En su sección "Crónica del olvido", el poeta venezolano Alberto Hernández hace esta reseña de Roma 2023 d.C., de Antonio Tello (In-Verso Edicions de Poesía, Barcelona, 2026).
El
libro es un cordero desollado yéndose en palabras
A.T.
Habla
el poeta a través del tiempo y el tiempo lo hace voz, palabra, historia,
personajes, una ciudad que alberga todos los augurios, todos los falsos
milagros, toda la presencia de dioses que sólo son nombrados para llenar las
bocas. Y uno que llegó, hecho hombre de lejanas tierras a Roma, con las manos y
los pies heridos y un lanzazo en un costado.
Habla
la poesía de todo eso y de muchas sombras y luces. Antonio Tello, en ´ROMA 2023
d. C.´, nos descubre un velo que comienza en aquel Edén Bíblico que se extiende
hasta este ahora cuando el mundo es otro y los seres humanos también, con la
fruta prohibida entre los dientes, metáfora de todos los desmanes que a diario
aparecen y desaparecen en medio de la bruma global.
La
voz del poeta se mueve como un eco, disperso, pero a la vez coherente porque la
poesía así lo exige, el mundo antes no era redondo, ahora es un inesperado
sonido que se agita entre los tantos conflictos que nos aquejan.
En
este poemario, o mejor, en este largo poema del poeta argentino radicado en
Barcelona, España, la poesía continúa siendo un reclamo a Dios, al que envió a
su hijo a ser sacrificado, pero también a los tantos creados por la imaginación
de una cultura que se valió de su poder para convertir aquel mundo de hace más
de dos mil años en este que ahora nos visita.
En
XXXIII cantos nuestro poeta nos conduce por diversos senderos de la cultura de
la fe, de los falsos profetas, de la piedra angular de una humanidad que tuvo
una larga historia basada en los signos terrenales ligados con el cielo. De
allí, las religiones. Y desde esa mirada del autor argentino este viaje
convertido en palabras, en el Verbo de la primera vez, pasando por la marca en
la frente de aquél que mató a su hermano. Y paralelo a estos eventos, la
actualidad, los dolores y placeres que dice la humanidad tener a mano.
Entre
sombras, va el sujeto que transita por estos versos. El poeta ilumina el
camino, como aquel que buscaba la verdad a plena luz del día con una lámpara en
las manos. Y es que ésta, la verdad, es fácil de ocultar, de allí que este
libro sea una suerte de enciclopedia de sonidos, ecos, silencios. Voces
extraviadas que se convirtieron en un gran templo donde se agitan las alas de
un pajarillo que podría ser la representación de ese santo espíritu cristiano
vertido en agua oscura, en los tantos desmanes que devela la humanidad del
pasado y la humanidad del presente, tan arraigada que somete a ese conglomerado
de pensamientos en víctimas del futuro.
ROMA 2023 después de
Cristo sigue siendo aquella Roma del comienzo,
sólo que ahora tiene más adornos, más imágenes y metáforas divinas. La vieja
cristiandad de las catacumbas continúa orando por el crucificado, mientras
Pedro era también clavado pero con la cabeza hacia la tierra como si ésta
buscara los laberintos del futuro Dante.
(***)
Miguel
Ángel nos muestra el dedo de Dios. La Capilla Sixtina sirve de aposento para
que la poesía se desarrolle hasta nuestras aciagas horas. Esas manos, una viva
y la otra recién hecha de barro, se despliegan en la memoria de los personajes
anónimos o conocidos por estos versos de Tello. El mundo se mueve a través de
una poética del tiempo que nuestro autor ha vertido como polvo sobre la
atmósfera opaca del mundo. Libro que narra, habla conversa con el lector y da
una lección de imaginación y ´verdades´ que se han quedado calcadas en esa
piedra que era Roma y hoy es un poder que se sostuvo sobre tantos quehaceres
poco divinos. 2023 es ese ayer en este día a día que nos lleva de viaje por las
imágenes de este libro. Una visión bíblica ilustrada por las luces y sombras de
tantos siglos ocurridos, por eso “El silencio absoluto prevalecía/ hasta que el
que verbo estalló”, el mismo que se hizo carne, luego pecaminosa y como muestra
la frente de Caín, el que mató a su hermano con una quijada de burro.
Pero
ese eco, el primero, no se quedó detenido: “Un segundo estallido del verbo
ocurrió en la glotis de un animal sin nombre dispersando esquirlas de sentido
sin pasado, presente ni futuro”. Luego llegaron las palabras. La Palabra que lo
invadió todo.
Cada
canto es un fragmento que recoge –con verbo narrativo- la ´historia´ de un
mundo que no termina de reconocerse, porque la noche, la sombra, preguntó “¿Si
eres tú la lengua que oprime al ser humano?”. De allí que “Dios es un rumor del
lenguaje”.
(***)
2023
años después de Cristo se inaugura un espacio que ha movido el tiempo de la fe.
La poesía ha sido parte de este proceso. Tello entra en el tema, entra y
mantiene su atención crítica en todo ese camino andado. Este libro atraviesa el
tiempo y el tiempo atraviesa el libro. Esa acción viceversa nos informa, nos
entrega no sólo una estética sino los rasgos de muchas personalidades
terrenales y metafísicas. No falta el hombre de carne y huesos. No falta Dios,
el de Roma venido de la cruz y transformado en Vaticano, en un poder que
desfigura la Palabra que quedó tanto en el Edén como en las siete palabras del
sacrificado. También están los diferentes dioses personales, plurales,
colectivos alzados en verbos de violencia o pasividad, en contrastes: el poeta
se debate entre la historia y la imaginación. Logra aproximarlos, logra que una
posibilidad oral sea capaz de convertirse –desde una fe- en palabra escrita.
Hechos indiscutibles transformados en imágenes que el testigo/ lector tendrá
como guía que lo conducirán a tener en cuenta que la historia es también un
hecho creativo, que la poesía es capaz de revisarla, resucitarla, maximizarla o
minimizarla para poder ser leída, resumida, calcada en la piedra que una vez
fue mencionada en Roma. Tello escribe versos largos, como la respiración de
quien ora, de quien guarda silencio frente a la naturaleza viva, y lo hace con
la voz de los sujetos que ambulan por sus textos, entre ellos, para confesar
que “El horror también es real// Aun así me entregué a ti/ y los celebramos”,
ese retorno al desierto donde Moisés cinceló los mandamientos, esos poemas que
luego fueron rotos con la piedra.
El
hombre, el que escribe o se hace otro desde él mismo, dice como una poética no
prevista:
“La
escritura es una mancha/ de signos que se diluye con el agua…”, mientras
Octavio Paz en su ´Teatro de signos´ afirma: “La voz poética, la otra voz, es
mi voz. El ser del hombre contiene ya a ese otro que quiere ser”, y despliega
toda una teoría que reformula el mundo del silencio.
(***)
En
algún lugar anda el hombre con la marca en la frente. Nadie se detiene a
interrogarlo, sólo el poema lo hace mediante ese viaje. Y, de pronto, el
personaje desaparece para darle paso a “En algún lugar, un niño llora y/ te
preguntas si eres tú/ la carne del ausente”, del que quedó tendido bajo la
inclemencia de la muerte, mientras ´el caminante´, que podría ser el primer culpable
o el futuro salvador de los pecadores recorre estos siglos hasta arribar al
nosotros que nos conjuga, de allí que “Nadie escapa de la fe”.
El
poema es arenoso, solitario, también verbal en las huellas borradas de los
peregrinos, de ese caminante que torna y retorna. “Los desiertos, dice, son
paraísos perdidos (…) La ardua aritmética / del amo carece de piedad con los
desdichados”, y nos ubica en aquellos y estos tiempos, mientras los signos del
ave, del colibrí sagrado, vaticinan que “La ausencia es un gran agujero en el
pecho”.
Poesía, sí poesía: “Noche oscura del alma”, en la que San Juan de la Cruz metaforiza y conceptúa la manera de describir el espíritu humano. Pero también revelada por Thomas Moore con el mismo sentido o búsqueda. Que el poeta diga: “…Dios/ es, quizás, el viejo que duerme/ la siesta del Edén”, precisa la belleza que habrá de advertir el mismo poeta español desde su apretada fe cristiana. Dios no duerme, siempre despierta, podría afirmar.
(***)
“Estoy solo. En esta eterna ciudad sin Dios, entreveo los espectros sin rostro de los muertos”, un recorrido por los pasadizos que pudo haber conocido Dante. Que transitaron los escondidos en las catacumbas. El poeta se acerca a su propia creencia: “Sin justica no hay belleza/ ni amor que nos salve” y luego le arrima a esa fe: “Desear es conjugar el verbo”. De aquí se desprende el entrevero de una crítica que nos vuelve aproximar a estos días, a los mismos que han quedado atrás: “…los filósofos chapotean a orillas del río/ y los poetas hurgan en los contenedores de desechos verbales algo que llevarse a la / boca, el pálpito de alguna palabra viva/ que nos devuelva el sentido de diario vivir”.
Y
define: “Roma es una tortuga dormida que sueña/ con el imperio de los dioses
que fueron”.
¿Qué
nos quiere decir el poeta al mencionar al ´señor de las moscas´ mientras
William Golding duerme su más largo sueño? ¿Nos quiere decir que seremos una
isla dividida en dos bandos mientras la gran ciudad –imaginada o no- se
revuelca en sus oscuras edades?
El
lector será el peregrino, el caminante que advierte al cordero desollado. Mientras tanto, las
palabras.
