viernes, 20 de enero de 2017

NARANJAS AMARGAS, Julio Castellanos

Julio Castellanos
Naranjas amargas (El Espejo Ediciones, Córdoba, 2016), de Julio Castellanos es un breve libro que, al iniciarse con el poema que le da título y sirve de epílogo a su Poesía reunida (1983-2013), se presenta como una continuidad, pero también como decantación de una poética reflexiva acerca del lugar que ocupa la conciencia humana en el fluir de la vida, entendida ésta como un constante fluir cósmico.



Los poetas como Julio Castellanos abjuran de toda impostura y no necesitan de los artificios del lenguaje o de la "poeticidad" de ciertas palabras para fijar el paisaje de lo entrevisto en cada viaje de exploración que emprenden.
Naranjas amargas es un libro tan breve como esencial porque el poeta es consciente de que aunque palabra y verdad se acerquen / a meras formulaciones, apariencias, / a moldes del decir, / a veces la palabra del poema / tiene algo de verdad / o la verdad, el cuerpo ficticio del poema. 
Esta conciencia sustantiva formula con sencillez los fundamentos éticos que mueven al poeta a decir lo que dice negando cualquier tipo de concesión a todo aquello que puede desviar o tergiversar su voz y la carga de verdad que ella trae consigo. Su compromiso con esa maravilla dolorosa / que llamamos vida, con eso que huye, es total pero eso no le hace perder a Julio Castellanos su sitio de observación de la realidad y la naturaleza extranjera del ser en el mundo, reconociéndose aquí su filiación con el existencialismo sartreano o, mejor, camusiano [pienso ahora en el Antoine Roquentín de La náusea o en el Meursault de El extranjero]. Es así que el poeta escribe Recuérdalo: alguna vez naciste / y fuiste arrojado hacia el mundo de lo cual resulta que todo lo del otro es ajeno, de modo que sobre estos principios de reconocimiento del ser uno y el otro se asienta esta poética de la fugacidad que es la poesía de Julio Castellanos. 
Tal cosa significa que el marco en el que se mueve su escritura es borroso y estrecho. La borrosidad se acumula / en rincones sordos, escondida / en ángulos pretéritos y agudos / a los que no llegan los dedos y no llega tampoco la mirada. Esa es la realidad -la vida- que se fuga, un ardimiento deshecho en tanto ausente, en la que se es en sí mismo, uno y otro [Nada soy sin tu soy, sólo sangrante / y coagulada falta en lo presente] a expensas del tiempo, también en fuga [La buscaba, la busqué por todos los rincones del sueño. // Mientras lo hacía, iba envejeciendo]; tiempo del cual tampoco el poeta tiene certeza de realidad palpable salvo a través de su propio sentir [Aunque la eternidad no exista, / sé que en algún lugar de la eternidad / podré encontrarte.]
Mucho más que lo antedicho, esta poesía es una construcción verbal tan luminosa como inteligente donde resuena la voz desnuda de un poeta mayor como es Julio Castellanos, donde su sólida escritura es materia que resiste la erosión del tiempo.

martes, 27 de diciembre de 2016

POEMAS EN LA LENGUA DEL SONÁMBULO, Hugo Fco. Rivella

Poemas en la lengua del sonámbulo (eLBc, Córdoba, 2016), de Hugo Francisco Rivella, es un libro cuya sólida morfología poética probablemente facilitó la decisión del jurado -los poetas cordobeses Susana Cabuchi, Francisco Colombo y Hernán Jaeggi- la concesión del Premio Literario Provincia de Córdoba 2015 al poeta salteño.


Hugo Francisco Rivella es un poeta proteico. Quien haya leído algunos libros de su vasta obra, entre ellos Yo, el toro, Ojo astillado, La hora del relámpago y Cuadernos del dolido, Putas (La cacería del ángel), Espinas en los ojos & siete poemas de barro, etc., constatará esta apreciación sobre las variaciones de su estilo poético, el cual no modifica la hondura de su mirada. En este sentido, esta naturaleza proteica actúa como maleable recurso para adentrarse en el conocimiento de la condición humana y el entorno social de los individuos, entre los cuales opta por identificarse, de acuerdo con sus convicciones políticas, con los que considera desfavorecidos.
Poemas en la lengua del sonámbulo -de cuya magnífica edición estuvieron a cargo los poetas Leandro Calle, César Vargas y Eduardo Gasquet, y el diseñador Juan Pablo Cano- es un poema que se abre al alma de quien lo lee o escucha su voz silenciosa en su interior, como una oración merced a una rítmica común a los cánticos rituales en el que la poesía se revela como una fuerza poderosa que arrastra al poeta [Un animal feroz ante la noche / hociqueando mi dentro  (...) que viene de mil formas con sus garras,,,] para mostrarle el mundo y sus individuos, con sus nombres y apellidos y sus vidas. 
Es aquí -en la vida- donde Rivella encuentra la fuente de sus metáforas, de sus imágenes para [recostó la cabeza al lado de la luna, / y en la boca del horno se volvió una lámpara que alumbra todavía, dice aludiendo al suicidio de Silvia Plath] construir el poema como reflejo platónico de la realidad del mundo. Pasó el mundo ante mí, repite el poeta al inicio o al final de cada poema con ligeras variaciones que suenan como latidos de una letanía mayor al modo de un himno sagrado. No puedo dejar de evocar en este punto las maravillosas I see a darkness y You want it darker cantadas por Johnny Cash y Leonard Cohen, con estos versos a modo de estribillo. Hugo Francisco Rivella también ve la ocuridad, pero sus poesía es luminosa [Kuwabata despierta en medio de la noche tan sólo por ver dormir a una muchacha o Pasó Gu Cheng, iba frotando un trozo de madera para transformarlo en bronce, / luego en vidrio, luego en luz. / Eso era la Poesía dijo.].
Y llegados a este punto quien escucha dentro de sí la música-voz del poeta se pregunta ¿y el sonámbulo? ¿soy acaso ese que camina dormido por las calles del mundo, esa parte del cuerpo que ve apenas los espejismos, los reflejos del espejo que me reflejan? Sí. Pero debo saltar el precipicio por el resto de cuerpo que me queda [...] Una mano que me salve antes que pase el mundo en mis harapos. Es desde esta concepción del mundo y su realidad, que ¿cuestiona? el ser y el estar de dios [Pasó el mundo ante mí, iba dios en sus fauces, /o en las fauces de dios iba el mundo a los golpes (...) iba hinchado en el trópico como una frutabomba (...) en las garras del águila que destripa inocentes].
Tal vez La grieta en el espejo es el mejor fragmento del poema que es todo el libro, pero si así no fuese sí constituye una pieza clave para comprender en su totalidad la palabra de Rivella y los fundamentos de su poética luminosa y esperanzadora a pesar de todo [En el espejo estalla la catedral desierta / el arabesco de una oración sin ecos, /las paredes barrocas con el oro / y la plata que correa hasta la sombra de dios cuando padece], pues si el mundo es ese espejo de caras bifrontes, también es la noche con la luz del futuro o en El jardín de las delicias, poniendo énfasis en la naturaleza perecedera de todo lo que acontece como realidad el hombre es terca luz renaciendo.

lunes, 17 de octubre de 2016

LA ÚNICA HORA, Alberto Hernández

La única hora (Ediciones Estival & Asociados, Venezuela, 2016), de Alberto Hernández es una novela que cuestiona desde la escritura tanto la naturaleza como el sentido de la existencia en tanto realidad y ficción parecen estar sujetas al arbitrio de un creador omnímodo y omniciente, en un mundo dominado por la violencia y la incomunicación.
















Con un notable dominio de las herramientas narrativas, el escritor venezolano Alberto Hernández obra un relato en el que los personajes y sus peripecias cobran vida a través de la voz de Ignacio, el protagonista, conscientes de la naturaleza ficcional de sus realidades y, desde este saberse, cuestionan la conducta caprichosa y autoritaria del autor, quien, a su vez no puede escapar al sueño o pesadilla de sus criaturas.

Es así cómo la memoria es sustento y destino marcado de sus vidas, y la evocación de cada individuo humano el medio para traer al presente las almas de quienes han desaparecido o muerto según el inescrutable arbitrio del creador, quien tiene como poderoso recurso la acción corruptora del tiempo. Este es un punto clave en La única hora, pues los personajes no parecen estar prisioneros en un lugar y gozan de libertad espacial -de hecho Ignacio e Ingrid, ahogados por la realidad opresiva de Venezuela marchan a Londres para realizarse en el amor- y van de un lugar a otro, pero no pueden evitar la trampa del tiempo y se aferran al recuerdo o al deseo del recuerdo.

Esta concepción de la realidad explica que una postal, a partir de la cual el protagonista recuerda y revive los momentos más felices, sea al mismo tiempo la piedra Rosetta para el lector, quien no puede evitar sentirse aludido en esa representación existencial. Una representación que es también reflejo y sustrato de lo que llamamos Historia en tanto esta es memoria narrada y que por tal circunstancia descubre al individuo humano en el mundo incapaz de comunicarse para ser uno y los demás. Un individuo separado de los otros por hablas fragmentarias o bajo los efectos de la xenoglosia, tal como le sucede a Ingrid, la cual en determinadas situaciones habla lenguas desconocidas, a veces sin saber qué está diciendo.

Resulta así que La única hora va mucho más allá de ser una metáfora sobre la endeble frontera entre realidad y ficción y centra el origen de la violencia, la incomprensión y la angustia existencial que extranjerizan al ser humano en el mundo en la ignorancia del origen y la ocultación de éste que fraguan los sistemas de poder.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

LOS DÍAS DEL DESASTRE, Nicolás Ghigonetto

Los días del desastre (Cartografías, Río Cuarto, 2016), de Nicolás Ghigonetto es un libro que permite cifrar alentadoras expectativas para la joven poesía del interior, que parece, por éste y otros ejemplos, decidida a dejar atrás el costumbrismo urbano que se impuso como canon poético argentino.


Los días del desastre funda su concepción y escritura en el respeto y conocimiento de la tradición literaria, la cual se manifiesta a través de un comedido uso de los recursos retóricos y una especial sensibilidad léxica y lingüística, que bien definen una poesía esencialista.
Los días del desastre es un libro de un poeta genuino y riguroso en la escritura y en el pensamiento que empieza a definir no sólo una poética personal sino, y esto es lo realmente valioso de Nicolás Ghigonetto como poeta, un universo propio y una voz tan personal como potente que prefigura muy altos registros.
Pero más allá de esta connotación de sus recursos constitutivos, la poesía de Nicolás Gighonetto es una reflexión sobre ese caos existencial que, como un mar oscuro en la playa, progresa sobre la realidad cotidiana ocasionando el desconcierto y dando pábulo a los días del desastre que vacían de sentido los actos de la vida humana.
El desastre se comporta como un alien ateo / que se infiltra / en el supermercado / a perseguir a las víctimas / perdidas entre las góndolas […] Es así cómo el individuo de principios del siglo XXI no encuentra asidero en una realidad autista e inestable. Esa realidad que oculta tras la ficción el estado agónico de la civilización tecnocrática que sustituyó la libertad del hombre por la libertad del mercado. Se suspende por lluvia / y empiezo a escribir el poema...dice Ghigonetto y más adelante continúa y las ganas del poema / se mojan con la llovizna / húmeda / de la transmisión codificada… describiendo desde la escritura poética la intrusión de la virtualidad en el orden natural de los sucesos y así desnortando la brújula de los sentidos. Y más. Haciendo de la poesía un idioma a medias / un circo romano / una libertad condicionada / por el máximo proyecto y los planes / de hacer coincidir la mirada del asesino / con la de la víctima / en un mismo verso.
Lo que hay que celebrar de este primer libro es la madurez de la mirada que permite a Nicolás Ghigonetto eludir con rigor y elegancia esa poesía prosaica y enumerativa, desprovista de musicalidad que ha prohijado el capitalismo neoliberal aunque sus autores crean que es una reacción contra él. Ghigonetto demuestra a los mismos poetas de su generación y a la mayoría de sus antecesores entregados al dialogismo costumbrista que han hecho del poema un mero inventario de metáforas pobres, que a la poesía hay que buscarla no en la superficie de la realidad sino en las napas más profundas de la condición humana. La seriedad y la sensibilidad poéticas de Ghigonetto contribuyen a devolver a la poesía la fuerza y el significado que parecían haber caído bajo el influjo mortal de la Gorgona.

domingo, 7 de agosto de 2016

LECCIONES DE TIEMPO, Antonio Tello

Lecciones de tiempo.
Dibujo de portada de Erica Selinger
Lecciones de tiempo, de Antonio Tello (Libros del Innombrable, Zaragoza, España, 2015) según la lectura del poeta y crítico venezolano Alberto Hernández, para su columna "Crónicas del olvido".


1.-

En el silencio está el origen. No en el verbo, que fue el apuntador, el que simuló la presencia del silencio. De esta manera, la poesía es la fundadora del origen. Es la creadora de todas las cosas. El silencio de la poesía. Mientras más silencio haya en la palabra, más poesía contiene el poema. Y éste, el poema, es el continente de los primeros balbuceos.

En el principio fue el verbo, sí, pero antes estuvo el silencio en todos lados, entre los astros, en el barro inicial, en el parpadeo primario, en el pecado original. En la primera ofrenda. En la primera huella, en el primer coito. En el eco que ocultó un terremoto. En la pisada profunda de una bestia. Allí estaba el silencio. 

Las bocas aún no habían pronunciado la piedra, el agua, el fuego, la tierra. Y el dedo de Dios era la placidez del cielo. O la tormenta viva sobre un árbol mudo cubierto de animales.
En esta premura por crear el mundo, porque el silencio rompiera la envoltura de quienes viajaban con el clima en las ancas de bestias y relámpagos, la poesía se hizo fuego en la mirada del primer hombre, del primer sujeto que un día decidió bajar de un árbol ayudado por la voz inmanente de quien se lo ordenaba desde el arriba de la voz, de una voz que se convirtió en nombres, en sustantivos, en adjetivos, en la sintaxis de todas las cosas.

Y el silencio habló. Nombró, construyó oraciones. Se hizo fealdad y belleza. Engendró y mató. Alabó y calumnió. Extrajo y enterró. Respiró y se ahogó. Se hizo vibración, conmoción, relincho, aullido, berrido, voz, sílabas, palabras. Invento desde adentro y desde afuera. Escritura en el barro y en la sombra. Fue el poema, maltrecho, torpe, arisco.
Pero la poesía estaba allí. Siempre estuvo allí. Nido y pájaro. Pedrada y caricia. Creación y evolución. Dios y ciencia. Pálpito y podredumbre.
Desde esta perspectiva, desde este amago, Antonio Tello escribe “Lecciones de Tiempo” (Editorial Libros del innombrable / Colección Biblioteca Golpe de Dados, Zaragoza, España, 2015).

Alberto Hernández, autor de la reseña
sobre "Lecciones de tiempo"
2.-

El pensamiento poético enarbola su presencia en la medida en que presuma el origen. Lo invente o lo imagine. Una voz remota, raíz de todas las cosas se asienta en la penumbra: metafísica, razonamiento del tiempo, lección de las horas que harán posible este verso:

“aunque seamos designios del silencio”,
Y en este sentido el nacer, retornar al origen en plural: “volvemos al olvido/ al tiempo quieto del verbo…”
Cada texto que reposa en estas páginas tiene la marca de una preocupación por lo que no se sabe, por la oscuridad, pero también por la luz que hizo posible la silueta de las cosas, y así el nombre que por vez primera salió de boca animal alguno. Porque quien habló fue el animal, el que abrió los ojos y supo de su presencia y de las piedras, de las escritura de las hojas de los árboles, del sonido permanente de los ríos, de las mareas constantes. Y ese animal no tenía “ni señal ni camino”, sólo lugar para estar, para tocar la superficie de los objetos, saborearlos, oírlos, masticarlos y luego hablarlos.
Hasta que se descubrió él mismo en el agua, en la ondulación de un pozo: “El rostro que ves en este lado del espejo / es luz”.

La palabra se estacionó en la mirada. En el recuerdo. No obstante, el “morir de la memoria” hizo posible el andamiaje de la anécdota. La palabra sirvió para construir los detalles de los eventos bajo el cielo. El teorema del instante. El ser en poco tiempo. El ser y su nada.

3.-

La angustia ontológica de ese instante en este texto que Antonio Tello establece como un resumen: “apenas un parpadeo / y estás de nuevo / en el punto de partida / mas ya no eres el mismo”. Dejar de ser, cambiar, o ser realmente lo que el tiempo define: ser parte de un abismo, de una caída ya predestinada en el origen. Ese instante, ese parpadeo, descubre al Otro, al doble, los rostros en el espejo hechos Uno. 

Por eso el permanente deseo del “escape a la traición de origen” y confirmar que también es dolor, punzada, carne débil, destinada a desgastarse, a descomponerse con los elementos. Y luego, de nuevo, el silencio. Una vuelta al principio. Tello despliega esa reflexión con estas palabras: “..es la eternidad/ el monstruo que te ahoga”. Y “más allá de las sombras” (…) “fantasía que larva la noche”.

Los contrarios como fórmula del origen. Los antónimos sombra y luz, agua y tierra, sonido y silencio. El poema y su pensamiento, la ontología de la caída: “el silencio es tiempo sin nombre/ esencia del abismo que atrae/ y connota los sonidos del mundo”. Aquí, en este lugar, en este parpadeo, el autor argentino resume todo el libro.

Podría parecer paradójico afirmarlo, pero “Lecciones de Tiempo” es un poemario que no tiene tiempo: es angustia innombrable. Un asunto del yo disgregado, cósmico, extraviado, buscado entre los contrarios, en el mismo lenguaje, en los verbos olvidados, en un árbol simbólico, en el otoño como persecución de las “voces muertas”, de las “lenguas muertas”, ocultas en una “gruta de espejos”. Queda en nuestro eco interior esta frase: “el polvo del ocaso”. Y un poco más hacia el final:

                                “mienten los libros sagrados.
                                 La piedra, el árbol y el aire
                                 son anteriores a los dioses”.


El origen, siempre lo remoto y la poesía, fundadora del tiempo cuyas lecciones han creado el yo, la voz que dice y desdice, la voz que se contraría, la voz que nace y muere, la voz que vuelve del abismo, de las mareas y del barro del poema como construcción. A.H.

miércoles, 25 de marzo de 2015

VIENTO EXTRANJERO, Rafael Felipe Oteriño

Viento extranjero (Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2014), de Rafael Felipe Oteriño es un poemario que, como el viento que anuncia su título, arrastra al lector a regiones poéticas de donde sale fortalecido por un conocimiento antiguo y al mismo tiempo nuevo del mundo y de lo que en él, transido por el tiempo, sucede.



Cuando hablamos de los registros de la poesía no hacemos referencias al estilo ni a los tonos, ni siquiera a los recursos retóricos de los que se vale el poeta para desarrollar su poema, sino al viaje hacia el abismo que él emprende. Los registros son como la visión de los estratos geológicos en las paredes de los acantilados o de los abismos que el poeta descubre en ese ahondarse en la realidad que hace y consiste al ser humano y su naturaleza. El registro de Rafael Felipe Oteriño es una de las dimensiones del tiempo en el que el mundo se sucede como una ilusión humana más allá de la cual nada existe,
¿Quién me despertará si no este río? reza el primer verso del primer poema del libro -primer es una mera convención porque, y a pesar de los títulos, estamos siempre ante un solo poema con distintos instantes e instantáneas del descenso del poeta- situando al poema y su lectura en la estela metafórica del río heraclitiano. Esa corriente que atraviesa la memoria hasta la orilla sin fondo del horizonte en un desesperado y frustrado intento de establecer un orden que haga más comprensible la realidad. El viento de la avenida me ha llevado adonde quiero ir, / pero no llego, no puedo llegar a esa ciudad que sólo vive en mí, /derrotando al tiempo todas las horas [Ciudad natal].
Rafael Felipe Oteriño
Es así cómo la vida se revela como un vaivén interminable a capricho de ese viento insuficiente para empujar al individuo hasta el lugar que un día dejó o la invisible mano que empuja las hamacas y que le enseña que en el vaivén reside el secreto de esa ilusión que es el vivir. 
Entonces el poeta que se ahonda aprende que no le cabe la pregunta sobre lo inefable, al que intuye en el suceder cotidiano [Lo inefable vierte vino en las jarras, da color a las vocales / pronuncia voces detrás de un muro / cuyo guardián es invisible], sino por el camino y por ese paraíso, que no es sino instantes del gozo, ese breve suceder detenido en el que cada fragmento de lo vivido y del mundo coinciden [las sombras con el árbol, el árbol con el camino, /el río de Heráclito con el río a secas.]. Porque el paraíso es la bullente violencia de la vida y la naturaleza.
La pregunta por el camino no es la única, porque aún falta saber quiénes somos si la memoria es la columna vertebral que nos sostiene en el aire [La identidad es una isla que viaja [...] la memoria es otro pasajero que ha perdido el vuelo], en la eternidad suspendida fuera del ser que avanza, no empujado hacia donde quiere ir, sino hacia un fondo donde no está el alma.

Pero el tiempo es silencio que se retroalimenta y las preguntas que se originan quedan sin respuesta. Apenas la migaja de una palabra final que el temor al misterio del existir aconseja no pronunciar. Me confiaste una palabra que no olvidaré / -profética como son las palabras finales- / pero no voy a repetirla, /porque no todo puede ser pronunciado / ni es bueno oírlo todo. No, no es bueno oírlo todo, porque quizás el lenguaje, el lenguaje humano carece de jurisdicción sobre lo inefable....cómo pronunciar lo indecible / si no es con las palabras familiares de lo decible? Palabras que no son las cosas, sino memoria de ellas, es decir tiempo coagulado en algún predio del ser.

Es así como Rafael Felipe Oteriño establece en su arrebatador Viento extranjero la naturaleza del estrato ontológico donde se manifiesta el tiempo encarnado, el ser, más allá del cual se extiende la eternidad, el vasto territorio donde se escucha más fuerte la voz del abismo. La voz del origen de la que surge  el mundo, esa ilusión que acaso le basta el trino de los pájaros para hacerse manifiesta.

viernes, 13 de febrero de 2015

EL CUADERNO DE LA CENIZA, Juan Ignacio González

















El cuaderno de la ceniza (Cuadernos Heracles y nosotros, nº 10, Gijón, 2013 - edición numerada y firmada por el autor), de Juan Ignacio González es un opúsculo de alta densidad poética, que se adentra en esa llama que consume la vida.

Juan Ignacio Nacho González se vale de un poema de Yorgos Seferis para advertir al lector que los poemas que siguen tratan de la inevitable derrota del ser humano [Venceréis cuando estéis sometidos...], pero a pesar de la pérdida la vida continúa [Hallamos la ceniza, / nos falta encontrar de nuevo neustra vida, / ahora, que no tenemos nada].
A partir de este momento, el poeta asturiano empieza su propia rebelión contra esa engañosa victoria que supone el vivir - Yo no me reconozco en la victoria, / los rostros del dolor / son el paisaje de esta vieja casa- y a fijar los mojones del vasto campo de batalla donde se dirime la suerte del individuo. Ese hombre frágil en el que se reconoce como el guerrero que fui, / y todo verso escrito desde entonces / es un si claudicante, que lucha, trabaja y se enfrenta para ser memoria viva, porque frontera está cerca del olvido / para el que no regresa triunfante.
Dentro de ese cuadro, su lucha encuentra en la poesía, en la escritura -la palabra- de la misma la justificación existencial y al mismo tiempo el recurso primordial del recuerdo que lo enraíza o lo enraizará en el mundo; en la casa, en el hogar que habita pues él es todo el universo.
La principal virtud de Juan Ignacio González para elevar al cielo esta "contraoración" que es El cuaderno de la ceniza acaso sea su escritura desnuda de toda retórica, su radical alejamiento del vocablo pretencioso [¿Para qué fue necesaria la palabra / si en el origen de todo estabas tú?]. Este posicionamiento estético hace que el poema sea coherente con su idea de la poesía, que viene de la memoria y el olvido. Es decir, de esa vulnerabilidad existencial que constituye la vida humana y de la inaccesibilidad al conocimiento sobre el origen y el destino final. Dos extremos fronterizos que delimitan el último territorio, dentro del cual se oye sobre la insistente ceniza la cíclica y nada inocente canción que fertiliza la tierra con la carne y los huesos humanos, pues los hombres sólo somos la lluvia que hemos dejado en otros...

viernes, 6 de febrero de 2015

GLÓBULOS VERSOS, Raúl Ariza

 Ariza durante la presentación de Elefantiasis en Barcelona
   Glóbulos versos (talentura libros, 2014), de Raúl Ariza no es un mero libro de microrrelatos sino una narrativa dialógica entre el cuento y la poesía que supone una propuesta arriesgada por superar las fronteras genéricas tanto como evidenciar los vínculos entre una y otra forma literaria.

Raúl Ariza es un joven escritor que, progresivamente, va encontrando la madurez narrativa y expresa una notable evolución que se detecta a través de la fluidez y de los recursos estilísticos, independientemente de su constante abordaje de los mismos temas. Temas que, como la mayoría de los narradores de estos tiempos, se centran en la descripción de la realidad cotidiana y en personajes generalmente tocados por el fracaso social y, por ende, del personal.
En esta tesitura, la muerte buscada y violenta, las más de las veces aparece como la única salida posible a esa frustración que penetra hasta las últimas entretelas afectivas y emocionales. Porque, lo que Ariza nos cuenta es la incapacidad de unos personajes, demasiado conocidos y corrientes, para afrontar la vida por su misma falta de coraje o por no haber detectado - o sabido detectar- a tiempo los errores de conducta que los conducen al fracaso. Así, el desamor y la desesperada e inútil lucha por la felicidad y el bienestar centran los instantes culminantes de esas vidas condenadas a perderse en la nada social.
Los cuentos [términos como "minicuentos", "microrrelatos", etc., me resultan algo chocantes por no decir, tal vez equivocadamente, supérfluos) de Raúl Ariza constituyen en su conjunto un tenue fresco emocional de una sociedad casi paralizada por la incapacidad de los individuos para comunicarse con naturalidad. No hay aquí obstáculos tecnológicos que impidan las relaciones sino la simple y llana incapacidad de seres alienados por la naturaleza de un sistema inhumano. Los poemas que se incluyen en cada uno de esos cuadros operan como objetos especulares que a veces complementan y amplían el sentido del relato y otras, pocas, aclaran dicho sentido, como si el autor desconfiara del alcance expresivo de su escritura. En este punto cabe recordar que un poema como un cuento son flechas lanzadas hacia un blanco donde su impacto ha de ser siempre preciso. El grado de precisión que requieren constituye una alta exigencia en el tratamiento del lenguaje y de la narración, que se traduce en la tensión. Esta tensión, cuando Ariza la consigue, valiéndose de su paciencia y de su talento, da lugar a excelentes piezas como son Olor a sal, Poesía a oscuras, Tarde de marzo y, sobre todo por su carga de misterio, La vieja casa del pueblo - sin duda la mejor del Glóbulos versos- que hacen que el lector se pregunte qué nos hubiese contado en muchos otros relatos si Ariza se hubiera lanzado sin miedo a las honduras de "la noche oscura del alma" atravesando el tejido anécdotico que los fija en la inmediatez de lo evidente antes de que sus protagonistas decidieran tirarse al vacío o acabar con sus vidas de otro modo.

jueves, 5 de febrero de 2015

LECCIONES DE TIEMPO, Antonio Tello


Fragmento del prólogo escrito por Juan Ariño a Lecciones de tiempo (Libros del innombrable, Zaragoza, 2015), de Antonio Tello. El dibujo de portada del autor ha sido realizado por la pintora argentina Erica Selinger.

 Hay (en Lecciones de tiempo) algo metafísico y religioso en su profundidad verbal, en sus palabras clave, aunque siempre desde la carne. También un ritmo poético personal, incluso cuando se atreve con formas más clásicas en otros de sus libros, inconfundible a estas alturas que llevo cuatro poemarios suyos leídos hasta recuperar el gusto por la poesía tras varios años alejado de los poetas. Me viene a la cabeza Gonzalo Rojas. Gonzalo Rojas y él son mucho para la poesía. Antonio Tello logra alumbrar espacios universales, los trae al presente con esa belleza, y eso que parece que su esencia estuviera hecha de una mirada en apariencia concreta pero capaz de nombrar en esa reducción a cierta totalidad; casi una tarea de poeta-filósofo, donde la poesía surge porque las palabras escritas no pueden ser juntadas de otro modo sin perder una parte de su verdad, sin renunciar a la belleza, sin que sobre un sólo verso, sin que uno sienta que no hay un solo poema que no está donde debe estar.                  
             Sucede en Lecciones de tiempo, pero también en Nadadores de altura, o en  O las estaciones, Sílabas de arena y  en Conjeturas acerca del tiempo, el amor y otras apariencias.    No sé donde rastrear el hilo del que tira esta poesía que, sin embargo, me es tan familiar, tan necesaria y sabia. Y en ningún momento uno tiene la sensación de que nos guíe o nos aconseje. Su sabiduría es literaria, ese lugar tan a menudo inconsciente al que nos llevan las palabras después de años trasegando con ellas.
             Durante mucho tiempo, estar en contacto con la literatura de Antonio Tello ha tenido consecuencias inmediatas. Adentrarme en un mundo poético singular y hermoso, y al tiempo reconocer mis limitaciones como poeta ante la magnitud y la extraordinaria claridad literaria y humana de un autor perdurable, disidente perpetuo  y lúcido, que no podemos perdernos; la sensación de descubrir a un poeta esencial, único, de una sabiduría y un lenguaje deslumbrante, ser contemporáneo de un fenómeno así, comprender la diferencia entre la buena poesía y la poesía extraordinaria, saber que existe un hombre vivo, generoso y humano a pocos kilómetros de mi ciudad, capaz de fascinarme. Una fascinación que sólo suelen provocar los grandes poetas que admiro, en cada verso, en cada palabra, hasta el punto de no poder objetar nada ni  siquiera al orden de los libros, a ninguna expresión o vocablo que no me pertenezca o no me corresponda, porque en verdad, a lo largo de Lecciones de tiempo tuve constantemente la sensación, tanto en la primera lectura como en las relecturas posteriores, de que el asunto de cada uno de los poemas no podía expresarse de otra manera sin perder su verdad. Y además, cada uno de esos poemas, encierra algo esencial, común a cualquier hombre.

viernes, 23 de enero de 2015

EL MEZQUINO TRAZO DEL ACTO, Orlando Valdez

La lectura de el mezquino trazo del acto (Laborde Editor, Rosario, 2013, 2ª edic.), del poeta Orlando Valdez, supone participar de una experiencia de vida, de vida poetizada y atravesada por un presente que se niega a reconocerse en otro instante que no sea en el tiempo del verbo. Más allá de sus recursos formales este es un libro donde la mezquindad a la que alude el título metaforiza la imposibilidad de la acción humana para alcanzar la plenitud existencial.

Orlando Valdez


Es cierto, como dice Lisandro González en el prólogo, que la poesía ha de pensarse como ritmo y respiración. En este sentido, el ritmo y la respiración actúan como soportes de una construcción poética que tiende a cobijar en su espacio las vivencias más íntimas del poeta y su mirada sobre las cosas y actividades del mundo. 
El amor, la soledad, aparecen como entidades encarnadas y vulnerables a la fugacidad del tiempo, que el poeta trata de detener mediante una dislocación de los tiempos verbales y un eficaz impresionismo sintáctico [con brillo / de gota / de rocío / reverbera / aquí / al lado / una de las lunas / el enigma / de la espuma / / que tenaz / hubiera de morir / en / la sombra de tus ojos / cuando abrasa / la terribilidad / y tirita / la musitación.] Aquí, el uso del antiguo sustantivo terribilidad impregna el poema, evocándolas, de aquellas sombras de lo inefable que dieron carácter al tenebrismo plástico, en especial de Caravaggio. Esto es, eso terrible y sagrado que conlleva la vida humana y que, en la poesía de Valdez, se traduce en una religiosidad laica. [como plegaria de muchedumbre / se hunde / con el filo de cuchillo / donde nadie salva a nadie / ni nada / la sangre de la ofrenda / de / rostros que miran llegar / en lentitud de noche otro / que no viene del polvo / sin luna ni ocaso / con metal en los ojos / como si algún dios creara / en él o viceversa huracanes // como chispas taciturnos / guerreros de la oscuridad.]
En este contexto gestual, el panteísmo que trasunta la poesía de Orlando Valdez no es romántico, no es panteísmo del yo atribulado del poeta, sino expresión de una realidad contaminada de dioses dudosos, de los que el poeta se aleja por afasia, y ángeles profanos -máscaras / a mi lado / como añicos de noches / salen del silencio- donde los elementos naturales son reflejos casi inertes de la condición humana, de sus sentimientos y de sus gestos [transfigurada / en el agua / la piedra / es un mil / cuando / sola / en igual lugar / esa mujer / arroja / su belleza / y su espejito.]
Poetizar del modo como lo hace Orlando Valdez es situarse en un lugar extramuros del convencionalismo, tanto para el poeta como para sus lectores, pues el resultado no hace concesiones al facilismo ni al costumbrismo urbano que han sancionado un decir poético rutinario y que seguramente le darían "prestigio" popular. La poesía de Orlando Valdez no es poesía popular. Es poesía.