sábado, 26 de noviembre de 2011

BAJO EL SOL JAGUAR, Ítalo Calvino






En Bajo el sol jaguar (Tusquets, 1989, trad. Aurora Bernárdez), Ítalo Calvino, llevado su impulso poético, penetra en el territorio de los sentidos para desentrañar sus vínculos con el alma y el modo como ayudan al hombre a situarse en el mundo. Cada una de estas exploraciones representan asimismo una experiencia original que, a través de la escritura, envuelve al lector haciéndolo partícipe de ella.

Como explica Esther Calvino, en una nota aclaratoria, los tres cuentos que integran el libro, formaban parte de un proyecto iniciado en 1972 y en el que Calvino pretendía indagar sobre los cinco sentidos. Sólo pudo concretar tres antes de que lo sorprendiera la muerte en 1985 quedando pendiente no sólo dos cuentos, sino la forma y la articulación definitiva del libro. IC dudaba entre la posibilidad de añadir un prólogo ensayo, a la manera de Nuestros antepasados, o bien en forma de «marco novela», como Si una noche de invierno un viajero. A pesar de las circunstancias, estamos ante un libro de tres cuentos autónomos, cuya entidad alcanza para satisfacer las expectativas de todos los lectores, tanto de aquellos que ignoran la ambición literaria de Calvino, como de quienes la conocían.
El primero de los cuentos trata del olfato como ya se enuncia desde su mismo título, El nombre, la nariz. Aquí, la poesía de Calvino [nadie puede entrar en el laberinto del alma sin el estilete de la poesía] penetra en el sentido volátil y efímero del lenguaje con la pasión de un hombre que interpreta el olor como una huella de identidad. Monsieur de Saint-Caliste sigue el hilo de un perfume para hallar a una mujer desconocida que lo lleva ignorando que, al hacerlo, se perderá en «una escala de los olores» y será incapaz de discernir en qué dirección se orienta su recuerdo, pues «sólo sabía que en un punto de la gama se abría un vacío, un pliegue oculto donde anidaba el perfume que era para mí toda una mujer». El conocimiento de esa escala, que revela tanto la belleza como la corrupción y la muerte, fue lo que permitió al hombre de las cavernas distinguir la comida de la carroña, los amigos y de los enemigos y las hembras de la horda, cada una de las cuales «tiene un olor que la distingue de las otras». Ese olor particular por el cual el narrador -músico de un grupo de rock- es capaz de reconocer a la muchacha de Hampstead en medio de un amasijo de cadáveres, que es a su vez un montón de «vocablos inarticulados».
Y siguiendo el efluvio léxico, el poeta, Ítalo Calvino trasciende el espacio y pone al lector Bajo el sol jaguar y, ante una pareja que prueba, siente y vive la comida en México y, a través de sus papilas, de sus monólogos e incomunicación, lo hace trascender el tiempo devolviéndolo al estadio antropófago y sagrado del acto de comer y ser comido. «Ese canibalismo universal que pone su impronta en toda relación amorosa y anula los límites entre nuestros cuerpos y la sopa de frijoles, el huacinango a la veracruzana, las enchiladas...». Una escala sensible que Un rey escucha percibe como una nota en conflicto con el silencio, con el poder y con su soledad. Una nota que lo condena a ser victimario y víctima de la violencia política y de cuyo sonar -canciones, pasos, murmullos, disparos, tanques sobre la arena- nadie puede rescatarlo hasta que, convertido en «otro tú sin cuerpo que escucha esa voz sin cuerpo», «prisionero en una jaula de repeticiones cíclicas», comprende que «la obstinación en que se funda el poder nunca es tan frágil como en el momento de su triunfo.»
Los tres cuentos son, en definitiva, sendas piezas magistrales que, para serlo han exigido al autor aniquilar el argumento y liberar los sentidos de cualquier condicionamiento ideológico o intención preconcebida. Poco antes de morir, reflexionando sobre el libro que pretendía, Calvino escribió: «Hay una función fundamental, tanto en arte como en literatura, que es la del marco. Marco es aquello que señala el límite del cuadro y lo que está fuera de él: permite al cuadro existir aislándolo del resto, pero recordando a la vez -y en todo caso representando- todo aquello que del cuadro permanece fuera de él.»

sábado, 19 de noviembre de 2011

28010, Marta Agudo



Con 28010 (Calambur, 2011), Marta Agudo fundamenta el decir poético como código que domicilia la identidad en el mundo y cuestiona su dirección a partir del lenguaje, que aquí se revela materia maleable y corregible. Con este poema, la poeta construye su tiempo, su geografía a la vez que se reconstruye a sí misma como voz en un paisaje donde «la luz fracasa».

Juan Luis Panero suele afirmar que en estos tiempos que corren, el problema de muchos poetas, por no decir de la mayoría, es que no piensan. «Escriben versos, pero no piensan», dice. No es el caso de Marta Agudo, quien en 28010 no sólo piensa sino que hace de su pensamiento el móvil de una corrección, de una recreación que, desde el primer latido de la palabra, la devuelve al mundo. A la realidad perceptible del mundo. Partiendo de la idea de que la verdadera patria del hombre es el idioma, MA tiene la voluntad de hacer desaparecer todo vestigio de identidad individual, conduciendo condición temporal hacia el sumidero del yo, para descubrirse, sentirse libre, inocente -...en la explanada de la palma poder sembrar carteles, opúsculos, las cadencias de mi sintaxis o la precocidad de un niño...- y viva.
¿Qué fue primero, el nombre o el verbo? se pregunta MA y sobre esa incertidumbre levanta su poema como una desesperada voz, como una argamasa que pretende cubrir las junturas dúctiles, pero también las fracturas y contradicciones de una lengua, que es yo, carne consciente inferida de tiempo. Formulación de una sintaxis dislocada que se balancea con temerosa cadencia al borde del abismo. Una sintaxis ante el espacio que le revela su verdadera escala y su finitud.  
Entonces ¿hacia dónde trazar la fuga? Quizás la salvación está en los otros, pero al cabo comprende que en el signo «más» donde el conflicto y sobreviene la parálisis y la certidumbre de no hay rumbos ni decisiones...sintaxis de los prodigios, la relación del yo con sus restantes. Se desgastan las aceras y plagas acorraladas, infecciones aún por explorar, avalancha de vidas que sustentan el engranaje de este mecano de hombres bruscamente verdaderos. Milagro o astucia, ignoro las reglas y voy dando tumbos hasta casa. Cuando llegue patios abandonadas, memorias de oscuros exterminios, aunque, paredes adentro, hexágonos de miel. Este poema sintetiza magistralmente no sólo el sentido del libro, sino, sobre todo, ese estado del vivir con un radical sentimiento de extranjeridad existencial  que prolonga en la modernidad una tradición poética enraizada tanto en los poetas bíblicos de Sabiduría o el Eclesiastés, como en los poetas sufíes o los místicos españoles. Aunque, a diferencia de aquéllos, el creador de  MA ha sido despojado de su divinidad y se lo percibe luchando por corregir las torpezas sintácticas de su lengua.

sábado, 12 de noviembre de 2011

transAtlánticos


El poeta Dante Bertini ha cumplido con un trabajo importante y necesario para la literatura y la sociedad argentinas. En transAtlánticos, editado por el Consulado General de la República Argentina y prologado por María Kodama, reúne a cincuenta poetas argentinos, éditos e inéditos, que han residido o residen en Barcelona.

La compilación realizada por Bertini, para la que contó con el inestimable apoyo de cónsul Andrés Mangiarotti, radica, al margen de la mayor o menor calidad de las aportaciones poéticas, en su carácter integrador, que salva las tentaciones de capillismo -estético, político, clasista, etc.- que suelen menoscabar este tipo de obras. Aunque la poesía no es en sí misma democrática ni tiene vínculos con el sentimentalismo bienintencionado, el libro conseguido por D.B. tiene la virtud de ofrecer un espectro totalizador de las pulsiones emocionales que llevan a muchos a sentar por escrito y en forma de poemas las percepciones que se tienen del mundo y de los seres humanos y, en este caso, del éxodo sufrido por miles de argentinos. Y este es un elemento de vital importancia porque representa el común denominador de la producción reunida en transAtlánticos en la medida que expresa un desgarro del lugar original. Un desgarro que parte en dos el corpus cultural y biográfico de los desterrados, ya sean exiliados políticos o emigrados económicos, pues siempre hay una violencia de fondo en esta clase de trasterramientos. En tales situaciones, la poesía traduce no sólo ese desgarro sino, y aquí se aprecia en la mayoría de los poemas recopilados, el anhelo de no olvidar la pertenencia a un lugar y a una historia que forman parte de la identidad de cada uno de los extrañados del país natal. 
En este sentido, el trabajo de D.B. se manifiesta como expresión de ese anhelo y queda como una voz colectiva de quienes no quieren olvidar y, lo que le confiere cierto dramatismo, tampoco ser olvidados. En cierto modo, en el imaginario social de la Argentina los desterrados tienen algo de fantasmas del pasado. Pero estos fantasmas son personas de carne y hueso que reclaman su sitio como ciudadanos de pleno derecho. Los cincuenta poetas transatlánticos son la memoria viva de una tragedia y de las secuelas de esa tragedia que, a través de sus poemas, emergen como una isla oceánica que, cualquiera sea la distancia, siempre estará en el mar territorial argentino. En su cultura y en su literatura.
Podría nombrar a algunos poetas o citar algún verso, pero de hacerlo sería desvirtuar la naturaleza de transAtlánticos y la idea fundamental de que todos somos uno.

sábado, 5 de noviembre de 2011

TÚ ME ACARICIASTE Y OTROS CUENTOS, D.H. Lawrence




D.H.Lawrence con Frieda Weekley
Tú me acariciaste y otros cuentos, de D. H. Lawrence (Debolsillo, 2007, trad. P. Mañas, M.Covián, A. Eiroa, V. Fernández Muro, R.G. Salcedo y R. Parramón), es una magnífica edición en la que originalmente trabajaron los profesores James T. Boulton y Warren Roberts para la Cambridge University Press a partir de mecanoscritos, pruebas de imprenta y primeras impresiones «para intentar restaurar al máximo, no sólo los párrafos censurados impunemente, sino la puntuación original del autor», como afirman los editores de la presente edición, prologada por Pilar Mañas.

La lectura de los veinticinco cuentos que componen Tú me acariciaste y otros cuentos supone una bella experiencia espiritual e intelectual. D.H.Lawrence pasa por ser uno de los autores británicos más controvertidos de las primeras décadas del siglo XX debido al tratamiento que ha dado a las relaciones entre hombre y mujer, a la sexualidad y a los efectos alienantes de la sociedad industrial. Si bien es más conocido por su célebre y, en la época de su publicación, escandalosa novela El amante de Lady Chaterley, ha sido su novela Mujeres enamoradas, sus poemas y, sobre todo, sus cuentos los que le han dado un perfecto encaje en la tradición literaria inglesa y un lugar relevante en la literatura universal.
David Herbert Lawrence fue un hombre y un escritor inconformista, inteligente y sensible. Una suerte de espíritu libre, que asumió sin complejos ni reticencias, sus contradicciones. Sus cuentos, elaborados a partir de una aguda observación de las conductas condicionadas por el medio y las circunstancias, constituyen historias tan simples como intensas. Pero no se trata de una intensidad sostenida por la acción o una dinámica precipitada de los hechos y las causas, sino por la poesía que, para revelar las ocultas motivaciones que llevan a los personajes a actuar de determinados modos, hace inútil cualquier registro argumental. Cuentos como La media blanca, Olor a crisantemos, El oficial prusiano, Tú me acariciaste, La hija del tratante de caballos o El ciego, por señalar sólo algunos, son de una gran hondura humana. En ellos, el alma de los personajes queda al desnudo y casi puede verse en ella, como en un mapa anatómico, la red nerviosa que componen los sentimientos que la sostienen en su andadura humana. 
No es, sin embargo, lo que los personajes sienten lo que interesa realmente a Lawrence, sino lo que los seres humanos son. El sentir como latido de la vida. Al respecto hay un pasaje revelador en Olor a crisantemos, cuando la mujer del minero muerto le lava su cuerpo, acción que por otra parte tiene un simbolismo purificador y la voz narrativa que la suplanta dice: «La boca del hombre estaba hundida hacia atrás, ligeramente abierta bajo el bigote. Los ojos, a medio cerrar, no parecían vidriosos en la oscuridad. La vida con su humeante brillo se había alejado de él, le había dejado separado y totalmente ajeno a ella. Y ella sabía cuán extraño le resultaba. En su vientre sentía un miedo helado por este alejado y extraño ser con quien había vivido como en una sola carne. ¿Era esto lo que significaba todo?» 
Aunque, en su época, los pacatos de la sociedad posvictoriana lo tildaron de pornógrafo y las feministas, entre ellas Virginia Woolf, cuya prosodia poética no era diferente a la de él, lo acusaron de machista, la  obra literaria de Lawrence, sustentada en su experiencia y en su libre  forma de pensar y escribir, constituye uno de los pilares más firmes de la moderna literatura inglesa.

sábado, 29 de octubre de 2011

EL SAQUEO DE LA IMAGINACIÓN, Irene Lozano
















La sensación de caos y derrumbe generalizado que vive hoy el ser humano no sólo es consecuencia de la crisis económica mundial, sino de una crisis mayor producto del trastocamiento de los valores esenciales que rigen la conducta humana individual y social. El saqueo de la imaginación (Debate, 2008), de Irene Lozano entra de lleno en la naturaleza de esta situación a través de un inteligente análisis del lenguaje y la manipulación que el poder hace de él.

El saqueo de la imaginación, que lleva por subtítulo «cómo estamos perdiendo el sentido de las palabras», es una seria advertencia al ciudadano sobre las causas y las consecuencias de la tergiversación del significado de las palabras a través de un discurso político insidioso potenciado por la mayoría de los medios de comunicación. Ese discurso que Jorge Majfud, en su «teoría política de los campos semánticos» califica de narración invisible, se articula mediante ideoléxicos, como él llama a las construcciones semánticas y valoraciones ideológicas que desplazan el significado original de las palabras.
Lozano entra en este campo minado por la ambigüedad y la unidimensionalidad ideológica implementada por el poder político llevando al extremo la aplicación de lo que Marcuse y otros miembros de la Escuela de Frankfurt llamaban «razón instrumental». Es aquí donde las palabras no dicen lo que deberíamos entender que dicen, sino lo que quieren que digan aquellos que las pronuncian. «Una propaganda que no se percibe como tal», escribe Lozano, que supedita la política a la economía y los intereses de la humanidad a los intereses materiales de la elite económico-financiera para imponer mediante un «marketing de la liberación» los patrones capitalistas del neoliberalismo.
Tras la caída del bloque comunista, el orden capitalista burgués, que se asienta en el poder de la riqueza, ha acelerado peligrosamente la descomposición de la sustancia ética que alienta la vida social e individual de la comunidad y es por el cauce de este proceso que discurre lo que Irene Lozano llama «el rumor de las palabras envenenadas» que corrompen y saquean la imaginación de las personas. De este modo, ese rumor crea una meta realidad en el imaginario social que no se corresponde con la realidad fáctica del mundo ni con la realidad histórica de las palabras. En la medida que somos lo que hablamos, el desplazamiento del significado de las palabras pone en entredicho la identidad del individuo. Y este individuo que ha perdido sus referencias, cuya identidad es puesta en tela de juicio permanentemente, acaba por ser una sombra humana que balbucea un lenguaje desgarrado por la violencia hegemónica de un poder que, retroalimentándose, parece haberse emancipado de la clase dominante que lo creó evocando la proyección futurista de Hall, el ordenador de 2001: Una odisea en el espacio, o la de las máquinas de Terminator. Pero, al margen de esta consideración apocalíptica, Irene Lozano descubre los mecanismos que corrompen el sentido de las palabras y pone de manifiesto el peligro que supone para la civilización humana  el saqueo de la imaginación.

sábado, 22 de octubre de 2011

UNA HABITACIÓN EN ROJO, J.R. Mansilla

Carlos Morales, Juan Ramón Mansilla y Antonio Tello

Una habitación en rojo, de Juan Ramón Mansilla (El toro de barro, 2011), representa un lúcido y arriesgado abismarse en la realidad poética de lo cotidiano; en esa realidad donde quedan filtradas las dudas y las preguntas, los dolores y las angustias del día y de los días. Desde la intimidad de esa habitación teñida por el  fauvismo de Matisse, Mansilla desnuda su alma y su poema.

Un poeta -no hay grandes ni pequeños, sino verdaderos o falsos- se distingue siempre por la autonomía de su voz y la de Mansilla en Una habitación en rojo -en magnífica edición de Carlos Morales para El toro de barro-, suena limpia e inconfundible haciendo que su tono confesional trascienda de las cuatro paredes al  espacio abierto por esas «ventanas que dan al levante», a través de las cuales podemos ver puentes doblados «como latas de cerveza», la explosión de una nube y sentir que una voz te dice que «toda la vida cabe en una vida» y que la muerte «es una patraña». 
Desde ese lugar, paradójicamente íntimo y abierto, J.R.M. funde su lenguaje descarnado con el lenguaje del poema y se sostiene en él, vive en él, con el esplendor y la fugacidad de la vida acotada por el abismo del silencio y el olvido. «Una mujer camina en la noche. / ¿Hacia un lugar? / Se detiene. / Sus pasos avanzan / aunque nadie escuche. / Salvo tú. Salvo yo.» Es así que la voz de quien pregunta, de quien habla al otro es señal y síntoma del vivir y reconocerse en el mundo, aunque la sensación de la conciencia diga que somos parte de un sueño y en el sueño una araña o una mosca, una vida diminuta a punto de devorar o ser devorada hasta que la luz nos salva o nos falsea con la ilusión del ser. En esa disyuntiva sólo el poema, es decir, la voz que nace de las entrañas del ser, aparece como tabla de salvación, de refugio y protección ante la soledad o la angustia que nos atenaza. Y allí, en ese lugar íntimo y abierto, la sensación de placer de un cigarrillo, del aroma de un café, el vuelo de los pájaros, el sonido de unos pasos tras los cuales ronda el amor o la muerte deviene conciencia del vivir cotidiano, doméstico, real. Todo eso que es la vida y que al final, cuando eres capaz de balbucear lo que has vivido, dices, te dices, «has visto / las grullas / que retornan / y pides un poema / para ir / y no volver».

domingo, 16 de octubre de 2011

NUEVE CUENTOS, J.D. Salinger



Los Nueve cuentos, (Alianza Editorial, 2009, trad. Elena Rius) constituyen una muestra significativa y quintaesenciada de la narrativa de J.D. Salinger y de las aproximaciones que hace sobre el desconcierto existencial del individuo en la sociedad moderna. Su [re] lectura sitúa al lector en la perspectiva de quien comparte ese desconcierto y atisba el horizonte desde una plataforma frágil e inestable.

Como muy bien lo señala Kenneth Slawenski en su excelente biografía, Salinger lleva una vida oculta no por voluntad de ocultamiento sino por dificultad para encontrar los códigos adecuados para comunicarse con los demás, en el sentido y en el modo en cómo él quiere comunicarse. En realidad no se trata de algo que atañe a su conducta individual, sino a una forma de ver y entender la vida que se hace más evidente en él desde su traumática experiencia durante la Segunda Guerra Mundial. De aquí que no deba pasar desapercibido para el lector el epígrafe de Un Koan Zen con el que se abre Nueve cuentos: «Conocemos el sonido de la palmada de dos manos, pero ¿cuál es el sonido de la palmada de una sola mano?». Esta es la pregunta que atraviesa el libro desde ese cuento magistral que es Un día perfecto para el pez plátano, centrado en la conversación telefónica de Muriel y su madre, y el encuentro entre Seymour Glass y una niña en la playa, hasta  El período azul de Daumier-Smith. Aunque parezca redundante señalarlo en relación a Salinger, es su maestría estilística la que permite penetrar en el carácter de los personajes y sentir el pálpito, la agitación que conmueve sus cuerpos y sacude sus almas. Superado el desconcierto adolescente de Holden Caulfield -protagonista de El guardián entre el centeno-, Salinger expresa a través de la familia Glass, en particular de Seymour Glass, las secuelas que han dejado en su espíritu las vivencias del horror y que lo llevan a un callejón sin salida. Sin embargo, no es este sentimiento de derrota lo que pretende transmitir, sino otro que justifique la existencia del ser humano más allá de los egoísmos personales, las bajezas, las traiciones y las contingencias del dolor y de la muerte. Significativo es en este sentido Para Esmé, con amor y sordidez, y, sobre todo, ese otro cuento maestro que es Teddy, cuyo protagonista, un niño superdotado que cree serlo porque tiene conciencia de su reencarnación, acepta la muerte como parte del mecanismo que rige el orden del universo. 


domingo, 9 de octubre de 2011

EL LECTOR, Pascal Quignard



Pascal Quignard indaga en El lector (cuatro.ediciones, 2008, trad. Julián Mateo Ballorca) sobre la condición y la naturaleza del lector y de la lectura. El escritor francés, uno de los más importantes y a la vez uno de los más desconocidos para el gran público, de la literatura europea actual, dinamita con su estilo fragmentario la tiranía del argumento comprometiendo al lector en la construcción de un texto tan denso como atractivo.

El lector, si bien puede leerse como una unidad autónoma, es un libro que multiplica su sentido y su alcance en su relación con la totalidad de lo escrito por Quignard y, en particular con su Retórica especulativa (El cuenco de plata, 2006), porque siguiendo el consejo de Joseph Jouvert, no escribe un libro sino una obra. En este sentido, son de gran ayuda el prólogo y las notas de Julián Mateo Ballorca, su excelente traductor.
El libro, ese «mundo en falta», como dice su misterioso narrador,es acaso el mismo lector que narra la historia de un lector que desaparece, que se esfuma, para captarse «sentado fuera del tiempo». Es así como empieza una secuencia fragmentada de incidencias, reflexiones y especulaciones que implican al lector y a su yo en la tarea de narrar a través de una voz que es reminiscencia de ese yo anterior ligado a la «pura audición», como apunta M. Jalón, su editor, que «está en la base de la lectura silenciosa». 
El lector que se entrega con pasión a la lectura es un yo que desaparece «devorado por los libros» zozobrando «en la totalidad de una lengua» para convertirse en el hacedor, el héroe, el protagonista de un mundo desconocido. Una experiencia excitante, pero también peligrosa y también decepcionante cuando se enfrenta a los «artificios de un mundo que no es el mundo». Una decepción, añade el narrador, «ante juegos de una lengua en los cuales la lengua no se consume por entero» y que se agrava con la muerte solitaria. La muerte, el silencio, donde el yo se descubre impotente para significar, porque el «silencio nada significa. Nada en silencio responde por el silencio». Pero si el silencio de la lectura «zumba en sus oídos, late en sus sienes, acelera el movimiento de su corazón es que hace sonar el eco con el grito del abandono. Si el lector está mudo, es por ese grito apagado, que fomenta la angustia, que reaviva el dolor de Dios».
Finalmente el lector aparece como un fantasma, como una huella de vapor. Una creación del escritor, quien es a su vez todas las lecturas, que fracasa en su intento de alcanzar ese mundo al que lleva la lectura y que se aleja «en el momento de leerlo». La lectura es ese estado, viene a decir Pascal Quignard, «donde la biografía del lector perece, pasa a la neutralidad y a la muchedumbre de "otro" que no es del mundo. Donde la ficción del mundo se desdobla en la ficción de su vida» y la existencia se concentra en «un pequeño volumen rectangular de papeles cosidos, cerrados, y se mide por la tristeza que asalta al lector una vez que el libro ha sido leído».

jueves, 29 de septiembre de 2011

ORLANDO, Virginia Woolf



La lectura de Orlando (Edhasa, 1968, trad. Jorge Luis Borges), de Virginia Woolf supone una experiencia gratificante que lleva al lector al corazón mismo de la ironía, de la historia, de la poesía, del tiempo y de la desazón existencial. Virginia Woolf se aventura con inteligencia y sensibilidad en un bosque donde la magia de la verdadera naturaleza humana prevalece y desnuda los prejuicios que condicionan la vida y los roles de los individuos en la sociedad.

Si bien el punto de partida es una sátira al género biográfico, tan de moda en la Inglaterra victoriana, pronto Virginia Woolf se deja llevar por el impulso poético y hace que su andrógino Orlando, pariente próximo de los Orlando de Ariosto y Boiardo que evoca la figura de su amiga Vita Sackville-West, se convierta en una irónica fantasía que trasciende los límites temporales de la vida humana y la identidad sexual. Son muchas las lecturas que sugiere este libro original que en su época supuso un  cuestionamiento directo a los prejuicios sociales y culturales, al rol consagrado de los sexos y la intolerancia. 
«Él -porque no cabía duda sobre su sexo, aunque la moda de la época contribuyera a disfrazarlo- estaba acometiendo la cabeza de un moro que pendía de las vigas». Con este fulgurante inicio, uno de los más bellos y sugerentes de la literatura universal, Virginia Woolf sienta las reglas de una narración pletórica de ironía, crítica, sombrío humor y desesperado amor a la libertad. Orlando es un joven que durante un par de siglos mantiene su condición de varón hasta que cierto día, después de un largo sueño, despierta convertido en mujer. Sin embargo, nada cambia para el lector, quien sigue percibiendo el mismo personaje y nada cambia tampoco en él como persona, pero sí el modo de relacionarse con los demás. Es el momento en que el proceso de desmitificación de la sociedad de su tiempo que ha emprendido V.W. alcanza su punto culminante. Todos los tabúes y prejuicios que condicionan y alteran la vida cotidiana de hombres y mujeres quedan expuestos y tramados en una composición donde vibra la vida en toda su complejidad. Un tapiz tendido sobre un tiempo y un espacio al final vencidos por un carácter esencialmente humano.


lunes, 19 de septiembre de 2011

MAÑANA, Carmen Borja

Carmen Borja




















En Mañana (Icaria, 2011), Carmen Borja logra uno de los momentos más elevados de su creación poética y expone con sensibilidad, lucidez e inteligencia lo que su alma entrevé en los confines del abismo que la rodean. Este es un libro en el que la belleza se comporta no tanto como una expresión estética sino como la poderosa y arrebatadora fuerza que da aliento a la vida.

Borja, como quien huye, se adentra en el tiempo cíclico teñido de religiosidad y tristeza, que ella evoca a partir de Mañana de Pascua, lóbrego cuadro del romántico Caspar David Friedrich, para bucear en los pliegues del alma - donde está la gran intuición, la semilla. / El amor sin muerte.- y alcanzar algún conocimiento de la condición humana. Nikos Kazantsakis, cuyos restos se hallan enterrados en la muralla de Heraklion, Creta, bajo un epitafio que reza «No espero nada. No temo a nada. Soy libre», decía que la vida era un destello de luz entre la oscuridad de dos abismos. Carmen Borja no parece adentrarse en las tinieblas, como sugiere el cuadro de Friedrich, sino en la vida atormentada por la oscuridad de ese mañana que irremediablemente llegará y que anticipan las palabras millonesdecadáveres o el roce de un ángel  situando al ser humano ante la tesitura de elegir de nuevo si quiere que la luz lo ilumine hasta ese instante de felicidad que justifique su existencia abrazado a la vida sin traición
Como en su libro anterior - Libro del retorno (Lumen, 2007)-, donde el poema es la cima de la torre  que representa un «momento epifánico», Carmen Borja insiste pero lo expresa mediante un misticismo más agnóstico y también más hondo y genuino donde casi podemos ver arder la llama que te quema, porque aquí, en Mañana, el poema es otra dimensión del lenguaje, que si bien no puede responder las preguntas esenciales, porque en definitiva es creación humana, sus signos representan el fragor del mundo, el secreto, misterioso hálito de la vida. Donde nuestra tierra gira ensoñando belleza.
También merece una mención la sobria y cuidada edición de Jesús Ortiz Pérez del Molino y en la que han colaborado Josep Bagà en el diseño de cubierta y Joan Cruspinera con la ilustración.