martes, 5 de diciembre de 2017

CAMPOS DE AJEDREZ, Mario Satz

Campos de ajedrez, de Mario Satz /Huerga & Fierro Editores, Madrid, 2016) es una pequeña obra maestra que, en la estela de los grandes relatos orientales, plenos de magia y misterio, nos habla de las fuerzas y las tensiones que obran el mundo.


Hay escritores que traman sus producciones a partir de una realidad evidente que por desinterés del autor, interés político, económico, ideológico o religioso, o limitaciones de su escritura no penetran dando lugar a libros de fácil lectura y rápido consumo, y otros que escriben historias que descubren a quienes las leen los múltiples registros de la trama que urde el mundo y el destino de sus habitantes, entendiendo por éstos a todas las criaturas vivientes. Mario Satz, argentino afincado en Barcelona desde los años setenta, pertenece a esta última clase de escritores que sostienen sus historias en la fuerza metafórica de la escritura poética y, en el caso de Campos de ajedrez, como en muchos otras producciones suyas, en la tradición oriental.
En esta novela o más precisamente nouvelle, Satz apela a la mirada china no con pretensiones de describir un escenario exótico, sino para revelar desde el valor de la luz propio de Occidente el valor de las sombras propio de Oriente. Desde este posicionamiento estético el autor traza sobre el damero, donde dos amigos, el emperador y su general, enfrentan sus estrategias personales -afectivas, políticas- y libran una batalla acotada -aparentemente- al juego en la batalla mayor que libran las fuerzas encontradas que tensan el mundo y el universo y que arrastra y compromete a otros hombres de distinta condición así como a la naturaleza y sus criaturas.
Es así como cada movimiento que tiene su correlato formal en cada breve capítulo se corresponde cabalmente con los avances de una batalla que compromete al poder, al futuro del imperio y la felicidad de sus súbditos. Cada movimiento representa uno a uno los capítulos de una intriga que socaba los cimientos del poder real y arruina sus símbolos hasta casi hacerlos desaparecer, al mismo tiempo que en otra parte se producen acontecimientos extraños a las vivencias humanas y la rutina de la naturaleza como signos de la armonía alterada y amenazada por la ambición. Y en ese acontecer serán la fuerza poderosa que sustenta la trama del universo, encarnada en la figura de un tigre, y la inocencia de un campesino que intuye los movimientos del “juego del Elefante”, como le llaman al ajedrez, las que restaurarán la felicidad y la riqueza, esos granos de arroz que representan el poder del viejo emperador.
Pero esta narración, tan propia de una fantasía oriental, sería una más si la escritura y el estilo de Mario Satz, su precisión y delicadeza, no convirtieran Campos de ajedrez en una joya literaria de alto aliento poético extraña a las adocenadas producciones editoriales contemporáneas.

miércoles, 7 de junio de 2017

LECCIONES DE TIEMPO SEGÚN LA POETA CORDOBESA LEONOR MAUVECIN

Releer Lecciones de tiempo (Libros del Innombrable, Zaragoza, 2015), de Antonio Tello es entrar en un laberinto donde la voz del poeta nos conduce y nos deja al borde del abismo.

Abre tus ojos ciegos, nos dice y nos permite a través de sus palabras, de las metáforas logradas y las imágenes precisas, ver desde lo oscuro, desde las limitaciones del tiempo y nos introduce en una poética conmovedora y profunda.
Lecciones de tiempo se titula el poemario, pero yo diría lecciones de vida son las que abreva el lector que se sumerge en esta búsqueda que obsesiona al poeta. Búsqueda de la luz a través de las tinieblas de un universo que anclado en esa mirada que cuestiona, aparece absurdo y sin sentido.
Ese fragor de luz / que satura las horas , dice y es el fragor de luz que busca la poesía de Tello , pero en esa indagación , en ese viaje el tiempo aparece como el desafío que nos condiciona y nos pone a merced de lo desconocido .
Apenas un parpadeo
y estás de nuevo
en el punto de partida
mas ya no eres el mismo

El dolor, la angustia, el sinsentido nos dejan desvalidos: en el mundo no somos el río/ que fluye sino la hoja que éste se lleva, dice .Como esa minúscula hoja somos, sujeta al devaneo de la vida y de la muerte que cual un péndulo nos conduce a los extremos:

Mariposas
en la boca del abismo

Antonio Tello, logra una poética de alto contenido filosófico y de profundo sentido ético. Desde la soledad el poeta interroga al universo, interroga al hombre y dice:
El hombre que vio su rostro
en el rostro del otro fue
el primero que habló de amor

Y es el amor la luz que redime ante el olvido y la muerte, pero
Cómo calcular el peso exacto del dolor
cómo medir la longitud del silencio
si la ignorancia nos hace extraños.

Es la sabiduría de un poeta que ha ahondado en las profundidades del ser y desde la soledad y el olvido ha podido mirar el rostro del otro. Antonio nos entrega estos poemas a través de la palabra que surge de una voz interior de ese yo que es tú, en el juego misterioso del lenguaje:

Quién es ese yo escondido que te habla
como si fueses yo
ese yo detrás de mi yo que me habla
como si fuese tú

El poeta se extraña de sí mismo, de la voz que brota desde esa realidad del espíritu que reflexiona y cuestiona la existencia. Se extraña de su propia sabiduría, que es una mirada lúcida sobre todas y cada uno de los dolores humanos. Esa mirada audaz que desafía lo establecido y que deviene en palabras. Abre tus ojos ciegos dice el poeta y nos ofrece la luz en este magnífico y conmovedor poemario de sólida construcción estilística.
de qué sirve la voz que teme al abismo (…)
nada podrá decir de la dicha
nada podrá decir del dolor humano

Al leer la poesía de Antonio Tello uno siente que se subvierte el orden y la reflexión del orden y le devuelve al mundo ingenuamente sólido sus rupturas y abismos.

viernes, 10 de marzo de 2017

EL POETA VENEZOLANO ALBERTO HERNÁNDEZ RESEÑA "O LAS ESTACIONES"

1.-
Se termina en el origen porque en él, en el origen, estaba el agua, los ríos, las corrientes superficiales y subterráneas. Los ríos siempre navegan, siempre llevan a alguien que habla, dice y se desdice, que pronuncia de acuerdo con el movimiento de la corriente. Hay ríos lentos y otros procelosos. Hay ríos filosóficos y ríos cotidianos. Hay los que cargan sonidos y hasta se convierten en mar. Otros que mueren empozados en la memoria de quienes los descubren.


La poesía siempre ha sido un río. Una corriente. Un pensamiento que se mueve. Fluye. A veces no termina en el río que buscaba. Otras, se hace río y viaja con él y es muchas veces el mismo río y el mismo hombre, un poco para contradecir al viejo Heráclito.
Pero hay ríos que se mimetizan. Son bosques, animales de habla. Hojas que crean el universo. El pequeño universo de una mirada. Árboles sensibles, porque abajo, en las raíces, el río siempre conserva su misma actitud: viaja entre las rocas, guarda con su silencio la vida de arriba. Siempre emerge, así no lo busquen. Sus venas y arterias purifican o destrozan.
Los ríos son verbos incansables.
Y en esto me involucra el poeta argentino Antonio Tello con su libro “O las estaciones”, publicado por InVerso, ediciones de poesía, Barcelona, España, 2012, quien en estas páginas porfía con los ríos y sus habituales tendencias: la naturaleza como reflexión, como interior constante para hacerla voz y silencio, geografía interior, afán de mirada y pensamiento.
Si lo leo es porque los “habitantes” de este libro me han invitado. Tello sabe que ellos, sus moradores, saben distinguirse entre los tantos sujetos que lo han convocado, tanto a él como a los lectores a seguir el curso de algún río, de los que dan a la mar y de los que se quedan en el pozo de la mirada del viajero.
Él, el poeta, entra en los secretos del río, en sus instantes, en su permanencia, en la eternidad de su marca, porque aún seco, el río está allí. Pero en este caso, el río lleva corriente, se mueve, se desplaza, como la vida y la muerte, como la eternidad.
Pero igual trata otros cursos, otros tránsitos, otros temas.
2.-
Aquí está el poema que inicia el río, que lo hace vértebras de un cuerpo poético, de una iniciación, de un propósito ineludible: agua, árboles, fluir. No se puede vadear un río, mucho menos un poema. En todo caso, se cruza o se observa para admirarlo. O pensarlo:
“No es el murmullo del agua/ lo que oímos a orillas del río. // No es el susurro del aire, / ni el rumor de los sauces.// No son las voces del bosque, / lo que oímos a la orilla del río. // No es el canto del grillo, / ni el paso de las estaciones.// Es desespero de ramas verdes/ adioses en pos de la corriente.// El río es silencio que fluye. Lo/ que oímos no es el rumor del agua”.
Y así como las aguas “corren serenas”, hay otras que desvanecen paisajes. Los ocultan, los barren. Pero para eso está quien los habla, quien los nombra. Un sujeto que elabora sonidos, los masculla con el propósito de fundar el mundo desde quien verdaderamente ha vivido esa creación:


“El poeta observa donde escribió
el nombre. Nada había antes ahí. El
árbol es testigo. Su memoria
es anterior a la semilla”.


Una poética que resume cualquier intento de desdecir la imagen: la semilla es la metáfora de lo que se mueve, de lo que se moverá.
Un árbol, hijo dela semilla, será el único personaje de una historia que conserva el mismo carácter: un árbol tiene su sitio, lo conserva, lo anima, lo nombra cada que se mueve, cada vez que florea o carga sus frutos. Y cada vez que deja caer las semillas, se hace muchos árboles.


Y,


“Aunque el árbol envejezca, no/ se altera la eternidad del bosque. / Las hojas que retoñan, verdean y/ caen, viven. Humus y ceniza/ abonan la memoria bajo la/ nieve. Marcas de la madera. El/ bosque. Solsticio del presente. Las estaciones”.


Entonces aparece el gran tema: los cambios, la transmutación. Las vueltas que inventan el clima y sus tantos complejos naturales. El poema está sujeto a ellas, a las estaciones. Es también una estación: un cambio permanente. Un ser vivo. Orgánico. Poema que no cambie con cada lectura, muere, como las hojas invadidas de musgo, de bacterias. Un poema es un árbol, podría serlo si quien lo cultiva lo somete a cambios de lectura. Así se lee el río, los árboles, las hojarasca y hasta al mismo poeta. Un poeta es leído desde él mismo. Se le ve a los ojos cerrados y algo emerge de su ceguera. O de su clarividencia.
3.-
La belleza puede ser concebida como una aliada para prestigiar búsquedas. Así como puede ser también peligrosa, si riesgo consiste en hacerla visible. Un poeta vive en permanente riesgo. Si logra esa belleza se torna sospechoso. Es decir, hacer belleza es el acto más subversivo del ser humano, porque hacer lo contrario es lo normal. Lo natural. Disparara para matar un venado y luego consumirlo no entraña ninguna belleza. El oficio de sobrevivir es una necesidad. No belleza. De allí que con Antonio Tello la belleza encarna en lo más natural. Y lo es tanto que asombra.


Veamos:


“Cuando las hojas caen de las ramas, / el árbol no olvida que fueron suyas.// El árbol crece. Pierde sus hojas y crece. Hasta que los círculos de la memoria alcanzan el límite. Crece. ¿Y el bosque?//
¡Ah, el bosque!”.


Y queda la pregunta en medio de una respuesta que no necesita pronunciarse. El bosque está allí, hecho árboles. Hay bosques imaginarios, sin árboles. Un bosque es un inventario de habitantes. De suministros del agua, del aire, de los elementos. Un poema es un bosque: también tiene habitantes que se aproximan, cuerpo a cuerpo.
Aparece el ser, el humano ser en medio de las hojas:
“El abrazo es el escudo de los amantes”
El lector se pregunta: ¿qué hacen esos amantes en un bosque? Podría parecer contraproducente. ¿Quién los invitó? ¿Quién los trajo? Pues, la libertad del poema. El bosque mismo como poema o como tiempo, como un momento, como la cortedad de la respiración. Y entonces:
“¡Qué breve es la felicidad del colibrí!”


Así, amantes y colibrí en medio de un bosque son tan temporales que el mismo bosque los extrañaría. Es tan corta su felicidad como larga es la vida del bosque.
Árboles, aves, escrituras del aire, signos y símbolos, miradas, el vuelo repetido de algún celaje. Y el río, de nuevo:


“Otra vez lo veo. Las hojas secas yéndose una/ a una con el río. A la intemperie, los árboles// Veo las voces abandonadas a orillas del bosque (…) Hasta que la mirada caiga en el río y con ella/ se ahoguen la visión del bosque y el gozo de los ríos”.


4.-
Pero el árbol persiste, perdura. Lleva su tiempo en la corteza. El poeta lleva su tiempo en el tono. No obstante, hay “arboles” que migran obligados, hechos madera u olvido. ¿Quién puede dejar ir un árbol o borrarlo de la memoria si fue tiempo en la mirada, en la infancia o en la vejez de quien no ha muerto? Un árbol, un sujeto revestido de ramas. Un extraño. Un extranjero, una presencia extraña:


“El árbol desterrado es siempre exótico”, dice quien no lo olvida.


Y al cuido de su sombra, los amantes: no puede evadir el hombre, el ser humano, el calor de la carne del otro. Los que se tocan también son parte del bosque y terminan en un río. O envueltos por el clima. Absorbidos por sus horas. O por las estaciones. Tocados por ellos mismos: “El tiempo de los amantes en la caricia”.
¿Qué poema no insiste? ¿Qué arbitrariedad sonora no se hace visible en el instante en que los cuerpos se rozan.
Por el eso: “El árbol nace para la brisa (…) y el alborozo de las hojas / conoce la lengua del viento (…) El viento carece de la paciencia del árbol”.


El ojo de quien habla aspira a ser parte del bosque anochecido. El misterio. El último camino. El cierre: el poema ha cumplido su misión.
“¿Es la lengua de los muertos/ la que siempre hablan las sombras? (…) Las sombras no cierran los párpados (…) ¿Es así como acaban las estaciones?”


Las preguntas podrían ser motivo para otros versos, para otro viaje a ese río indetenible, a ese bosque que comienza a mostrar los primeros árboles.
Vuelta al origen.


viernes, 20 de enero de 2017

NARANJAS AMARGAS, Julio Castellanos

Julio Castellanos
Naranjas amargas (El Espejo Ediciones, Córdoba, 2016), de Julio Castellanos es un breve libro que, al iniciarse con el poema que le da título y sirve de epílogo a su Poesía reunida (1983-2013), se presenta como una continuidad, pero también como decantación de una poética reflexiva acerca del lugar que ocupa la conciencia humana en el fluir de la vida, entendida ésta como un constante fluir cósmico.



Los poetas como Julio Castellanos abjuran de toda impostura y no necesitan de los artificios del lenguaje o de la "poeticidad" de ciertas palabras para fijar el paisaje de lo entrevisto en cada viaje de exploración que emprenden.
Naranjas amargas es un libro tan breve como esencial porque el poeta es consciente de que aunque palabra y verdad se acerquen / a meras formulaciones, apariencias, / a moldes del decir, / a veces la palabra del poema / tiene algo de verdad / o la verdad, el cuerpo ficticio del poema. 
Esta conciencia sustantiva formula con sencillez los fundamentos éticos que mueven al poeta a decir lo que dice negando cualquier tipo de concesión a todo aquello que puede desviar o tergiversar su voz y la carga de verdad que ella trae consigo. Su compromiso con esa maravilla dolorosa / que llamamos vida, con eso que huye, es total pero eso no le hace perder a Julio Castellanos su sitio de observación de la realidad y la naturaleza extranjera del ser en el mundo, reconociéndose aquí su filiación con el existencialismo sartreano o, mejor, camusiano [pienso ahora en el Antoine Roquentín de La náusea o en el Meursault de El extranjero]. Es así que el poeta escribe Recuérdalo: alguna vez naciste / y fuiste arrojado hacia el mundo de lo cual resulta que todo lo del otro es ajeno, de modo que sobre estos principios de reconocimiento del ser uno y el otro se asienta esta poética de la fugacidad que es la poesía de Julio Castellanos. 
Tal cosa significa que el marco en el que se mueve su escritura es borroso y estrecho. La borrosidad se acumula / en rincones sordos, escondida / en ángulos pretéritos y agudos / a los que no llegan los dedos y no llega tampoco la mirada. Esa es la realidad -la vida- que se fuga, un ardimiento deshecho en tanto ausente, en la que se es en sí mismo, uno y otro [Nada soy sin tu soy, sólo sangrante / y coagulada falta en lo presente] a expensas del tiempo, también en fuga [La buscaba, la busqué por todos los rincones del sueño. // Mientras lo hacía, iba envejeciendo]; tiempo del cual tampoco el poeta tiene certeza de realidad palpable salvo a través de su propio sentir [Aunque la eternidad no exista, / sé que en algún lugar de la eternidad / podré encontrarte.]
Mucho más que lo antedicho, esta poesía es una construcción verbal tan luminosa como inteligente donde resuena la voz desnuda de un poeta mayor como es Julio Castellanos, donde su sólida escritura es materia que resiste la erosión del tiempo.

martes, 27 de diciembre de 2016

POEMAS EN LA LENGUA DEL SONÁMBULO, Hugo Fco. Rivella

Poemas en la lengua del sonámbulo (eLBc, Córdoba, 2016), de Hugo Francisco Rivella, es un libro cuya sólida morfología poética probablemente facilitó la decisión del jurado -los poetas cordobeses Susana Cabuchi, Francisco Colombo y Hernán Jaeggi- la concesión del Premio Literario Provincia de Córdoba 2015 al poeta salteño.


Hugo Francisco Rivella es un poeta proteico. Quien haya leído algunos libros de su vasta obra, entre ellos Yo, el toro, Ojo astillado, La hora del relámpago y Cuadernos del dolido, Putas (La cacería del ángel), Espinas en los ojos & siete poemas de barro, etc., constatará esta apreciación sobre las variaciones de su estilo poético, el cual no modifica la hondura de su mirada. En este sentido, esta naturaleza proteica actúa como maleable recurso para adentrarse en el conocimiento de la condición humana y el entorno social de los individuos, entre los cuales opta por identificarse, de acuerdo con sus convicciones políticas, con los que considera desfavorecidos.
Poemas en la lengua del sonámbulo -de cuya magnífica edición estuvieron a cargo los poetas Leandro Calle, César Vargas y Eduardo Gasquet, y el diseñador Juan Pablo Cano- es un poema que se abre al alma de quien lo lee o escucha su voz silenciosa en su interior, como una oración merced a una rítmica común a los cánticos rituales en el que la poesía se revela como una fuerza poderosa que arrastra al poeta [Un animal feroz ante la noche / hociqueando mi dentro  (...) que viene de mil formas con sus garras,,,] para mostrarle el mundo y sus individuos, con sus nombres y apellidos y sus vidas. 
Es aquí -en la vida- donde Rivella encuentra la fuente de sus metáforas, de sus imágenes para [recostó la cabeza al lado de la luna, / y en la boca del horno se volvió una lámpara que alumbra todavía, dice aludiendo al suicidio de Silvia Plath] construir el poema como reflejo platónico de la realidad del mundo. Pasó el mundo ante mí, repite el poeta al inicio o al final de cada poema con ligeras variaciones que suenan como latidos de una letanía mayor al modo de un himno sagrado. No puedo dejar de evocar en este punto las maravillosas I see a darkness y You want it darker cantadas por Johnny Cash y Leonard Cohen, con estos versos a modo de estribillo. Hugo Francisco Rivella también ve la ocuridad, pero sus poesía es luminosa [Kuwabata despierta en medio de la noche tan sólo por ver dormir a una muchacha o Pasó Gu Cheng, iba frotando un trozo de madera para transformarlo en bronce, / luego en vidrio, luego en luz. / Eso era la Poesía dijo.].
Y llegados a este punto quien escucha dentro de sí la música-voz del poeta se pregunta ¿y el sonámbulo? ¿soy acaso ese que camina dormido por las calles del mundo, esa parte del cuerpo que ve apenas los espejismos, los reflejos del espejo que me reflejan? Sí. Pero debo saltar el precipicio por el resto de cuerpo que me queda [...] Una mano que me salve antes que pase el mundo en mis harapos. Es desde esta concepción del mundo y su realidad, que ¿cuestiona? el ser y el estar de dios [Pasó el mundo ante mí, iba dios en sus fauces, /o en las fauces de dios iba el mundo a los golpes (...) iba hinchado en el trópico como una frutabomba (...) en las garras del águila que destripa inocentes].
Tal vez La grieta en el espejo es el mejor fragmento del poema que es todo el libro, pero si así no fuese sí constituye una pieza clave para comprender en su totalidad la palabra de Rivella y los fundamentos de su poética luminosa y esperanzadora a pesar de todo [En el espejo estalla la catedral desierta / el arabesco de una oración sin ecos, /las paredes barrocas con el oro / y la plata que correa hasta la sombra de dios cuando padece], pues si el mundo es ese espejo de caras bifrontes, también es la noche con la luz del futuro o en El jardín de las delicias, poniendo énfasis en la naturaleza perecedera de todo lo que acontece como realidad el hombre es terca luz renaciendo.

lunes, 17 de octubre de 2016

LA ÚNICA HORA, Alberto Hernández

La única hora (Ediciones Estival & Asociados, Venezuela, 2016), de Alberto Hernández es una novela que cuestiona desde la escritura tanto la naturaleza como el sentido de la existencia en tanto realidad y ficción parecen estar sujetas al arbitrio de un creador omnímodo y omniciente, en un mundo dominado por la violencia y la incomunicación.
















Con un notable dominio de las herramientas narrativas, el escritor venezolano Alberto Hernández obra un relato en el que los personajes y sus peripecias cobran vida a través de la voz de Ignacio, el protagonista, conscientes de la naturaleza ficcional de sus realidades y, desde este saberse, cuestionan la conducta caprichosa y autoritaria del autor, quien, a su vez no puede escapar al sueño o pesadilla de sus criaturas.

Es así cómo la memoria es sustento y destino marcado de sus vidas, y la evocación de cada individuo humano el medio para traer al presente las almas de quienes han desaparecido o muerto según el inescrutable arbitrio del creador, quien tiene como poderoso recurso la acción corruptora del tiempo. Este es un punto clave en La única hora, pues los personajes no parecen estar prisioneros en un lugar y gozan de libertad espacial -de hecho Ignacio e Ingrid, ahogados por la realidad opresiva de Venezuela marchan a Londres para realizarse en el amor- y van de un lugar a otro, pero no pueden evitar la trampa del tiempo y se aferran al recuerdo o al deseo del recuerdo.

Esta concepción de la realidad explica que una postal, a partir de la cual el protagonista recuerda y revive los momentos más felices, sea al mismo tiempo la piedra Rosetta para el lector, quien no puede evitar sentirse aludido en esa representación existencial. Una representación que es también reflejo y sustrato de lo que llamamos Historia en tanto esta es memoria narrada y que por tal circunstancia descubre al individuo humano en el mundo incapaz de comunicarse para ser uno y los demás. Un individuo separado de los otros por hablas fragmentarias o bajo los efectos de la xenoglosia, tal como le sucede a Ingrid, la cual en determinadas situaciones habla lenguas desconocidas, a veces sin saber qué está diciendo.

Resulta así que La única hora va mucho más allá de ser una metáfora sobre la endeble frontera entre realidad y ficción y centra el origen de la violencia, la incomprensión y la angustia existencial que extranjerizan al ser humano en el mundo en la ignorancia del origen y la ocultación de éste que fraguan los sistemas de poder.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

LOS DÍAS DEL DESASTRE, Nicolás Ghigonetto

Los días del desastre (Cartografías, Río Cuarto, 2016), de Nicolás Ghigonetto es un libro que permite cifrar alentadoras expectativas para la joven poesía del interior, que parece, por éste y otros ejemplos, decidida a dejar atrás el costumbrismo urbano que se impuso como canon poético argentino.


Los días del desastre funda su concepción y escritura en el respeto y conocimiento de la tradición literaria, la cual se manifiesta a través de un comedido uso de los recursos retóricos y una especial sensibilidad léxica y lingüística, que bien definen una poesía esencialista.
Los días del desastre es un libro de un poeta genuino y riguroso en la escritura y en el pensamiento que empieza a definir no sólo una poética personal sino, y esto es lo realmente valioso de Nicolás Ghigonetto como poeta, un universo propio y una voz tan personal como potente que prefigura muy altos registros.
Pero más allá de esta connotación de sus recursos constitutivos, la poesía de Nicolás Gighonetto es una reflexión sobre ese caos existencial que, como un mar oscuro en la playa, progresa sobre la realidad cotidiana ocasionando el desconcierto y dando pábulo a los días del desastre que vacían de sentido los actos de la vida humana.
El desastre se comporta como un alien ateo / que se infiltra / en el supermercado / a perseguir a las víctimas / perdidas entre las góndolas […] Es así cómo el individuo de principios del siglo XXI no encuentra asidero en una realidad autista e inestable. Esa realidad que oculta tras la ficción el estado agónico de la civilización tecnocrática que sustituyó la libertad del hombre por la libertad del mercado. Se suspende por lluvia / y empiezo a escribir el poema...dice Ghigonetto y más adelante continúa y las ganas del poema / se mojan con la llovizna / húmeda / de la transmisión codificada… describiendo desde la escritura poética la intrusión de la virtualidad en el orden natural de los sucesos y así desnortando la brújula de los sentidos. Y más. Haciendo de la poesía un idioma a medias / un circo romano / una libertad condicionada / por el máximo proyecto y los planes / de hacer coincidir la mirada del asesino / con la de la víctima / en un mismo verso.
Lo que hay que celebrar de este primer libro es la madurez de la mirada que permite a Nicolás Ghigonetto eludir con rigor y elegancia esa poesía prosaica y enumerativa, desprovista de musicalidad que ha prohijado el capitalismo neoliberal aunque sus autores crean que es una reacción contra él. Ghigonetto demuestra a los mismos poetas de su generación y a la mayoría de sus antecesores entregados al dialogismo costumbrista que han hecho del poema un mero inventario de metáforas pobres, que a la poesía hay que buscarla no en la superficie de la realidad sino en las napas más profundas de la condición humana. La seriedad y la sensibilidad poéticas de Ghigonetto contribuyen a devolver a la poesía la fuerza y el significado que parecían haber caído bajo el influjo mortal de la Gorgona.

domingo, 7 de agosto de 2016

LECCIONES DE TIEMPO, Antonio Tello

Lecciones de tiempo.
Dibujo de portada de Erica Selinger
Lecciones de tiempo, de Antonio Tello (Libros del Innombrable, Zaragoza, España, 2015) según la lectura del poeta y crítico venezolano Alberto Hernández, para su columna "Crónicas del olvido".


1.-

En el silencio está el origen. No en el verbo, que fue el apuntador, el que simuló la presencia del silencio. De esta manera, la poesía es la fundadora del origen. Es la creadora de todas las cosas. El silencio de la poesía. Mientras más silencio haya en la palabra, más poesía contiene el poema. Y éste, el poema, es el continente de los primeros balbuceos.

En el principio fue el verbo, sí, pero antes estuvo el silencio en todos lados, entre los astros, en el barro inicial, en el parpadeo primario, en el pecado original. En la primera ofrenda. En la primera huella, en el primer coito. En el eco que ocultó un terremoto. En la pisada profunda de una bestia. Allí estaba el silencio. 

Las bocas aún no habían pronunciado la piedra, el agua, el fuego, la tierra. Y el dedo de Dios era la placidez del cielo. O la tormenta viva sobre un árbol mudo cubierto de animales.
En esta premura por crear el mundo, porque el silencio rompiera la envoltura de quienes viajaban con el clima en las ancas de bestias y relámpagos, la poesía se hizo fuego en la mirada del primer hombre, del primer sujeto que un día decidió bajar de un árbol ayudado por la voz inmanente de quien se lo ordenaba desde el arriba de la voz, de una voz que se convirtió en nombres, en sustantivos, en adjetivos, en la sintaxis de todas las cosas.

Y el silencio habló. Nombró, construyó oraciones. Se hizo fealdad y belleza. Engendró y mató. Alabó y calumnió. Extrajo y enterró. Respiró y se ahogó. Se hizo vibración, conmoción, relincho, aullido, berrido, voz, sílabas, palabras. Invento desde adentro y desde afuera. Escritura en el barro y en la sombra. Fue el poema, maltrecho, torpe, arisco.
Pero la poesía estaba allí. Siempre estuvo allí. Nido y pájaro. Pedrada y caricia. Creación y evolución. Dios y ciencia. Pálpito y podredumbre.
Desde esta perspectiva, desde este amago, Antonio Tello escribe “Lecciones de Tiempo” (Editorial Libros del innombrable / Colección Biblioteca Golpe de Dados, Zaragoza, España, 2015).

Alberto Hernández, autor de la reseña
sobre "Lecciones de tiempo"
2.-

El pensamiento poético enarbola su presencia en la medida en que presuma el origen. Lo invente o lo imagine. Una voz remota, raíz de todas las cosas se asienta en la penumbra: metafísica, razonamiento del tiempo, lección de las horas que harán posible este verso:

“aunque seamos designios del silencio”,
Y en este sentido el nacer, retornar al origen en plural: “volvemos al olvido/ al tiempo quieto del verbo…”
Cada texto que reposa en estas páginas tiene la marca de una preocupación por lo que no se sabe, por la oscuridad, pero también por la luz que hizo posible la silueta de las cosas, y así el nombre que por vez primera salió de boca animal alguno. Porque quien habló fue el animal, el que abrió los ojos y supo de su presencia y de las piedras, de las escritura de las hojas de los árboles, del sonido permanente de los ríos, de las mareas constantes. Y ese animal no tenía “ni señal ni camino”, sólo lugar para estar, para tocar la superficie de los objetos, saborearlos, oírlos, masticarlos y luego hablarlos.
Hasta que se descubrió él mismo en el agua, en la ondulación de un pozo: “El rostro que ves en este lado del espejo / es luz”.

La palabra se estacionó en la mirada. En el recuerdo. No obstante, el “morir de la memoria” hizo posible el andamiaje de la anécdota. La palabra sirvió para construir los detalles de los eventos bajo el cielo. El teorema del instante. El ser en poco tiempo. El ser y su nada.

3.-

La angustia ontológica de ese instante en este texto que Antonio Tello establece como un resumen: “apenas un parpadeo / y estás de nuevo / en el punto de partida / mas ya no eres el mismo”. Dejar de ser, cambiar, o ser realmente lo que el tiempo define: ser parte de un abismo, de una caída ya predestinada en el origen. Ese instante, ese parpadeo, descubre al Otro, al doble, los rostros en el espejo hechos Uno. 

Por eso el permanente deseo del “escape a la traición de origen” y confirmar que también es dolor, punzada, carne débil, destinada a desgastarse, a descomponerse con los elementos. Y luego, de nuevo, el silencio. Una vuelta al principio. Tello despliega esa reflexión con estas palabras: “..es la eternidad/ el monstruo que te ahoga”. Y “más allá de las sombras” (…) “fantasía que larva la noche”.

Los contrarios como fórmula del origen. Los antónimos sombra y luz, agua y tierra, sonido y silencio. El poema y su pensamiento, la ontología de la caída: “el silencio es tiempo sin nombre/ esencia del abismo que atrae/ y connota los sonidos del mundo”. Aquí, en este lugar, en este parpadeo, el autor argentino resume todo el libro.

Podría parecer paradójico afirmarlo, pero “Lecciones de Tiempo” es un poemario que no tiene tiempo: es angustia innombrable. Un asunto del yo disgregado, cósmico, extraviado, buscado entre los contrarios, en el mismo lenguaje, en los verbos olvidados, en un árbol simbólico, en el otoño como persecución de las “voces muertas”, de las “lenguas muertas”, ocultas en una “gruta de espejos”. Queda en nuestro eco interior esta frase: “el polvo del ocaso”. Y un poco más hacia el final:

                                “mienten los libros sagrados.
                                 La piedra, el árbol y el aire
                                 son anteriores a los dioses”.


El origen, siempre lo remoto y la poesía, fundadora del tiempo cuyas lecciones han creado el yo, la voz que dice y desdice, la voz que se contraría, la voz que nace y muere, la voz que vuelve del abismo, de las mareas y del barro del poema como construcción. A.H.

miércoles, 25 de marzo de 2015

VIENTO EXTRANJERO, Rafael Felipe Oteriño

Viento extranjero (Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2014), de Rafael Felipe Oteriño es un poemario que, como el viento que anuncia su título, arrastra al lector a regiones poéticas de donde sale fortalecido por un conocimiento antiguo y al mismo tiempo nuevo del mundo y de lo que en él, transido por el tiempo, sucede.



Cuando hablamos de los registros de la poesía no hacemos referencias al estilo ni a los tonos, ni siquiera a los recursos retóricos de los que se vale el poeta para desarrollar su poema, sino al viaje hacia el abismo que él emprende. Los registros son como la visión de los estratos geológicos en las paredes de los acantilados o de los abismos que el poeta descubre en ese ahondarse en la realidad que hace y consiste al ser humano y su naturaleza. El registro de Rafael Felipe Oteriño es una de las dimensiones del tiempo en el que el mundo se sucede como una ilusión humana más allá de la cual nada existe,
¿Quién me despertará si no este río? reza el primer verso del primer poema del libro -primer es una mera convención porque, y a pesar de los títulos, estamos siempre ante un solo poema con distintos instantes e instantáneas del descenso del poeta- situando al poema y su lectura en la estela metafórica del río heraclitiano. Esa corriente que atraviesa la memoria hasta la orilla sin fondo del horizonte en un desesperado y frustrado intento de establecer un orden que haga más comprensible la realidad. El viento de la avenida me ha llevado adonde quiero ir, / pero no llego, no puedo llegar a esa ciudad que sólo vive en mí, /derrotando al tiempo todas las horas [Ciudad natal].
Rafael Felipe Oteriño
Es así cómo la vida se revela como un vaivén interminable a capricho de ese viento insuficiente para empujar al individuo hasta el lugar que un día dejó o la invisible mano que empuja las hamacas y que le enseña que en el vaivén reside el secreto de esa ilusión que es el vivir. 
Entonces el poeta que se ahonda aprende que no le cabe la pregunta sobre lo inefable, al que intuye en el suceder cotidiano [Lo inefable vierte vino en las jarras, da color a las vocales / pronuncia voces detrás de un muro / cuyo guardián es invisible], sino por el camino y por ese paraíso, que no es sino instantes del gozo, ese breve suceder detenido en el que cada fragmento de lo vivido y del mundo coinciden [las sombras con el árbol, el árbol con el camino, /el río de Heráclito con el río a secas.]. Porque el paraíso es la bullente violencia de la vida y la naturaleza.
La pregunta por el camino no es la única, porque aún falta saber quiénes somos si la memoria es la columna vertebral que nos sostiene en el aire [La identidad es una isla que viaja [...] la memoria es otro pasajero que ha perdido el vuelo], en la eternidad suspendida fuera del ser que avanza, no empujado hacia donde quiere ir, sino hacia un fondo donde no está el alma.

Pero el tiempo es silencio que se retroalimenta y las preguntas que se originan quedan sin respuesta. Apenas la migaja de una palabra final que el temor al misterio del existir aconseja no pronunciar. Me confiaste una palabra que no olvidaré / -profética como son las palabras finales- / pero no voy a repetirla, /porque no todo puede ser pronunciado / ni es bueno oírlo todo. No, no es bueno oírlo todo, porque quizás el lenguaje, el lenguaje humano carece de jurisdicción sobre lo inefable....cómo pronunciar lo indecible / si no es con las palabras familiares de lo decible? Palabras que no son las cosas, sino memoria de ellas, es decir tiempo coagulado en algún predio del ser.

Es así como Rafael Felipe Oteriño establece en su arrebatador Viento extranjero la naturaleza del estrato ontológico donde se manifiesta el tiempo encarnado, el ser, más allá del cual se extiende la eternidad, el vasto territorio donde se escucha más fuerte la voz del abismo. La voz del origen de la que surge  el mundo, esa ilusión que acaso le basta el trino de los pájaros para hacerse manifiesta.

viernes, 13 de febrero de 2015

EL CUADERNO DE LA CENIZA, Juan Ignacio González

















El cuaderno de la ceniza (Cuadernos Heracles y nosotros, nº 10, Gijón, 2013 - edición numerada y firmada por el autor), de Juan Ignacio González es un opúsculo de alta densidad poética, que se adentra en esa llama que consume la vida.

Juan Ignacio Nacho González se vale de un poema de Yorgos Seferis para advertir al lector que los poemas que siguen tratan de la inevitable derrota del ser humano [Venceréis cuando estéis sometidos...], pero a pesar de la pérdida la vida continúa [Hallamos la ceniza, / nos falta encontrar de nuevo neustra vida, / ahora, que no tenemos nada].
A partir de este momento, el poeta asturiano empieza su propia rebelión contra esa engañosa victoria que supone el vivir - Yo no me reconozco en la victoria, / los rostros del dolor / son el paisaje de esta vieja casa- y a fijar los mojones del vasto campo de batalla donde se dirime la suerte del individuo. Ese hombre frágil en el que se reconoce como el guerrero que fui, / y todo verso escrito desde entonces / es un si claudicante, que lucha, trabaja y se enfrenta para ser memoria viva, porque frontera está cerca del olvido / para el que no regresa triunfante.
Dentro de ese cuadro, su lucha encuentra en la poesía, en la escritura -la palabra- de la misma la justificación existencial y al mismo tiempo el recurso primordial del recuerdo que lo enraíza o lo enraizará en el mundo; en la casa, en el hogar que habita pues él es todo el universo.
La principal virtud de Juan Ignacio González para elevar al cielo esta "contraoración" que es El cuaderno de la ceniza acaso sea su escritura desnuda de toda retórica, su radical alejamiento del vocablo pretencioso [¿Para qué fue necesaria la palabra / si en el origen de todo estabas tú?]. Este posicionamiento estético hace que el poema sea coherente con su idea de la poesía, que viene de la memoria y el olvido. Es decir, de esa vulnerabilidad existencial que constituye la vida humana y de la inaccesibilidad al conocimiento sobre el origen y el destino final. Dos extremos fronterizos que delimitan el último territorio, dentro del cual se oye sobre la insistente ceniza la cíclica y nada inocente canción que fertiliza la tierra con la carne y los huesos humanos, pues los hombres sólo somos la lluvia que hemos dejado en otros...