lunes, 15 de julio de 2019

EN LA NOCHE YERMA, Antonio Tello

Lectura y reseña del poeta venezolano Alberto Hernández sobre "En la noche yerma" (Vaso Roto, Madrid, 2019).


Crónicas del Olvido
“EN LA NOCHE YERMA”, DE ANTONIO TELLO
**Alberto Hernández**
1.-
Bajo la influencia de Eliot y Paz, Antonio Tello recorre las sombras. Con “Tierra baldía” y “Piedra de Sol”, al amparo de sus líneas, construye este libro, “En la noche yerma” (Vaso Roto Ediciones, Madrid, 2019) donde, precisamente, una voz relata el temor de perder las palabras, de ser asaltado por bestias oscuras, por el miedo que la niebla suele imponer en el espíritu humano.
Poesía de sombras. Poesía en la que el alma se deposita cerca de la luz para tratar de borrar el inmediatismo de tantos intentos por huir del miedo a la noche, a las tinieblas, a la desaparición. Poesía gótica, timbrada por el ritmo de la nocturnidad, fantasmal, ubicua en la medida en que los pasos del que anda se extravían entre tantos susurros.
Antonio Tello escribe una destrucción. Escribe desde el lenguaje que podría desaparecer. Escribe desde el vacío que podría borrar lo que ha escrito. Suerte de Armagedón, este libro del poeta argentino destaca su carácter oscuro, nocturnal desde una “tierra baldía”, muerta en la perspectiva del ojo que busca en la luz la piedra que podría dejar alguna huella salvable. No se trata de una poesía pesimista: es una poesía en la que la oscuridad podría favorecer a la luz y hacerla posible. Al contrario de lo afirmado por la crítica, este libro de Tello es un artefacto de construcción desde la oscuridad, desde las sombras. Escribir sobre este tema, vivir en este tema, no es más que una manera de salir de ella. El mundo se destruye, el mundo recobra la memoria apocalíptica para volver a ser tiempo, voz recobrada.
2.-
La noche anticipa el día. No es un lugar común: la poética de estas páginas flota sobre la pérdida de la fe, pero alterando algunos elementos que podrían revelar la posibilidad de que desde la noche, desde la niebla, es posible avizorar la luz, la otra luz, porque la noche es una luz en sí misma. La sombra contiene luz. Y la luz es la madre de la sombra. Sin la noche es imposible el día. Sin la muerte es imposible la vida.
El tiempo ha sido sometido por la noche. Su porvenir difiere del pasado. La sombra perdura en sus horas y se desgasta en el poema. Una salivación verbal la menciona y la instaura en los versos.
En el canto III, Antonio Tello reza:
“quizás hoy ha comenzado ese día futuro
y en el estéril paisaje del tiempo por venir
bebe el ganado de la corriente que pasa
ante el cristal de sus ojos el aire simula
su tranco inerte sobre las sombras del agua
buitres buitres se abaten sobre la carne yerta
ángeles y gusanos se alimentan del misterio
en campo abierto los deudos de la desdicha
abonan la tierra con los huesos de sus muertos”.
Un silabeo fúnebre. La tierra de Eliot y la noche de Tello se imbrican. Yerta la noche, yerma la tierra. Mientras el sol se cimbra sobre las piedras de Paz. Pero la sombra reina más allá de cualquier ilusión.
Este libro de Antonio Tello me permite volver a dos títulos del poeta venezolano Francisco Pérez Perdomo: “La casa de la noche” y “Círculos de sombras”, donde nuestro autor recorre el mundo espectral de la oscuridad, entre voces y susurros que alternan con referentes que la luz descubre al amparo de diversos ecos en los que la soledad impera.
Seres nocturnos cruzan calles y avenidas. Sombras alargadas. El poema como descubrimiento de lo que suele pasar durante el desarrollo del misterio.
Otro ejemplo de Tello para cerrar:
“la turbamulta invadirá las calles arderán/ las ciudades caerán las catedrales y entre las/ cruces alzadas deambularán los templos vivos/ buscando a sus dioses entre los escombros/ tarde sabrán que en el vientre de los ídolos/ se gesta la violencia que nutre los estambres”.

domingo, 12 de mayo de 2019

EN LA NOCHE YERMA, Antonio Tello

En la noche yerma (Editorial Vaso Roto, Madrid, 2019) es un poema de treinta cantos que relata el dramático derrumbe de la civilización y su lenguaje, entre cuyas visiones, el poeta y narrador Mario Satz cree ver incluso la destrucción de Notre Dâme.


Tras una primera y emocionada lectura de  En la noche yerma, me vienen dos imágenes: el poema, sus cantos, son una larga y ancha radiografía-en blanco y negro- de nuestra época infernal, lo que lleva a la segunda, la abundancia de perros, recurrente y dolorosa, para hablar de la rabia del poeta-profeta y también de esas jaurías de perros en el campo argentino que, hacia fines del XIX más tarde, vivían de la carroña de las vacas y toros muertos a lo largo y ancho del país. Es, en suma, un poema lleno de dolor y de rabia. Un relámpago zigzageante en el que se cruzan los profetas bíblicos y  Apollinaire y los beatniks, sobre todo el Aullido de Allen Guinsberg. Me refiero al tono, a la melodía apocalíptica. Pero también es bien Tello, solemne, una profunda endecha sobre la finitud y la falsedad de las estructuras sociales frente a la vida individual, que es la que siempre defiende el desterrado. 
Es un poema para leer más de un vez, pudiendo hacerse de atrás para adelante y de adelante para atrás. Algunos cantos son mejores que otros,  y lo más impresionante es la profecía sobre la destrucción de la catedral de Notre Dâme. Siempre sucede eso con los poemas largos. Ya imagino su sufrimiento y dolor en la composición. Tiene momentos sinfónicos. Durante su lectura pensé todo el tiempo en la Metamorfosis de Richard Strauss, escrito tras la guerra mundial. Grave y por momentos lastimero, pero no es para menos. Las referencias literarias a las que apela no se comen la libertad del poema. Después del Apocalipsis hay que volver al Génesis. La Biblia es un libro circular y autorreferente.  Hay dos Génesis, pero un solo Apocalipsis. Y en ese sentido este libro es irrepetible. Admirable que el lirismo florezca en medio del desastre.
A partir del canto XVII el poema se aclara a fuerza de sabias reiteraciones, aflora el desterrado como  un auténtico vigía en una torre de hierro, oteando el paso de las tormentas humanas, los desaciertos y los dolores. Pensé en Isaías, en Ezequiel, en los grandes profetas bíblicos, de quien en este libro tienes muchos ecos. La pregunta sobre dónde está el mar es crucial: para los kabalistas mar o yam, y si se lee al revés, es mi, quién, por lo tanto uno de los nombres de Dios. Al poeta, y con él a todos, le han robado la dicha de una oleaje manso y fecundante. Es interesante como a partir de la mitad del libro el pulso se acelera, y hasta diría que mejora la densidad diagnóstica de la primera parte. A propósito: la mención de los cazadores me hizo pensar que en uno de los últimos libros de Quignard donde éste habla de la depredación, de la caza como el origen de la cultura y también de la guerra. La primera escritura que los hombres leyeron fueron las huellas de los animales en la nieve. En fin, que es una proeza salir más o menos sano de tamaño apocalipsis poético. 

martes, 2 de enero de 2018

ARRUGAS DE SILENCIO, Mercedes Ridocci

La poeta española Mercedes Ridocci antes que en la escritura halló la expresión poética en su propio cuerpo y fue desarrollándola primero en el teatro y más tarde en técnicas de expresión corporal y danza creativa. Este dato no es baladí en la medida que nos permite comprender ese latido orgánico de su poesía y de modo muy particular en este poemario, Arrugas de silencio (Playa de Akaba, Barcelona, 2017), bellamente editado por la editorial barcelonesa que dirige la también poeta Noemí Trujillo.

Estructurado en tres partes – Estelas de deseo, Cenizas de pasión y En el lomo de la muerte- Ridocci propone una secuencia de poemas que metaforizan el devenir vital del cuerpo a través del tiempo, la existencia orgánica de la vida humana sacudida por el deseo, el erotismo, la pasión, y también por la pulsión de la muerte que contradice la eternidad -vana pretensión de la juventud- hasta que la madurez hace patente la finitud. De aquí que Mercedes Ridocci trace desde el epígrafe (“A la vida y a la muerte”) esa línea vital, esas silenciosas arrugas que definirán al final el paso perecedero del individuo por el mundo. Un paso que siempre es desgarro (“Me aferré sin miedo / a las ramas desnudas de tu tronco / a la corteza fría de tu invierno”.). Esas estelas de deseo que define como “viñedos de uva roja” o como “un antojo del sueño”, en el que ambos, viñedo y sueño”, se consumen en el cuerpo, “puerto solitario, / oculto en la sombra de la noche”, en el desesperado, acaso imposible, intento de entender esa lengua que habita en el paladar.

Y así hasta que el fuego de la pasión se consume y sus cenizas se convierten en “piel de la ausencia [que] cubre mi cuerpo / de arrugas de silencio” desnudando el cuerpo y la voz que lloran el destierro de los sentidos y su condición de alma o conciencia vacía, ajena ya al temblor de la naturaleza, ese “volcán apagado” que antes concernía al cuerpo. Así, hasta que llega ese momento en que la poeta pide a la “mujer de fuego albo / vístete con la piel del viento / que enardece tu llama blanca  / sigue el canto de tu cauce / planea sobre el leve suspiro del atardecer / alcanza el último horizonte / donde la  muere poniente / y alborea la muerte”.

martes, 5 de diciembre de 2017

CAMPOS DE AJEDREZ, Mario Satz

Campos de ajedrez, de Mario Satz /Huerga & Fierro Editores, Madrid, 2016) es una pequeña obra maestra que, en la estela de los grandes relatos orientales, plenos de magia y misterio, nos habla de las fuerzas y las tensiones que obran el mundo.


Hay escritores que traman sus producciones a partir de una realidad evidente que por desinterés del autor, interés político, económico, ideológico o religioso, o limitaciones de su escritura no penetran dando lugar a libros de fácil lectura y rápido consumo, y otros que escriben historias que descubren a quienes las leen los múltiples registros de la trama que urde el mundo y el destino de sus habitantes, entendiendo por éstos a todas las criaturas vivientes. Mario Satz, argentino afincado en Barcelona desde los años setenta, pertenece a esta última clase de escritores que sostienen sus historias en la fuerza metafórica de la escritura poética y, en el caso de Campos de ajedrez, como en muchos otras producciones suyas, en la tradición oriental.
En esta novela o más precisamente nouvelle, Satz apela a la mirada china no con pretensiones de describir un escenario exótico, sino para revelar desde el valor de la luz propio de Occidente el valor de las sombras propio de Oriente. Desde este posicionamiento estético el autor traza sobre el damero, donde dos amigos, el emperador y su general, enfrentan sus estrategias personales -afectivas, políticas- y libran una batalla acotada -aparentemente- al juego en la batalla mayor que libran las fuerzas encontradas que tensan el mundo y el universo y que arrastra y compromete a otros hombres de distinta condición así como a la naturaleza y sus criaturas.
Es así como cada movimiento que tiene su correlato formal en cada breve capítulo se corresponde cabalmente con los avances de una batalla que compromete al poder, al futuro del imperio y la felicidad de sus súbditos. Cada movimiento representa uno a uno los capítulos de una intriga que socaba los cimientos del poder real y arruina sus símbolos hasta casi hacerlos desaparecer, al mismo tiempo que en otra parte se producen acontecimientos extraños a las vivencias humanas y la rutina de la naturaleza como signos de la armonía alterada y amenazada por la ambición. Y en ese acontecer serán la fuerza poderosa que sustenta la trama del universo, encarnada en la figura de un tigre, y la inocencia de un campesino que intuye los movimientos del “juego del Elefante”, como le llaman al ajedrez, las que restaurarán la felicidad y la riqueza, esos granos de arroz que representan el poder del viejo emperador.
Pero esta narración, tan propia de una fantasía oriental, sería una más si la escritura y el estilo de Mario Satz, su precisión y delicadeza, no convirtieran Campos de ajedrez en una joya literaria de alto aliento poético extraña a las adocenadas producciones editoriales contemporáneas.

miércoles, 7 de junio de 2017

LECCIONES DE TIEMPO SEGÚN LA POETA CORDOBESA LEONOR MAUVECIN

Releer Lecciones de tiempo (Libros del Innombrable, Zaragoza, 2015), de Antonio Tello es entrar en un laberinto donde la voz del poeta nos conduce y nos deja al borde del abismo.

Abre tus ojos ciegos, nos dice y nos permite a través de sus palabras, de las metáforas logradas y las imágenes precisas, ver desde lo oscuro, desde las limitaciones del tiempo y nos introduce en una poética conmovedora y profunda.
Lecciones de tiempo se titula el poemario, pero yo diría lecciones de vida son las que abreva el lector que se sumerge en esta búsqueda que obsesiona al poeta. Búsqueda de la luz a través de las tinieblas de un universo que anclado en esa mirada que cuestiona, aparece absurdo y sin sentido.
Ese fragor de luz / que satura las horas , dice y es el fragor de luz que busca la poesía de Tello , pero en esa indagación , en ese viaje el tiempo aparece como el desafío que nos condiciona y nos pone a merced de lo desconocido .
Apenas un parpadeo
y estás de nuevo
en el punto de partida
mas ya no eres el mismo

El dolor, la angustia, el sinsentido nos dejan desvalidos: en el mundo no somos el río/ que fluye sino la hoja que éste se lleva, dice .Como esa minúscula hoja somos, sujeta al devaneo de la vida y de la muerte que cual un péndulo nos conduce a los extremos:

Mariposas
en la boca del abismo

Antonio Tello, logra una poética de alto contenido filosófico y de profundo sentido ético. Desde la soledad el poeta interroga al universo, interroga al hombre y dice:
El hombre que vio su rostro
en el rostro del otro fue
el primero que habló de amor

Y es el amor la luz que redime ante el olvido y la muerte, pero
Cómo calcular el peso exacto del dolor
cómo medir la longitud del silencio
si la ignorancia nos hace extraños.

Es la sabiduría de un poeta que ha ahondado en las profundidades del ser y desde la soledad y el olvido ha podido mirar el rostro del otro. Antonio nos entrega estos poemas a través de la palabra que surge de una voz interior de ese yo que es tú, en el juego misterioso del lenguaje:

Quién es ese yo escondido que te habla
como si fueses yo
ese yo detrás de mi yo que me habla
como si fuese tú

El poeta se extraña de sí mismo, de la voz que brota desde esa realidad del espíritu que reflexiona y cuestiona la existencia. Se extraña de su propia sabiduría, que es una mirada lúcida sobre todas y cada uno de los dolores humanos. Esa mirada audaz que desafía lo establecido y que deviene en palabras. Abre tus ojos ciegos dice el poeta y nos ofrece la luz en este magnífico y conmovedor poemario de sólida construcción estilística.
de qué sirve la voz que teme al abismo (…)
nada podrá decir de la dicha
nada podrá decir del dolor humano

Al leer la poesía de Antonio Tello uno siente que se subvierte el orden y la reflexión del orden y le devuelve al mundo ingenuamente sólido sus rupturas y abismos.

viernes, 10 de marzo de 2017

EL POETA VENEZOLANO ALBERTO HERNÁNDEZ RESEÑA "O LAS ESTACIONES"

1.-
Se termina en el origen porque en él, en el origen, estaba el agua, los ríos, las corrientes superficiales y subterráneas. Los ríos siempre navegan, siempre llevan a alguien que habla, dice y se desdice, que pronuncia de acuerdo con el movimiento de la corriente. Hay ríos lentos y otros procelosos. Hay ríos filosóficos y ríos cotidianos. Hay los que cargan sonidos y hasta se convierten en mar. Otros que mueren empozados en la memoria de quienes los descubren.


La poesía siempre ha sido un río. Una corriente. Un pensamiento que se mueve. Fluye. A veces no termina en el río que buscaba. Otras, se hace río y viaja con él y es muchas veces el mismo río y el mismo hombre, un poco para contradecir al viejo Heráclito.
Pero hay ríos que se mimetizan. Son bosques, animales de habla. Hojas que crean el universo. El pequeño universo de una mirada. Árboles sensibles, porque abajo, en las raíces, el río siempre conserva su misma actitud: viaja entre las rocas, guarda con su silencio la vida de arriba. Siempre emerge, así no lo busquen. Sus venas y arterias purifican o destrozan.
Los ríos son verbos incansables.
Y en esto me involucra el poeta argentino Antonio Tello con su libro “O las estaciones”, publicado por InVerso, ediciones de poesía, Barcelona, España, 2012, quien en estas páginas porfía con los ríos y sus habituales tendencias: la naturaleza como reflexión, como interior constante para hacerla voz y silencio, geografía interior, afán de mirada y pensamiento.
Si lo leo es porque los “habitantes” de este libro me han invitado. Tello sabe que ellos, sus moradores, saben distinguirse entre los tantos sujetos que lo han convocado, tanto a él como a los lectores a seguir el curso de algún río, de los que dan a la mar y de los que se quedan en el pozo de la mirada del viajero.
Él, el poeta, entra en los secretos del río, en sus instantes, en su permanencia, en la eternidad de su marca, porque aún seco, el río está allí. Pero en este caso, el río lleva corriente, se mueve, se desplaza, como la vida y la muerte, como la eternidad.
Pero igual trata otros cursos, otros tránsitos, otros temas.
2.-
Aquí está el poema que inicia el río, que lo hace vértebras de un cuerpo poético, de una iniciación, de un propósito ineludible: agua, árboles, fluir. No se puede vadear un río, mucho menos un poema. En todo caso, se cruza o se observa para admirarlo. O pensarlo:
“No es el murmullo del agua/ lo que oímos a orillas del río. // No es el susurro del aire, / ni el rumor de los sauces.// No son las voces del bosque, / lo que oímos a la orilla del río. // No es el canto del grillo, / ni el paso de las estaciones.// Es desespero de ramas verdes/ adioses en pos de la corriente.// El río es silencio que fluye. Lo/ que oímos no es el rumor del agua”.
Y así como las aguas “corren serenas”, hay otras que desvanecen paisajes. Los ocultan, los barren. Pero para eso está quien los habla, quien los nombra. Un sujeto que elabora sonidos, los masculla con el propósito de fundar el mundo desde quien verdaderamente ha vivido esa creación:


“El poeta observa donde escribió
el nombre. Nada había antes ahí. El
árbol es testigo. Su memoria
es anterior a la semilla”.


Una poética que resume cualquier intento de desdecir la imagen: la semilla es la metáfora de lo que se mueve, de lo que se moverá.
Un árbol, hijo dela semilla, será el único personaje de una historia que conserva el mismo carácter: un árbol tiene su sitio, lo conserva, lo anima, lo nombra cada que se mueve, cada vez que florea o carga sus frutos. Y cada vez que deja caer las semillas, se hace muchos árboles.


Y,


“Aunque el árbol envejezca, no/ se altera la eternidad del bosque. / Las hojas que retoñan, verdean y/ caen, viven. Humus y ceniza/ abonan la memoria bajo la/ nieve. Marcas de la madera. El/ bosque. Solsticio del presente. Las estaciones”.


Entonces aparece el gran tema: los cambios, la transmutación. Las vueltas que inventan el clima y sus tantos complejos naturales. El poema está sujeto a ellas, a las estaciones. Es también una estación: un cambio permanente. Un ser vivo. Orgánico. Poema que no cambie con cada lectura, muere, como las hojas invadidas de musgo, de bacterias. Un poema es un árbol, podría serlo si quien lo cultiva lo somete a cambios de lectura. Así se lee el río, los árboles, las hojarasca y hasta al mismo poeta. Un poeta es leído desde él mismo. Se le ve a los ojos cerrados y algo emerge de su ceguera. O de su clarividencia.
3.-
La belleza puede ser concebida como una aliada para prestigiar búsquedas. Así como puede ser también peligrosa, si riesgo consiste en hacerla visible. Un poeta vive en permanente riesgo. Si logra esa belleza se torna sospechoso. Es decir, hacer belleza es el acto más subversivo del ser humano, porque hacer lo contrario es lo normal. Lo natural. Disparara para matar un venado y luego consumirlo no entraña ninguna belleza. El oficio de sobrevivir es una necesidad. No belleza. De allí que con Antonio Tello la belleza encarna en lo más natural. Y lo es tanto que asombra.


Veamos:


“Cuando las hojas caen de las ramas, / el árbol no olvida que fueron suyas.// El árbol crece. Pierde sus hojas y crece. Hasta que los círculos de la memoria alcanzan el límite. Crece. ¿Y el bosque?//
¡Ah, el bosque!”.


Y queda la pregunta en medio de una respuesta que no necesita pronunciarse. El bosque está allí, hecho árboles. Hay bosques imaginarios, sin árboles. Un bosque es un inventario de habitantes. De suministros del agua, del aire, de los elementos. Un poema es un bosque: también tiene habitantes que se aproximan, cuerpo a cuerpo.
Aparece el ser, el humano ser en medio de las hojas:
“El abrazo es el escudo de los amantes”
El lector se pregunta: ¿qué hacen esos amantes en un bosque? Podría parecer contraproducente. ¿Quién los invitó? ¿Quién los trajo? Pues, la libertad del poema. El bosque mismo como poema o como tiempo, como un momento, como la cortedad de la respiración. Y entonces:
“¡Qué breve es la felicidad del colibrí!”


Así, amantes y colibrí en medio de un bosque son tan temporales que el mismo bosque los extrañaría. Es tan corta su felicidad como larga es la vida del bosque.
Árboles, aves, escrituras del aire, signos y símbolos, miradas, el vuelo repetido de algún celaje. Y el río, de nuevo:


“Otra vez lo veo. Las hojas secas yéndose una/ a una con el río. A la intemperie, los árboles// Veo las voces abandonadas a orillas del bosque (…) Hasta que la mirada caiga en el río y con ella/ se ahoguen la visión del bosque y el gozo de los ríos”.


4.-
Pero el árbol persiste, perdura. Lleva su tiempo en la corteza. El poeta lleva su tiempo en el tono. No obstante, hay “arboles” que migran obligados, hechos madera u olvido. ¿Quién puede dejar ir un árbol o borrarlo de la memoria si fue tiempo en la mirada, en la infancia o en la vejez de quien no ha muerto? Un árbol, un sujeto revestido de ramas. Un extraño. Un extranjero, una presencia extraña:


“El árbol desterrado es siempre exótico”, dice quien no lo olvida.


Y al cuido de su sombra, los amantes: no puede evadir el hombre, el ser humano, el calor de la carne del otro. Los que se tocan también son parte del bosque y terminan en un río. O envueltos por el clima. Absorbidos por sus horas. O por las estaciones. Tocados por ellos mismos: “El tiempo de los amantes en la caricia”.
¿Qué poema no insiste? ¿Qué arbitrariedad sonora no se hace visible en el instante en que los cuerpos se rozan.
Por el eso: “El árbol nace para la brisa (…) y el alborozo de las hojas / conoce la lengua del viento (…) El viento carece de la paciencia del árbol”.


El ojo de quien habla aspira a ser parte del bosque anochecido. El misterio. El último camino. El cierre: el poema ha cumplido su misión.
“¿Es la lengua de los muertos/ la que siempre hablan las sombras? (…) Las sombras no cierran los párpados (…) ¿Es así como acaban las estaciones?”


Las preguntas podrían ser motivo para otros versos, para otro viaje a ese río indetenible, a ese bosque que comienza a mostrar los primeros árboles.
Vuelta al origen.


viernes, 20 de enero de 2017

NARANJAS AMARGAS, Julio Castellanos

Julio Castellanos
Naranjas amargas (El Espejo Ediciones, Córdoba, 2016), de Julio Castellanos es un breve libro que, al iniciarse con el poema que le da título y sirve de epílogo a su Poesía reunida (1983-2013), se presenta como una continuidad, pero también como decantación de una poética reflexiva acerca del lugar que ocupa la conciencia humana en el fluir de la vida, entendida ésta como un constante fluir cósmico.



Los poetas como Julio Castellanos abjuran de toda impostura y no necesitan de los artificios del lenguaje o de la "poeticidad" de ciertas palabras para fijar el paisaje de lo entrevisto en cada viaje de exploración que emprenden.
Naranjas amargas es un libro tan breve como esencial porque el poeta es consciente de que aunque palabra y verdad se acerquen / a meras formulaciones, apariencias, / a moldes del decir, / a veces la palabra del poema / tiene algo de verdad / o la verdad, el cuerpo ficticio del poema. 
Esta conciencia sustantiva formula con sencillez los fundamentos éticos que mueven al poeta a decir lo que dice negando cualquier tipo de concesión a todo aquello que puede desviar o tergiversar su voz y la carga de verdad que ella trae consigo. Su compromiso con esa maravilla dolorosa / que llamamos vida, con eso que huye, es total pero eso no le hace perder a Julio Castellanos su sitio de observación de la realidad y la naturaleza extranjera del ser en el mundo, reconociéndose aquí su filiación con el existencialismo sartreano o, mejor, camusiano [pienso ahora en el Antoine Roquentín de La náusea o en el Meursault de El extranjero]. Es así que el poeta escribe Recuérdalo: alguna vez naciste / y fuiste arrojado hacia el mundo de lo cual resulta que todo lo del otro es ajeno, de modo que sobre estos principios de reconocimiento del ser uno y el otro se asienta esta poética de la fugacidad que es la poesía de Julio Castellanos. 
Tal cosa significa que el marco en el que se mueve su escritura es borroso y estrecho. La borrosidad se acumula / en rincones sordos, escondida / en ángulos pretéritos y agudos / a los que no llegan los dedos y no llega tampoco la mirada. Esa es la realidad -la vida- que se fuga, un ardimiento deshecho en tanto ausente, en la que se es en sí mismo, uno y otro [Nada soy sin tu soy, sólo sangrante / y coagulada falta en lo presente] a expensas del tiempo, también en fuga [La buscaba, la busqué por todos los rincones del sueño. // Mientras lo hacía, iba envejeciendo]; tiempo del cual tampoco el poeta tiene certeza de realidad palpable salvo a través de su propio sentir [Aunque la eternidad no exista, / sé que en algún lugar de la eternidad / podré encontrarte.]
Mucho más que lo antedicho, esta poesía es una construcción verbal tan luminosa como inteligente donde resuena la voz desnuda de un poeta mayor como es Julio Castellanos, donde su sólida escritura es materia que resiste la erosión del tiempo.

martes, 27 de diciembre de 2016

POEMAS EN LA LENGUA DEL SONÁMBULO, Hugo Fco. Rivella

Poemas en la lengua del sonámbulo (eLBc, Córdoba, 2016), de Hugo Francisco Rivella, es un libro cuya sólida morfología poética probablemente facilitó la decisión del jurado -los poetas cordobeses Susana Cabuchi, Francisco Colombo y Hernán Jaeggi- la concesión del Premio Literario Provincia de Córdoba 2015 al poeta salteño.


Hugo Francisco Rivella es un poeta proteico. Quien haya leído algunos libros de su vasta obra, entre ellos Yo, el toro, Ojo astillado, La hora del relámpago y Cuadernos del dolido, Putas (La cacería del ángel), Espinas en los ojos & siete poemas de barro, etc., constatará esta apreciación sobre las variaciones de su estilo poético, el cual no modifica la hondura de su mirada. En este sentido, esta naturaleza proteica actúa como maleable recurso para adentrarse en el conocimiento de la condición humana y el entorno social de los individuos, entre los cuales opta por identificarse, de acuerdo con sus convicciones políticas, con los que considera desfavorecidos.
Poemas en la lengua del sonámbulo -de cuya magnífica edición estuvieron a cargo los poetas Leandro Calle, César Vargas y Eduardo Gasquet, y el diseñador Juan Pablo Cano- es un poema que se abre al alma de quien lo lee o escucha su voz silenciosa en su interior, como una oración merced a una rítmica común a los cánticos rituales en el que la poesía se revela como una fuerza poderosa que arrastra al poeta [Un animal feroz ante la noche / hociqueando mi dentro  (...) que viene de mil formas con sus garras,,,] para mostrarle el mundo y sus individuos, con sus nombres y apellidos y sus vidas. 
Es aquí -en la vida- donde Rivella encuentra la fuente de sus metáforas, de sus imágenes para [recostó la cabeza al lado de la luna, / y en la boca del horno se volvió una lámpara que alumbra todavía, dice aludiendo al suicidio de Silvia Plath] construir el poema como reflejo platónico de la realidad del mundo. Pasó el mundo ante mí, repite el poeta al inicio o al final de cada poema con ligeras variaciones que suenan como latidos de una letanía mayor al modo de un himno sagrado. No puedo dejar de evocar en este punto las maravillosas I see a darkness y You want it darker cantadas por Johnny Cash y Leonard Cohen, con estos versos a modo de estribillo. Hugo Francisco Rivella también ve la ocuridad, pero sus poesía es luminosa [Kuwabata despierta en medio de la noche tan sólo por ver dormir a una muchacha o Pasó Gu Cheng, iba frotando un trozo de madera para transformarlo en bronce, / luego en vidrio, luego en luz. / Eso era la Poesía dijo.].
Y llegados a este punto quien escucha dentro de sí la música-voz del poeta se pregunta ¿y el sonámbulo? ¿soy acaso ese que camina dormido por las calles del mundo, esa parte del cuerpo que ve apenas los espejismos, los reflejos del espejo que me reflejan? Sí. Pero debo saltar el precipicio por el resto de cuerpo que me queda [...] Una mano que me salve antes que pase el mundo en mis harapos. Es desde esta concepción del mundo y su realidad, que ¿cuestiona? el ser y el estar de dios [Pasó el mundo ante mí, iba dios en sus fauces, /o en las fauces de dios iba el mundo a los golpes (...) iba hinchado en el trópico como una frutabomba (...) en las garras del águila que destripa inocentes].
Tal vez La grieta en el espejo es el mejor fragmento del poema que es todo el libro, pero si así no fuese sí constituye una pieza clave para comprender en su totalidad la palabra de Rivella y los fundamentos de su poética luminosa y esperanzadora a pesar de todo [En el espejo estalla la catedral desierta / el arabesco de una oración sin ecos, /las paredes barrocas con el oro / y la plata que correa hasta la sombra de dios cuando padece], pues si el mundo es ese espejo de caras bifrontes, también es la noche con la luz del futuro o en El jardín de las delicias, poniendo énfasis en la naturaleza perecedera de todo lo que acontece como realidad el hombre es terca luz renaciendo.

lunes, 17 de octubre de 2016

LA ÚNICA HORA, Alberto Hernández

La única hora (Ediciones Estival & Asociados, Venezuela, 2016), de Alberto Hernández es una novela que cuestiona desde la escritura tanto la naturaleza como el sentido de la existencia en tanto realidad y ficción parecen estar sujetas al arbitrio de un creador omnímodo y omniciente, en un mundo dominado por la violencia y la incomunicación.
















Con un notable dominio de las herramientas narrativas, el escritor venezolano Alberto Hernández obra un relato en el que los personajes y sus peripecias cobran vida a través de la voz de Ignacio, el protagonista, conscientes de la naturaleza ficcional de sus realidades y, desde este saberse, cuestionan la conducta caprichosa y autoritaria del autor, quien, a su vez no puede escapar al sueño o pesadilla de sus criaturas.

Es así cómo la memoria es sustento y destino marcado de sus vidas, y la evocación de cada individuo humano el medio para traer al presente las almas de quienes han desaparecido o muerto según el inescrutable arbitrio del creador, quien tiene como poderoso recurso la acción corruptora del tiempo. Este es un punto clave en La única hora, pues los personajes no parecen estar prisioneros en un lugar y gozan de libertad espacial -de hecho Ignacio e Ingrid, ahogados por la realidad opresiva de Venezuela marchan a Londres para realizarse en el amor- y van de un lugar a otro, pero no pueden evitar la trampa del tiempo y se aferran al recuerdo o al deseo del recuerdo.

Esta concepción de la realidad explica que una postal, a partir de la cual el protagonista recuerda y revive los momentos más felices, sea al mismo tiempo la piedra Rosetta para el lector, quien no puede evitar sentirse aludido en esa representación existencial. Una representación que es también reflejo y sustrato de lo que llamamos Historia en tanto esta es memoria narrada y que por tal circunstancia descubre al individuo humano en el mundo incapaz de comunicarse para ser uno y los demás. Un individuo separado de los otros por hablas fragmentarias o bajo los efectos de la xenoglosia, tal como le sucede a Ingrid, la cual en determinadas situaciones habla lenguas desconocidas, a veces sin saber qué está diciendo.

Resulta así que La única hora va mucho más allá de ser una metáfora sobre la endeble frontera entre realidad y ficción y centra el origen de la violencia, la incomprensión y la angustia existencial que extranjerizan al ser humano en el mundo en la ignorancia del origen y la ocultación de éste que fraguan los sistemas de poder.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

LOS DÍAS DEL DESASTRE, Nicolás Ghigonetto

Los días del desastre (Cartografías, Río Cuarto, 2016), de Nicolás Ghigonetto es un libro que permite cifrar alentadoras expectativas para la joven poesía del interior, que parece, por éste y otros ejemplos, decidida a dejar atrás el costumbrismo urbano que se impuso como canon poético argentino.


Los días del desastre funda su concepción y escritura en el respeto y conocimiento de la tradición literaria, la cual se manifiesta a través de un comedido uso de los recursos retóricos y una especial sensibilidad léxica y lingüística, que bien definen una poesía esencialista.
Los días del desastre es un libro de un poeta genuino y riguroso en la escritura y en el pensamiento que empieza a definir no sólo una poética personal sino, y esto es lo realmente valioso de Nicolás Ghigonetto como poeta, un universo propio y una voz tan personal como potente que prefigura muy altos registros.
Pero más allá de esta connotación de sus recursos constitutivos, la poesía de Nicolás Gighonetto es una reflexión sobre ese caos existencial que, como un mar oscuro en la playa, progresa sobre la realidad cotidiana ocasionando el desconcierto y dando pábulo a los días del desastre que vacían de sentido los actos de la vida humana.
El desastre se comporta como un alien ateo / que se infiltra / en el supermercado / a perseguir a las víctimas / perdidas entre las góndolas […] Es así cómo el individuo de principios del siglo XXI no encuentra asidero en una realidad autista e inestable. Esa realidad que oculta tras la ficción el estado agónico de la civilización tecnocrática que sustituyó la libertad del hombre por la libertad del mercado. Se suspende por lluvia / y empiezo a escribir el poema...dice Ghigonetto y más adelante continúa y las ganas del poema / se mojan con la llovizna / húmeda / de la transmisión codificada… describiendo desde la escritura poética la intrusión de la virtualidad en el orden natural de los sucesos y así desnortando la brújula de los sentidos. Y más. Haciendo de la poesía un idioma a medias / un circo romano / una libertad condicionada / por el máximo proyecto y los planes / de hacer coincidir la mirada del asesino / con la de la víctima / en un mismo verso.
Lo que hay que celebrar de este primer libro es la madurez de la mirada que permite a Nicolás Ghigonetto eludir con rigor y elegancia esa poesía prosaica y enumerativa, desprovista de musicalidad que ha prohijado el capitalismo neoliberal aunque sus autores crean que es una reacción contra él. Ghigonetto demuestra a los mismos poetas de su generación y a la mayoría de sus antecesores entregados al dialogismo costumbrista que han hecho del poema un mero inventario de metáforas pobres, que a la poesía hay que buscarla no en la superficie de la realidad sino en las napas más profundas de la condición humana. La seriedad y la sensibilidad poéticas de Ghigonetto contribuyen a devolver a la poesía la fuerza y el significado que parecían haber caído bajo el influjo mortal de la Gorgona.