conceptúa Herbert Marcuse.

ATAJOS Y ESCARAMUZAS, Ricardo Pochtar

 


Desde el mismo título, este libro de Ricardo Pochtar (El sastre de Apollinaire, Madrid, 2022) parece constatar que al poeta no le quedan caminos trazados que seguir sino atajos ni batallas que librar sino escaramuzas como un soldado perdido en un mundo -entendido éste como una construcción cultural- que se desintegra progresivamente. Estos poemas -o aforismos, como él mismo dice- se revelan a través de la lectura como un continente partido en infinidad de islas, como fragmentos de un pensamiento mayor. [Los poemas son tramos de una escalera de Sísifo / peldaños que se derrumban para volver a empezar].

En este sentido, Pochtar prefigura la realidad como una imposibilidad de ser expresada poéticamente en su totalidad, de modo que sus poemas recogen y expresan un territorio cuya única cartografía alcanzable es de fugacidades, un mapa fragmentario y fragmentado. No obstante, su creación deviene acto de resistencia y el poeta guardián de la palabra -un “logócrata” diría George Steinberg- emboscado en ese bosque de símbolos que imaginaba Baudelaire. Un emboscamiento desde el cual sale a librar sus escaramuzas dialécticas utilizando el lenguaje como argamasa poética que le permite intentar fraguar una lengua resistente a la degradación ética que aboca al mundo a su desgracia y al ser humano a su infelicidad.

Pero esa nueva lengua que surge del empeño del poeta no es perfecta, arrastra las dudas que dejan la devastación de los campos semánticos y la malversación de los sentidos [“Sólo cuando se pueda dudar de todo Dios será realmente / necesario: cualquier resquicio de certeza en este mundo / amenaza su existencia”].

Como acertadamente afirma Julio Obeso en el prólogo del libro, la interrogación se convierte en un “nuevo símbolo” de una empresa destinada, quizás, al fracaso, pero, mientras tanto, opera a modo de interpelación a la tradición poética, tanto oral como escrita. Preguntas que son “botellas vacías esperando olas propicias”. De aquí que el poeta considere el poema como un fragmento, como una idea fugaz, un aforismo iluminador [“¿Y qué es el aforismo si no una idea fugitiva, una idea salvaje a la deriva?”, o bien “Por el poema espiamos una realidad deslumbrante / que sin su penumbra no podríamos soportar”]. Porque esa realidad insoportable para el humano existente es representación de un territorio que, tal vez, fue edénico y ahora se manifiesta como un paisaje arrasado por la violencia y la inhumanidad, en cuyas ruinas es posible, aún, ver las huellas de la vida antes de su expulsión. Pero, aun así, quizás porque la experiencia de Ricardo Pochtar, poeta argentino de la diáspora que reside en España desde hace varias décadas, se nutre de la irremediable pérdida, “Atajos & Escaramuzas” es un libro que cifra sus versos en la resistencia como esperanza: “En olas pequeñas llegan / letras rozando la arena / bajo un mar de otro hemisferio / un libro sumergido / habrá entrado en erupción”.

EN TEMPS INABASTABLE, Jorge Rodríguez Hidalgo

 


 


“En temps inabastable” (En tiempo inalcanzable)  (Stonberg Editorial, Barcelona, 2022, Prólogo Vinyet Panyella, Epílogo Lola Irún y Fotografías Pepeta Petita) es el primer libro de poemas escrito en catalán por Jorge Rodríguez Hidalgo (Cornellá de Llobregat,1961). 

Este poeta, hijo de andaluces emigrados a Cataluña, aunque tiene como lengua madre el castellano, asume como propia, con amor y enjundia, la de la tierra que lo vio nacer. Esta asunción es tan plena que, aquí, el poeta parece encontrar su voz más genuina, tanto en la sonoridad del otro idioma como en la precisión de su escritura, siguiendo los pasos de una tradición poética que no duda en reconocer en sus nombres más emblemáticos y enfatizar en la mayoría de los epígrafes que preceden a sus poemas. Esta entrañable comunión con la lengua adoptiva (o adoptante) le confiere al poeta un ¿inesperado? y eficaz instrumento para acceder a un registro más profundo a las realidades de sus vivencias y, de este modo, retener instantes y percepciones de un tiempo inalcanzable que se disgrega, como se disgrega indefectiblemente la luz en los cuadros del inglés J.M.W. Turner, y que ejemplifica en el poema inicial. “Treballa el Francolí[i] dins del congost. / Divideix la vall amb la ferida / de la llera i alhora allibera / esplugues com a arquitectura suprema. / Plou al cim de la serralada; / sobre mullar plou al riu. / El temps s’esmicola / en còdols de paciencia. / La pluja serva la memoria de l’origen / y lliura a la carn de la pedra / la cruesa del tal mentre s’allunya[ii]. ”

El libro nació de breves notas que el autor iba tomando año a año, cuando llevaba a uno de sus hijos a una escuela de verano, localizada en la tarraconense Sierra de Prades, en la cuenca de Barberá. Con el tiempo, estas notas se revelaron como fugaces percepciones fijadas en la escritura de la lengua social del poeta como paisajes interiores, en los que la naturaleza y la carne conforman un todo en constante disolución y transformación; un territorio etéreo, donde “no hi ha solitud, sinó inhòspites incògnites”[iii] de sonidos y perfumes; un lugar, un espacio sin cielo, en el que, acaso, el ser humano no importa como tal, porque es parte de esa naturaleza en perenne mudanza, que, más allá de la roca, “que elude la angustia del vértigo” y deja que el liquen inscriba el “alfabeto de la soledad”, se abra a ese espacio de la memoria sin recuerdo, donde “anida la sombra”, “el reverso de la luz”La misma luz que, en algún momento, empapa la piedra. En esta tesitura, no es capricho que “En temps inebastable” esté dedicado “als meus morts, natura estimada”[iv] ni que el primer poema citado lleve el pie “hacia lo inalcanzable”. Todo vive, según este poema como un latido de la vida, según la tradición panteísta de los románticos alemanes e incluso en la más reciente tradición poética catalana, según Rodríguez Hidalgo, se encarga de testificar a lo largo del libro.

Este libro contribuirá (o debería contribuir finalmente) al reconocimiento de un poeta (Humanódromo, 1997, La sobriedad de la distancia, 2004, El follador del puerto, 2015) inmerecidamente situado en el “reverso de la luz” por el prejuicio de la capilla, porque constata con rigor que su poesía atraviesa la incandescencia que quema las polillas.

Cabe mencionar que esta edición de “En temps inabastable” se beneficia de las descarnadas imágenes fotográficas en blanco y negro, que complementan el texto poético con el paisaje desnudo de la Sierra de Prades, según la cámara de Petita Pepeta, seudónimo de la fotógrafa Pepi Orihuela.

 



[i] Río de Tarragona, que desemboca en el Mediterráneo.

 [ii] Se afana el Francolí en el congosto. / Divide el valle con la herida / del cauce mientras libera / cuevas como arquitectura suprema. / Llueve en la cima de la sierra; / sobre mojado en el río llueve. / El tiempo se desmenuza / en guijarros de paciencia. / La lluvia guarda la memoria del origen / y en la carne de la piedra entrega / la crudeza del corte mientras se aleja.

[iii] No hay soledad, sino inhóspitas incógnitas.

 [iv] A mis muertos, naturaleza amada.

LOS NÁUFRAGOS, Leonor Mauvecín

 



Con Los náufragos (El Mensú Ediciones, Villa María, 2021), libro de poemas finalista del Premio Literario Provincia de Córdoba, Género de Poesía 2020, que otorga la Subdirección de Letras y Bibliotecas de la Agencia Córdoba Cultura, Leonor Mauvecín se proyecta como una de las voces más personales y sólidas de la poesía argentina contemporánea.

Para Gilles Deleuze toda creación artística es inevitablemente fragmentaria dada la imposibilidad humana de concebir el todo; de abarcar la totalidad de la realidad. El poema Los náufragos parece no escapar a esta idea. Es frecuente que la mayoría de los poetas reúna en un libro tales fragmentos como piezas más o menos autónomas con sus correspondientes títulos. Leonor Mauvecín salva poéticamente este tipo de formulación e hilvana los distintos fragmentos que componen el libro, a su vez parcelado en tres partes significativamente rotuladas “El borde del abismo”, “Los trabajos y los días” y “La caverna”.

Siempre con un verso preciso de imágenes diáfanas, que abren un amplio horizonte semántico sin perder el hilo -el hilván- narrativo, Mauvecín avizora el naufragio y sitúa a los náufragos que somos en el ojo de la angustia existencial. Ya en el fragmento VI de un libro anterior -Postales de otoño- nos había reunido en la misma embarcación (Y éramos todos Stephen Dedalus, poetas rebeldes / y éramos todos Ulises en busca de Ítaca, / y éramos todos en la misma barca). Una misma barca de cambiantes formas destinada al naufragio en el abismo líquido junto a cuyo borde se asoman los ojos desorbitados / desde el fondo del agua de los ahogados, mientras los sobrevivientes -los náufragos- se alimentan de las frutas sobrantes y podridas del jardín ¿acaso el mismo jardín salvaje donde la sequía carece de rostro?

Pero la pregunta que la poeta se hace al borde del abismo es otra y su sola fonación mientras el mundo se desintegra lastima la garganta, araña la piel del inexorable exilio en el mundo: ¿Y Dios? Dios es una respuesta desoladora, como impotente parece ser su mirada y su silencio absoluto frente al dolor de los náufragos, esa realidad que es sólo un eco, como intuirá Platón, y los náufragos, un grupo de confusas sombras que “ocultan la realidad”, según escribió Emanuel Lévinas en La realidad y su sombra. Una realidad otra, una realidad oculta que el lenguaje vulgar no puede alcanzar, pero sí descubrir el lenguaje poético en sus más altos registros, como es el de Leonor Mauvecín. En este sentido, el lenguaje poético atraviesa lo ordinario y capta lo esencial de esa realidad para contar cómo las sombras invaden las ciudades desgarradas / expuestas, en jirones de amor y soledad. / Ciudades sujetas al diente del león hambriento / al murciélago con patas de araña / a las ratas que deambulan por laberintos siniestros […].

Y es en este punto, que la poeta entra de lleno junto a los náufragos, a los exiliados del mundo, y los sigue por los sombríos callejones. Su hilván es el hilo que Ariadna entregó a Teseo para que se adentrara en el laberinto, matara la bestia y saliera a la luminosidad del día. Pero Mauvecín sabe que los náufragos no olvidan, como olvidó el héroe que dio muerte al Minotauro a quien le ayudó a escapar. Los náufragos recuerdan la semilla y a ellos les llega, en ese momento crucial de su existencia, el cántico de los labradores que florecía al compás de la lluvia; tampoco olvidan que sus raíces estarán por siempre expuestas a la corrosión de la sal, a la dicha y desdicha del tiempo, que gobierna sus trabajos y sus días y, sin tregua, los arrastra como la corriente que imaginó Héráclito el Oscuro con forma de río, que es el mismo y es otro, como distinto es el rostro de cada uno “que se mira en los gastados espejos de la noche”, según reza el epígrafe del libro firmado por Borges. Y al final, en el colmo del naufragio, la poeta se dice Y entre tener y no tener, el desvelo. / Para qué -me digo- / si cuando la piedra caiga en el río Aqueronte / el oleaje de las sombras / me entregará al olvido.

ELLA TAMBIÉN ES TODAS ELLAS, Ricardo Di Mario

 


Con “Ella también es todas ellas”, (Edición Letras y Bibliotecas Córdoba, Córdoba, 2021) Premio Literario Provincia de Córdoba 2020, Género Poesía, Ricardo Di Mario continúa su recorrido por los senderos interiores del alma de seres apegados a la tierra y a un paisaje encarnado en sus gestos, aún en aquéllos más imperceptibles. Pero aquí, su poética se abre a las fantasías de la intimidad, atraviesa los espejos hasta encontrar los reflejos comunes que nos identifican con el otro, con los otros.

Ya en el primer poema Di Mario deja sentada su intencionalidad cuando cuenta que “ella era una mujer de carbón / en su memoria prístina ronda un olor a madera quemada / a humedad de la tierra…”. Esta entrañable identificación define el carácter de un ser singular y bello dador de vida y, por consiguiente, partícipe de todas las otras vidas que laten en el mundo. Un ser cuya entereza, cuya fortaleza, le permite enfrentar y superar cuantas adversidades le sobrevienen, sean desiertos de arena, dolorosas soledades con “punta de espinillo” o un barro que ensucia los recuerdos. Nada es impedimento porque el amor está allí, en el interior de una ría donde habita el “animal transparente” con el cual se consuma.

Y es de este modo, como Ricardo Di Mario edifica su escritura, sobre el dolor y el amor. Es así como su poesía se abre a la esperanza para escapar de ese tiempo de “elefantes muertos en la vereda” y atravesar “el espejo como un pan fresco del horno”. Desde este umbral, desde esta frontera especular, el poeta escribe y sus versos se disponen siguiendo la misteriosa mecánica del universo, como “piedras en el río que las ordena a su antojo [conformando] un fondo que nunca vemos”. Un fondo que, si bien no vemos, está en el sentido de la escritura y de la memoria, de los recuerdos que indefectiblemente se irán disipando, porque “el olvido es una tierra arrasada que se devora todo hasta lo necesario”, aunque en su momento las vivencias hayan sido esa conmoción constante, ese desafuero que nos abocaba a enterrar libros, folletos y carteles que anunciaban una ilusoria libertad. Y Di Mario aquí, parece detenerse, tomar aliento y, mientras lo hace, metaforiza el umbral, para alejarse y ofrecernos la visión de la frontera: “A un lado de la ventana una estatua perfecta de pájaro”, ¿acaso la muerte?, y del otro “alguien escribe”. Afuera, el vuelo del pájaro detenido ¿imagen del espíritu contemporáneo? y adentro alguien que escribe procurando recuperar “el aleteo ausente”, la voz desnuda escondida en el tiempo. Aquí, en el poema VIII, la alusión a Edgar Degas no es caprichosa. En sus cuadros, el pintor francés se sitúa y nos sitúa frente al ojo de la cerradura, frente a una rendija abierta por la imaginación, para que observemos la intimidad de los personajes, como el poeta lo hace de nuestra propia historia desde los tiempos más remotos, razón del poema siguiente:  “Una muy antigua untó con aceite de animal marino todo su / cuerpo y cruzó el canal casi desnuda / otra hija de la tierra soltó el cabello y caminó delante del / cortejo hasta el camposanto / negra ya no esclava encendió un puro lo mordió y humeó la / tienda del difunto…”.

La mujer, la tierra, la dadora de vida no cesa en su trajín y ella, que no es diosa ni la libertad guiando al pueblo, sino “continente / unas veces de agua y otras de tierra / enorme territorio que se abre a la luz”, para ser en el mundo, para “vivir al día sin mandatos de la memoria y del olvido” hasta que arda en los “fuegos de la tarde”, hasta el final del día, hasta el final de los días, hasta llegar al territorio de los “silencios que conmueven más que las palabras”.



domingo, 30 de abril de 2023

O LAS ESTACIONES, Antonio Tello

 Lectura de la poeta Sonia Rabinovich de la versión argentina de O las estaciones (Ediciones del Callejón, Los Hornillos, Cba., 2022).


Abrí la puerta de " O las estaciones y la naturaleza misma me recibió plena y frondosa , devastada y líquida. Pero... era la naturaleza? El poeta nada en sus ríos y se detiene en árboles y aves pero se sirve de ellos como imágenes que hablan de la vida , del amor y el desamor , de las distintas estaciones del ser .Este libro es una mamushka donde cada palabra es habitada por otra que la re-significa .
" Tello se me apareció cruzando a pie el río de la vida " dice tan bellamente en la contratapa Osvaldo Guevara y con tanta certeza .
Porque" no es el murmullo del agua lo que oímos a orillas del río ". El poeta dice que " el río es silencio que fluye".
Y no queda más que estremecerse ante la aparición de la poesía pura en el poema, de la mirada otra que revaloriza la palabra y entonces escribir se transforma en "escrivivir".
" El vuelo del ave y el gesto del adiós se asemejan/ ambos dibujan grafías de ausencia en el aire" Aquí se observa claramente la síntesis logradisima por Antonio Tello donde el mundo exterior y el interior se unen y solo un poeta como él lo puede expresar hasta dejarnos extasiados o bien en entasis ( asombrados y mudos hacia adentro)

miércoles, 25 de mayo de 2022

VOCES DEL FUEGO, Antonio Tello

 Reseña de Voces del fuego firmada por Silvia N. Barei y publicada en El Corredor Mediterráneo 1005, del 25 de mayo de 2022 (Cartografías, Río Cuarto, Ediciones la yunta, Buenos Aires, 2022)


Leí el año pasado El maestro asador de Antonio Tello y cuando llega a mis manos Voces del fuego asocio inmediatamente los dos libros, aunque después veré que son muy diferentes. Pero es el fuego el que vertebra ambos textos, el ritual de vencer a la muerte con el fulgor luminoso de una llama que hace resurgir a los personajes -hombres, animales, bosques, ríos- de sus cenizas.

El conjunto de relatos me atrapa inmediatamente no solo por la pulcritud de la escritura sino también por la situación bifronte de la productividad de la trama entre reflexión filosófica y ficción. Hay un campo de tensión promovido por diversas geografías y universos articulados como soporte de una poética cuyo espesor se teje sobre saberes históricos y literarios.

A veces parece ser el paisaje de un exiliado que vuelve para reencontrar- ¿tal vez cerrar? - la incertidumbre, la ambigüedad de extrañas historias reconstruidas desde una mirada extrañada, lúcida y no desprovista de aflicciones. Otras veces emergen, entre los pliegues de las subjetividades, formas del miedo, del amor, de la cobardía o la venganza. El régimen estético y su capacidad enunciativa articulan ensamblajes provisorios, historias truncas, personajes que luego reaparecen, constelaciones de datos iluminados a medias y que el narrador se abstiene de explicar.

De este modo, la reflexión sobre la palabra se liga de manera inseparable con la historia narrada:  fragmentos  de la historia de la humanidad (desde Asurbanipal a las cárceles de la dictadura)  con sus batallas, sus treguas, sus fulgores, sus pactos, sus traiciones, construyen escenarios en los que el escritor acerca en pequeñas dosis una visión de la realidad,  del mundo,  de la literatura  como operación cultural que revela, como nos enseñó Borges, la voluntad de transformar las formas de leer.

 “Dédalo y Kafka imaginaron el laberinto. También el destino de sus prisioneros, cuyas dispares naturalezas aluden a los días que vivieron. El Minotauro lleva consigo la poética del mito. Gregorio Samsa la prosa del insecto en un tiempo sin dioses”

 Cito este breve relato porque me parece que condensa la estrategia central de la escritura en este conjunto de relatos: la problematización del sentido perceptible en la misma complejidad de las referencias, dejando en un segundo plano la fascinación intelectual del razonamiento para adentrarse en un mundo de ficción que reinventa códigos desde la recreación y la transformación.

Un universo literario donde el “tiempo sin dioses” expresa la dolorosa condición de ser humano, lejos de todo posible arraigo y de toda posible comodidad, extranjero en su propia patria, condición de ajenidad como gesto sobrio de una precaria sabiduría.



martes, 17 de mayo de 2022

ROMANCE DE MELISENDA, Antonio Tello

 Reseña de Margarita Belandria publicada en El Corredor Mediterráneo 913, el 22 de julio de 2020 (In-Verso, Barcelona, 2017)





Como toda buena obra de arte,  Romance de Melisenda, de Antonio Tello, es una novela que realmente seduce; su primera lectura constituye una incitación al gozo de releerla, toda entera o no, pues incluso cualquier página abierta al azar dispensa un exquisito deleite a los sentidos e imprime una nota de belleza en el espíritu. 

Sobre un lienzo histórico del  medioevo carolingio, el autor registra con tonos vibrantes una fascinante historia de amor y su tragedia, inspirándose en el popular romance del mismo nombre que recoge en El Quijote don Miguel de Cervantes. Pero esto es solamente eso, un mero punto de partida, porque Tello es dueño de su imaginación y su albedrío y vierte su fuerza poética en el joven narrador Alifonso, hijo del asesinado rey Fruela I de Asturias . 

El hijo de un rey asesinado corre peligro. Alifonso se halla entonces protegido en un monasterio por los maestros Eterio y Beato, hasta que, aún no bien salido de la pubertad, sus mentores consideran que ya no habrá de estar seguro bajo su protección y lo mandan a Aquisgrán, capital del reino de los francos, al cuidado del maestro Angilberto de Céntula . “Él te enseñará —le dice Eterio— el arte de las palabras y la ciencia de los números y de las estrellas; él te enseñará a oír la música del universo y a sentir en tu alma la voz de Dios”. Sin embargo, ¿saben acaso sus mentores hacia qué oscuros abismos lo dirigen? 

Nueve meses después llega a Aquisgrán, acompañado de Ahmed, el músico sarraceno que cautivará a la princesa Melisenda, baquiano del camino, a quien conoció Alifonso en una encrucijada del camino, recién pasando el puerto de Roncesvalle y cuyos destinos quedarán unidos para siempre.

Ahmed es maestro de la princesa Melisenda y un grupo de músicos cristianos. Algunos allegados al rey Carlos (quien llegaría a ser Carlomagno) no ven con buenos ojos la presencia del laudista sarraceno enseñando música en la corte, y consideran su presencia como una afrenta a la cristiandad. Pero esto es apenas un síntoma de la vasta telaraña de intrigas y tensiones bélicas entre musulmanes y cristianos por el dominio cultural del territorio europeo.

Melisenda —hija del rey Carlos con alguna de sus amantes— es bella, apasionada e impetuosa; sabe valerse de la espada con la destreza de un buen espadachín, como lo habría de demostrar con fiereza el día en que el rey, para aplacar los ánimos aquitanos que agitaban a su reino, dispuso su matrimonio con Guillermo (príncipe de Aquitania), y de cuyo estallido de furia sólo Ahmed la supo calmar. Este casamiento no es más que una componenda de la que Alifonso, Melisenda y Ahmed serán sus víctimas… “Un juego de poder del que no saldríamos indemnes”, dice el joven príncipe poeta y narrador Alifonso; palabras que resumen los trágicos acontecimientos.

En este Romance, de regia factura poética, Antonio Tello se muestra bastante menos desafiante que, por ejemplo, en De cómo llegó la nieve, que me parece  aún más críptico y un perfecto desafío a la imaginación del lector, sin que por ello deje de ser una lectura inmensamente gratificante por lo bellamente escrito.  


sábado, 1 de mayo de 2021

EN LA NOCHE YERMA, Antonio Tello

Reseña de Leandro Calle publicada en El Corredor Mediterráneo, suplemento cultural del Diario Puntal, de Río Cuarto, del 10 de julio de 2019. (Vaso Roto, Madrid, 2019)


Antonio Tello (Villa Dolores 1945) posee una vasta obra literaria que abarca casi todos los géneros. Ha escrito poesía, literatura infantil, novelas, cuentos y se ha destacado también por su gestión cultural y periodística. La editorial “Vaso Roto” acaba de publicar “En la noche yerma” último libro de poesía del escritor cordobés. Se trata de treinta cantos inspirados de algún modo en “La tierra baldía” de Eliot pero que conforme uno va adentrándose en los cantos, encuentra reminiscencias de diversos clásicos universales. El clima de todo el libro es apocalíptico. Me refiero al apocalipsis como género literario. No es la primera vez que Antonio Tello aborda su literatura a partir de este género. Y antes que género me gustaría decir “clima” o “atmósfera” porque lo que Tello crea es una verdadera atmósfera donde el lector necesita aprender a respirar de nuevo. No es una novela más o un libro de poemas más de corte apocalíptico. No. Lo que Tello logra en este libro y en otros como la novela “Más allá de los días” (tercer volumen de su trilogía “La balada del desterrado”) es crear una atmósfera personal de escritura donde el argumento, es decir el contenido, el qué, no tiene tanta importancia. Como el mismo autor lo dice a menudo: “no escribo novelas con argumento”. Ahora bien, cuando no hay principal atención sobre el argumento, la tarea se vuelve más ardua. Lo que logra Tello tanto en su poesía y notablemente en su novelística es un efecto hipnótico a través de la forma, del cómo se dice, del tono. Asistimos a una época plagada de efectos apocalípticos que derivan de la industria cinematográfica, los juegos de internet, las historias…las ya agotadas historias de zombies. Dichas historias no logran siempre un clima original, porque se toman los climas ya dados como un molde donde lo que se inventa es un relato más o menos atrapante. Tello hace exactamente al revés. No importa tanto la historia que se cuente sino el cómo, el cómo se la cuenta y el cómo se escribe. “En la noche yerma” nos encontramos con una poesía ardua y un verso duro. No es un libro de lectura fácil. Lo apocalíptico no está arraigado en lo simbólico. Recordemos que para Ugo Vanni uno de los especialistas desde el punto de vista teológico y literario: “El simbolismo ocupa, en la interpretación del Apocalipsis, un puesto central. Todos los comentadores antiguos y modernos están de acuerdo sobre esto, lo cual es, por lo demás, un hecho que se impone a primera vista en una primera lectura: para comprender el Apocalipsis hace falta interpretar sus símbolos”. No quiero decir con esto que no haya símbolos, sino que la escritura poética de Tello tiene que ver más con el tono y con una intención de lectura del presente o de la realidad. Para comprender esa realidad o mejor dicho “esta” realidad histórica, Tello estira un extremo del péndulo y lo lleva a sus últimas consecuencias. Esa situación apocalíptica, de fin de mundo, de terminación o conclusión más que dejarnos en el futuro pretende hacernos reflexionar sobre el presente. En este sentido, el género apocalíptico, el tono de ese género, habla sobre nuestra realidad hoy. Así como encontramos el “irse” al futuro para hablar del presente, el pasado tiene también una porción de importancia en todo el libro y en toda la obra de Antonio Tello. Su propia historia de exiliado en España a partir de las amenazas de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) y luego de la dictadura militar, hicieron de Antonio Tello, un escritor del destierro. Y esta es la palabra que mejor lo define: Tello es un escritor desterrado. En este sentido su obra se emparenta con el pueblo de Israel, siempre buscando esa tierra prometida; pero como Tello no busca argumentos, tampoco encontrará el lugar porque el lugar es el camino. La tierra prometida es el andar. La forma es más importante que la materia y el cómo más interesante que el qué. De alguna manera el qué ya lo tiene, es él “saliendoescapando” de Río cuarto hacia su propia voz. Al desterrado no le queda otra manera de arraigarse que no sea en lo que escribe. “El desterrado no olvida su casa” dice Tello en el Canto XXXI, pero su casa es la palabra. En los hondos poemas de “En la noche yerma” aparecen también algunas constantes de la literatura del escritor riocuartense: el perro y el mar. El mar que es como un anhelo de divinidad o una analogía de la trascendencia. El perro que se vuelve más humano que el humano incluso en su ferocidad y furia. El poeta es testigo del desastre:

 

“la turbamulta invadirá las calles arderán

las ciudades  caerán las catedrales y entre las

cruces alzadas deambularán los templos vivos

buscando a sus dioses entre los escombros

tarde sabrán que en el vientre de los ídolos

se gesta la violencia que nutre los estambres”

 

(Canto XXIX)

 

Idolatría y polinización de la violencia. Dos claves para la comprensión de este gran libro. Al poeta le es dado asistir al desastre, y cantarlo.

lunes, 15 de julio de 2019

EN LA NOCHE YERMA, Antonio Tello

Lectura y reseña del poeta venezolano Alberto Hernández sobre "En la noche yerma" (Vaso Roto, Madrid, 2019).


Crónicas del Olvido
“EN LA NOCHE YERMA”, DE ANTONIO TELLO
**Alberto Hernández**
1.-
Bajo la influencia de Eliot y Paz, Antonio Tello recorre las sombras. Con “Tierra baldía” y “Piedra de Sol”, al amparo de sus líneas, construye este libro, “En la noche yerma” (Vaso Roto Ediciones, Madrid, 2019) donde, precisamente, una voz relata el temor de perder las palabras, de ser asaltado por bestias oscuras, por el miedo que la niebla suele imponer en el espíritu humano.
Poesía de sombras. Poesía en la que el alma se deposita cerca de la luz para tratar de borrar el inmediatismo de tantos intentos por huir del miedo a la noche, a las tinieblas, a la desaparición. Poesía gótica, timbrada por el ritmo de la nocturnidad, fantasmal, ubicua en la medida en que los pasos del que anda se extravían entre tantos susurros.
Antonio Tello escribe una destrucción. Escribe desde el lenguaje que podría desaparecer. Escribe desde el vacío que podría borrar lo que ha escrito. Suerte de Armagedón, este libro del poeta argentino destaca su carácter oscuro, nocturnal desde una “tierra baldía”, muerta en la perspectiva del ojo que busca en la luz la piedra que podría dejar alguna huella salvable. No se trata de una poesía pesimista: es una poesía en la que la oscuridad podría favorecer a la luz y hacerla posible. Al contrario de lo afirmado por la crítica, este libro de Tello es un artefacto de construcción desde la oscuridad, desde las sombras. Escribir sobre este tema, vivir en este tema, no es más que una manera de salir de ella. El mundo se destruye, el mundo recobra la memoria apocalíptica para volver a ser tiempo, voz recobrada.
2.-
La noche anticipa el día. No es un lugar común: la poética de estas páginas flota sobre la pérdida de la fe, pero alterando algunos elementos que podrían revelar la posibilidad de que desde la noche, desde la niebla, es posible avizorar la luz, la otra luz, porque la noche es una luz en sí misma. La sombra contiene luz. Y la luz es la madre de la sombra. Sin la noche es imposible el día. Sin la muerte es imposible la vida.
El tiempo ha sido sometido por la noche. Su porvenir difiere del pasado. La sombra perdura en sus horas y se desgasta en el poema. Una salivación verbal la menciona y la instaura en los versos.
En el canto III, Antonio Tello reza:
“quizás hoy ha comenzado ese día futuro
y en el estéril paisaje del tiempo por venir
bebe el ganado de la corriente que pasa
ante el cristal de sus ojos el aire simula
su tranco inerte sobre las sombras del agua
buitres buitres se abaten sobre la carne yerta
ángeles y gusanos se alimentan del misterio
en campo abierto los deudos de la desdicha
abonan la tierra con los huesos de sus muertos”.
Un silabeo fúnebre. La tierra de Eliot y la noche de Tello se imbrican. Yerta la noche, yerma la tierra. Mientras el sol se cimbra sobre las piedras de Paz. Pero la sombra reina más allá de cualquier ilusión.
Este libro de Antonio Tello me permite volver a dos títulos del poeta venezolano Francisco Pérez Perdomo: “La casa de la noche” y “Círculos de sombras”, donde nuestro autor recorre el mundo espectral de la oscuridad, entre voces y susurros que alternan con referentes que la luz descubre al amparo de diversos ecos en los que la soledad impera.
Seres nocturnos cruzan calles y avenidas. Sombras alargadas. El poema como descubrimiento de lo que suele pasar durante el desarrollo del misterio.
Otro ejemplo de Tello para cerrar:
“la turbamulta invadirá las calles arderán/ las ciudades caerán las catedrales y entre las/ cruces alzadas deambularán los templos vivos/ buscando a sus dioses entre los escombros/ tarde sabrán que en el vientre de los ídolos/ se gesta la violencia que nutre los estambres”.