miércoles, 25 de mayo de 2022

VOCES DEL FUEGO, Antonio Tello

 Reseña de Voces del fuego firmada por Silvia N. Barei y publicada en El Corredor Mediterráneo 1005, del 25 de mayo de 2022 (Cartografías, Río Cuarto, Ediciones la yunta, Buenos Aires, 2022)


Leí el año pasado El maestro asador de Antonio Tello y cuando llega a mis manos Voces del fuego asocio inmediatamente los dos libros, aunque después veré que son muy diferentes. Pero es el fuego el que vertebra ambos textos, el ritual de vencer a la muerte con el fulgor luminoso de una llama que hace resurgir a los personajes -hombres, animales, bosques, ríos- de sus cenizas.

El conjunto de relatos me atrapa inmediatamente no solo por la pulcritud de la escritura sino también por la situación bifronte de la productividad de la trama entre reflexión filosófica y ficción. Hay un campo de tensión promovido por diversas geografías y universos articulados como soporte de una poética cuyo espesor se teje sobre saberes históricos y literarios.

A veces parece ser el paisaje de un exiliado que vuelve para reencontrar- ¿tal vez cerrar? - la incertidumbre, la ambigüedad de extrañas historias reconstruidas desde una mirada extrañada, lúcida y no desprovista de aflicciones. Otras veces emergen, entre los pliegues de las subjetividades, formas del miedo, del amor, de la cobardía o la venganza. El régimen estético y su capacidad enunciativa articulan ensamblajes provisorios, historias truncas, personajes que luego reaparecen, constelaciones de datos iluminados a medias y que el narrador se abstiene de explicar.

De este modo, la reflexión sobre la palabra se liga de manera inseparable con la historia narrada:  fragmentos  de la historia de la humanidad (desde Asurbanipal a las cárceles de la dictadura)  con sus batallas, sus treguas, sus fulgores, sus pactos, sus traiciones, construyen escenarios en los que el escritor acerca en pequeñas dosis una visión de la realidad,  del mundo,  de la literatura  como operación cultural que revela, como nos enseñó Borges, la voluntad de transformar las formas de leer.

 “Dédalo y Kafka imaginaron el laberinto. También el destino de sus prisioneros, cuyas dispares naturalezas aluden a los días que vivieron. El Minotauro lleva consigo la poética del mito. Gregorio Samsa la prosa del insecto en un tiempo sin dioses”

 Cito este breve relato porque me parece que condensa la estrategia central de la escritura en este conjunto de relatos: la problematización del sentido perceptible en la misma complejidad de las referencias, dejando en un segundo plano la fascinación intelectual del razonamiento para adentrarse en un mundo de ficción que reinventa códigos desde la recreación y la transformación.

Un universo literario donde el “tiempo sin dioses” expresa la dolorosa condición de ser humano, lejos de todo posible arraigo y de toda posible comodidad, extranjero en su propia patria, condición de ajenidad como gesto sobrio de una precaria sabiduría.



martes, 17 de mayo de 2022

ROMANCE DE MELISENDA, Antonio Tello

 Reseña de Margarita Belandria publicada en El Corredor Mediterráneo 913, el 22 de julio de 2020 (In-Verso, Barcelona, 2017)





Como toda buena obra de arte,  Romance de Melisenda, de Antonio Tello, es una novela que realmente seduce; su primera lectura constituye una incitación al gozo de releerla, toda entera o no, pues incluso cualquier página abierta al azar dispensa un exquisito deleite a los sentidos e imprime una nota de belleza en el espíritu. 

Sobre un lienzo histórico del  medioevo carolingio, el autor registra con tonos vibrantes una fascinante historia de amor y su tragedia, inspirándose en el popular romance del mismo nombre que recoge en El Quijote don Manuel de Cervantes. Pero esto es solamente eso, un mero punto de partida, porque Tello es dueño de su imaginación y su albedrío y vierte su fuerza poética en el joven narrador Alifonso, hijo del asesinado rey Fruela I de Asturias . 

El hijo de un rey asesinado corre peligro. Alifonso se halla entonces protegido en un monasterio por los maestros Eterio y Beato, hasta que, aún no bien salido de la pubertad, sus mentores consideran que ya no habrá de estar seguro bajo su protección y lo mandan a Aquisgrán, capital del reino de los francos, al cuidado del maestro Angilberto de Céntula . “Él te enseñará —le dice Eterio— el arte de las palabras y la ciencia de los números y de las estrellas; él te enseñará a oír la música del universo y a sentir en tu alma la voz de Dios”. Sin embargo, ¿saben acaso sus mentores hacia qué oscuros abismos lo dirigen? 

Nueve meses después llega a Aquisgrán, acompañado de Ahmed, el músico sarraceno que cautivará a la princesa Melisenda, baquiano del camino, a quien conoció Alifonso en una encrucijada del camino, recién pasando el puerto de Roncesvalle y cuyos destinos quedarán unidos para siempre.

Ahmed es maestro de la princesa Melisenda y un grupo de músicos cristianos. Algunos allegados al rey Carlos (quien llegaría a ser Carlomagno) no ven con buenos ojos la presencia del laudista sarraceno enseñando música en la corte, y consideran su presencia como una afrenta a la cristiandad. Pero esto es apenas un síntoma de la vasta telaraña de intrigas y tensiones bélicas entre musulmanes y cristianos por el dominio cultural del territorio europeo.

Melisenda —hija del rey Carlos con alguna de sus amantes— es bella, apasionada e impetuosa; sabe valerse de la espada con la destreza de un buen espadachín, como lo habría de demostrar con fiereza el día en que el rey, para aplacar los ánimos aquitanos que agitaban a su reino, dispuso su matrimonio con Guillermo (príncipe de Aquitania), y de cuyo estallido de furia sólo Ahmed la supo calmar. Este casamiento no es más que una componenda de la que Alifonso, Melisenda y Ahmed serán sus víctimas… “Un juego de poder del que no saldríamos indemnes”, dice el joven príncipe poeta y narrador Alifonso; palabras que resumen los trágicos acontecimientos.

En este Romance, de regia factura poética, Antonio Tello se muestra bastante menos desafiante que, por ejemplo, en De cómo llegó la nieve, que me parece  aún más críptico y un perfecto desafío a la imaginación del lector, sin que por ello deje de ser una lectura inmensamente gratificante por lo bellamente escrito.  


sábado, 1 de mayo de 2021

EN LA NOCHE YERMA, Antonio Tello

Reseña de Leandro Calle publicada en El Corredor Mediterráneo, suplemento cultural del Diario Puntal, de Río Cuarto, del 10 de julio de 2019. (Vaso Roto, Madrid, 2019)


Antonio Tello (Villa Dolores 1945) posee una vasta obra literaria que abarca casi todos los géneros. Ha escrito poesía, literatura infantil, novelas, cuentos y se ha destacado también por su gestión cultural y periodística. La editorial “Vaso Roto” acaba de publicar “En la noche yerma” último libro de poesía del escritor cordobés. Se trata de treinta cantos inspirados de algún modo en “La tierra baldía” de Eliot pero que conforme uno va adentrándose en los cantos, encuentra reminiscencias de diversos clásicos universales. El clima de todo el libro es apocalíptico. Me refiero al apocalipsis como género literario. No es la primera vez que Antonio Tello aborda su literatura a partir de este género. Y antes que género me gustaría decir “clima” o “atmósfera” porque lo que Tello crea es una verdadera atmósfera donde el lector necesita aprender a respirar de nuevo. No es una novela más o un libro de poemas más de corte apocalíptico. No. Lo que Tello logra en este libro y en otros como la novela “Más allá de los días” (tercer volumen de su trilogía “La balada del desterrado”) es crear una atmósfera personal de escritura donde el argumento, es decir el contenido, el qué, no tiene tanta importancia. Como el mismo autor lo dice a menudo: “no escribo novelas con argumento”. Ahora bien, cuando no hay principal atención sobre el argumento, la tarea se vuelve más ardua. Lo que logra Tello tanto en su poesía y notablemente en su novelística es un efecto hipnótico a través de la forma, del cómo se dice, del tono. Asistimos a una época plagada de efectos apocalípticos que derivan de la industria cinematográfica, los juegos de internet, las historias…las ya agotadas historias de zombies. Dichas historias no logran siempre un clima original, porque se toman los climas ya dados como un molde donde lo que se inventa es un relato más o menos atrapante. Tello hace exactamente al revés. No importa tanto la historia que se cuente sino el cómo, el cómo se la cuenta y el cómo se escribe. “En la noche yerma” nos encontramos con una poesía ardua y un verso duro. No es un libro de lectura fácil. Lo apocalíptico no está arraigado en lo simbólico. Recordemos que para Ugo Vanni uno de los especialistas desde el punto de vista teológico y literario: “El simbolismo ocupa, en la interpretación del Apocalipsis, un puesto central. Todos los comentadores antiguos y modernos están de acuerdo sobre esto, lo cual es, por lo demás, un hecho que se impone a primera vista en una primera lectura: para comprender el Apocalipsis hace falta interpretar sus símbolos”. No quiero decir con esto que no haya símbolos, sino que la escritura poética de Tello tiene que ver más con el tono y con una intención de lectura del presente o de la realidad. Para comprender esa realidad o mejor dicho “esta” realidad histórica, Tello estira un extremo del péndulo y lo lleva a sus últimas consecuencias. Esa situación apocalíptica, de fin de mundo, de terminación o conclusión más que dejarnos en el futuro pretende hacernos reflexionar sobre el presente. En este sentido, el género apocalíptico, el tono de ese género, habla sobre nuestra realidad hoy. Así como encontramos el “irse” al futuro para hablar del presente, el pasado tiene también una porción de importancia en todo el libro y en toda la obra de Antonio Tello. Su propia historia de exiliado en España a partir de las amenazas de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) y luego de la dictadura militar, hicieron de Antonio Tello, un escritor del destierro. Y esta es la palabra que mejor lo define: Tello es un escritor desterrado. En este sentido su obra se emparenta con el pueblo de Israel, siempre buscando esa tierra prometida; pero como Tello no busca argumentos, tampoco encontrará el lugar porque el lugar es el camino. La tierra prometida es el andar. La forma es más importante que la materia y el cómo más interesante que el qué. De alguna manera el qué ya lo tiene, es él “saliendoescapando” de Río cuarto hacia su propia voz. Al desterrado no le queda otra manera de arraigarse que no sea en lo que escribe. “El desterrado no olvida su casa” dice Tello en el Canto XXXI, pero su casa es la palabra. En los hondos poemas de “En la noche yerma” aparecen también algunas constantes de la literatura del escritor riocuartense: el perro y el mar. El mar que es como un anhelo de divinidad o una analogía de la trascendencia. El perro que se vuelve más humano que el humano incluso en su ferocidad y furia. El poeta es testigo del desastre:

 

“la turbamulta invadirá las calles arderán

las ciudades  caerán las catedrales y entre las

cruces alzadas deambularán los templos vivos

buscando a sus dioses entre los escombros

tarde sabrán que en el vientre de los ídolos

se gesta la violencia que nutre los estambres”

 

(Canto XXIX)

 

Idolatría y polinización de la violencia. Dos claves para la comprensión de este gran libro. Al poeta le es dado asistir al desastre, y cantarlo.

lunes, 15 de julio de 2019

EN LA NOCHE YERMA, Antonio Tello

Lectura y reseña del poeta venezolano Alberto Hernández sobre "En la noche yerma" (Vaso Roto, Madrid, 2019).


Crónicas del Olvido
“EN LA NOCHE YERMA”, DE ANTONIO TELLO
**Alberto Hernández**
1.-
Bajo la influencia de Eliot y Paz, Antonio Tello recorre las sombras. Con “Tierra baldía” y “Piedra de Sol”, al amparo de sus líneas, construye este libro, “En la noche yerma” (Vaso Roto Ediciones, Madrid, 2019) donde, precisamente, una voz relata el temor de perder las palabras, de ser asaltado por bestias oscuras, por el miedo que la niebla suele imponer en el espíritu humano.
Poesía de sombras. Poesía en la que el alma se deposita cerca de la luz para tratar de borrar el inmediatismo de tantos intentos por huir del miedo a la noche, a las tinieblas, a la desaparición. Poesía gótica, timbrada por el ritmo de la nocturnidad, fantasmal, ubicua en la medida en que los pasos del que anda se extravían entre tantos susurros.
Antonio Tello escribe una destrucción. Escribe desde el lenguaje que podría desaparecer. Escribe desde el vacío que podría borrar lo que ha escrito. Suerte de Armagedón, este libro del poeta argentino destaca su carácter oscuro, nocturnal desde una “tierra baldía”, muerta en la perspectiva del ojo que busca en la luz la piedra que podría dejar alguna huella salvable. No se trata de una poesía pesimista: es una poesía en la que la oscuridad podría favorecer a la luz y hacerla posible. Al contrario de lo afirmado por la crítica, este libro de Tello es un artefacto de construcción desde la oscuridad, desde las sombras. Escribir sobre este tema, vivir en este tema, no es más que una manera de salir de ella. El mundo se destruye, el mundo recobra la memoria apocalíptica para volver a ser tiempo, voz recobrada.
2.-
La noche anticipa el día. No es un lugar común: la poética de estas páginas flota sobre la pérdida de la fe, pero alterando algunos elementos que podrían revelar la posibilidad de que desde la noche, desde la niebla, es posible avizorar la luz, la otra luz, porque la noche es una luz en sí misma. La sombra contiene luz. Y la luz es la madre de la sombra. Sin la noche es imposible el día. Sin la muerte es imposible la vida.
El tiempo ha sido sometido por la noche. Su porvenir difiere del pasado. La sombra perdura en sus horas y se desgasta en el poema. Una salivación verbal la menciona y la instaura en los versos.
En el canto III, Antonio Tello reza:
“quizás hoy ha comenzado ese día futuro
y en el estéril paisaje del tiempo por venir
bebe el ganado de la corriente que pasa
ante el cristal de sus ojos el aire simula
su tranco inerte sobre las sombras del agua
buitres buitres se abaten sobre la carne yerta
ángeles y gusanos se alimentan del misterio
en campo abierto los deudos de la desdicha
abonan la tierra con los huesos de sus muertos”.
Un silabeo fúnebre. La tierra de Eliot y la noche de Tello se imbrican. Yerta la noche, yerma la tierra. Mientras el sol se cimbra sobre las piedras de Paz. Pero la sombra reina más allá de cualquier ilusión.
Este libro de Antonio Tello me permite volver a dos títulos del poeta venezolano Francisco Pérez Perdomo: “La casa de la noche” y “Círculos de sombras”, donde nuestro autor recorre el mundo espectral de la oscuridad, entre voces y susurros que alternan con referentes que la luz descubre al amparo de diversos ecos en los que la soledad impera.
Seres nocturnos cruzan calles y avenidas. Sombras alargadas. El poema como descubrimiento de lo que suele pasar durante el desarrollo del misterio.
Otro ejemplo de Tello para cerrar:
“la turbamulta invadirá las calles arderán/ las ciudades caerán las catedrales y entre las/ cruces alzadas deambularán los templos vivos/ buscando a sus dioses entre los escombros/ tarde sabrán que en el vientre de los ídolos/ se gesta la violencia que nutre los estambres”.

domingo, 12 de mayo de 2019

EN LA NOCHE YERMA, Antonio Tello

En la noche yerma (Editorial Vaso Roto, Madrid, 2019) es un poema de treinta cantos que relata el dramático derrumbe de la civilización y su lenguaje, entre cuyas visiones, el poeta y narrador Mario Satz cree ver incluso la destrucción de Notre Dâme.


Tras una primera y emocionada lectura de  En la noche yerma, me vienen dos imágenes: el poema, sus cantos, son una larga y ancha radiografía-en blanco y negro- de nuestra época infernal, lo que lleva a la segunda, la abundancia de perros, recurrente y dolorosa, para hablar de la rabia del poeta-profeta y también de esas jaurías de perros en el campo argentino que, hacia fines del XIX más tarde, vivían de la carroña de las vacas y toros muertos a lo largo y ancho del país. Es, en suma, un poema lleno de dolor y de rabia. Un relámpago zigzageante en el que se cruzan los profetas bíblicos y  Apollinaire y los beatniks, sobre todo el Aullido de Allen Guinsberg. Me refiero al tono, a la melodía apocalíptica. Pero también es bien Tello, solemne, una profunda endecha sobre la finitud y la falsedad de las estructuras sociales frente a la vida individual, que es la que siempre defiende el desterrado. 
Es un poema para leer más de un vez, pudiendo hacerse de atrás para adelante y de adelante para atrás. Algunos cantos son mejores que otros,  y lo más impresionante es la profecía sobre la destrucción de la catedral de Notre Dâme. Siempre sucede eso con los poemas largos. Ya imagino su sufrimiento y dolor en la composición. Tiene momentos sinfónicos. Durante su lectura pensé todo el tiempo en la Metamorfosis de Richard Strauss, escrito tras la guerra mundial. Grave y por momentos lastimero, pero no es para menos. Las referencias literarias a las que apela no se comen la libertad del poema. Después del Apocalipsis hay que volver al Génesis. La Biblia es un libro circular y autorreferente.  Hay dos Génesis, pero un solo Apocalipsis. Y en ese sentido este libro es irrepetible. Admirable que el lirismo florezca en medio del desastre.
A partir del canto XVII el poema se aclara a fuerza de sabias reiteraciones, aflora el desterrado como  un auténtico vigía en una torre de hierro, oteando el paso de las tormentas humanas, los desaciertos y los dolores. Pensé en Isaías, en Ezequiel, en los grandes profetas bíblicos, de quien en este libro tienes muchos ecos. La pregunta sobre dónde está el mar es crucial: para los kabalistas mar o yam, y si se lee al revés, es mi, quién, por lo tanto uno de los nombres de Dios. Al poeta, y con él a todos, le han robado la dicha de una oleaje manso y fecundante. Es interesante como a partir de la mitad del libro el pulso se acelera, y hasta diría que mejora la densidad diagnóstica de la primera parte. A propósito: la mención de los cazadores me hizo pensar que en uno de los últimos libros de Quignard donde éste habla de la depredación, de la caza como el origen de la cultura y también de la guerra. La primera escritura que los hombres leyeron fueron las huellas de los animales en la nieve. En fin, que es una proeza salir más o menos sano de tamaño apocalipsis poético. 

martes, 2 de enero de 2018

ARRUGAS DE SILENCIO, Mercedes Ridocci

La poeta española Mercedes Ridocci antes que en la escritura halló la expresión poética en su propio cuerpo y fue desarrollándola primero en el teatro y más tarde en técnicas de expresión corporal y danza creativa. Este dato no es baladí en la medida que nos permite comprender ese latido orgánico de su poesía y de modo muy particular en este poemario, Arrugas de silencio (Playa de Akaba, Barcelona, 2017), bellamente editado por la editorial barcelonesa que dirige la también poeta Noemí Trujillo.

Estructurado en tres partes – Estelas de deseo, Cenizas de pasión y En el lomo de la muerte- Ridocci propone una secuencia de poemas que metaforizan el devenir vital del cuerpo a través del tiempo, la existencia orgánica de la vida humana sacudida por el deseo, el erotismo, la pasión, y también por la pulsión de la muerte que contradice la eternidad -vana pretensión de la juventud- hasta que la madurez hace patente la finitud. De aquí que Mercedes Ridocci trace desde el epígrafe (“A la vida y a la muerte”) esa línea vital, esas silenciosas arrugas que definirán al final el paso perecedero del individuo por el mundo. Un paso que siempre es desgarro (“Me aferré sin miedo / a las ramas desnudas de tu tronco / a la corteza fría de tu invierno”.). Esas estelas de deseo que define como “viñedos de uva roja” o como “un antojo del sueño”, en el que ambos, viñedo y sueño”, se consumen en el cuerpo, “puerto solitario, / oculto en la sombra de la noche”, en el desesperado, acaso imposible, intento de entender esa lengua que habita en el paladar.

Y así hasta que el fuego de la pasión se consume y sus cenizas se convierten en “piel de la ausencia [que] cubre mi cuerpo / de arrugas de silencio” desnudando el cuerpo y la voz que lloran el destierro de los sentidos y su condición de alma o conciencia vacía, ajena ya al temblor de la naturaleza, ese “volcán apagado” que antes concernía al cuerpo. Así, hasta que llega ese momento en que la poeta pide a la “mujer de fuego albo / vístete con la piel del viento / que enardece tu llama blanca  / sigue el canto de tu cauce / planea sobre el leve suspiro del atardecer / alcanza el último horizonte / donde la  muere poniente / y alborea la muerte”.

martes, 5 de diciembre de 2017

CAMPOS DE AJEDREZ, Mario Satz

Campos de ajedrez, de Mario Satz /Huerga & Fierro Editores, Madrid, 2016) es una pequeña obra maestra que, en la estela de los grandes relatos orientales, plenos de magia y misterio, nos habla de las fuerzas y las tensiones que obran el mundo.


Hay escritores que traman sus producciones a partir de una realidad evidente que por desinterés del autor, interés político, económico, ideológico o religioso, o limitaciones de su escritura no penetran dando lugar a libros de fácil lectura y rápido consumo, y otros que escriben historias que descubren a quienes las leen los múltiples registros de la trama que urde el mundo y el destino de sus habitantes, entendiendo por éstos a todas las criaturas vivientes. Mario Satz, argentino afincado en Barcelona desde los años setenta, pertenece a esta última clase de escritores que sostienen sus historias en la fuerza metafórica de la escritura poética y, en el caso de Campos de ajedrez, como en muchos otras producciones suyas, en la tradición oriental.
En esta novela o más precisamente nouvelle, Satz apela a la mirada china no con pretensiones de describir un escenario exótico, sino para revelar desde el valor de la luz propio de Occidente el valor de las sombras propio de Oriente. Desde este posicionamiento estético el autor traza sobre el damero, donde dos amigos, el emperador y su general, enfrentan sus estrategias personales -afectivas, políticas- y libran una batalla acotada -aparentemente- al juego en la batalla mayor que libran las fuerzas encontradas que tensan el mundo y el universo y que arrastra y compromete a otros hombres de distinta condición así como a la naturaleza y sus criaturas.
Es así como cada movimiento que tiene su correlato formal en cada breve capítulo se corresponde cabalmente con los avances de una batalla que compromete al poder, al futuro del imperio y la felicidad de sus súbditos. Cada movimiento representa uno a uno los capítulos de una intriga que socaba los cimientos del poder real y arruina sus símbolos hasta casi hacerlos desaparecer, al mismo tiempo que en otra parte se producen acontecimientos extraños a las vivencias humanas y la rutina de la naturaleza como signos de la armonía alterada y amenazada por la ambición. Y en ese acontecer serán la fuerza poderosa que sustenta la trama del universo, encarnada en la figura de un tigre, y la inocencia de un campesino que intuye los movimientos del “juego del Elefante”, como le llaman al ajedrez, las que restaurarán la felicidad y la riqueza, esos granos de arroz que representan el poder del viejo emperador.
Pero esta narración, tan propia de una fantasía oriental, sería una más si la escritura y el estilo de Mario Satz, su precisión y delicadeza, no convirtieran Campos de ajedrez en una joya literaria de alto aliento poético extraña a las adocenadas producciones editoriales contemporáneas.

miércoles, 7 de junio de 2017

LECCIONES DE TIEMPO SEGÚN LA POETA CORDOBESA LEONOR MAUVECIN

Releer Lecciones de tiempo (Libros del Innombrable, Zaragoza, 2015), de Antonio Tello es entrar en un laberinto donde la voz del poeta nos conduce y nos deja al borde del abismo.

Abre tus ojos ciegos, nos dice y nos permite a través de sus palabras, de las metáforas logradas y las imágenes precisas, ver desde lo oscuro, desde las limitaciones del tiempo y nos introduce en una poética conmovedora y profunda.
Lecciones de tiempo se titula el poemario, pero yo diría lecciones de vida son las que abreva el lector que se sumerge en esta búsqueda que obsesiona al poeta. Búsqueda de la luz a través de las tinieblas de un universo que anclado en esa mirada que cuestiona, aparece absurdo y sin sentido.
Ese fragor de luz / que satura las horas , dice y es el fragor de luz que busca la poesía de Tello , pero en esa indagación , en ese viaje el tiempo aparece como el desafío que nos condiciona y nos pone a merced de lo desconocido .
Apenas un parpadeo
y estás de nuevo
en el punto de partida
mas ya no eres el mismo

El dolor, la angustia, el sinsentido nos dejan desvalidos: en el mundo no somos el río/ que fluye sino la hoja que éste se lleva, dice .Como esa minúscula hoja somos, sujeta al devaneo de la vida y de la muerte que cual un péndulo nos conduce a los extremos:

Mariposas
en la boca del abismo

Antonio Tello, logra una poética de alto contenido filosófico y de profundo sentido ético. Desde la soledad el poeta interroga al universo, interroga al hombre y dice:
El hombre que vio su rostro
en el rostro del otro fue
el primero que habló de amor

Y es el amor la luz que redime ante el olvido y la muerte, pero
Cómo calcular el peso exacto del dolor
cómo medir la longitud del silencio
si la ignorancia nos hace extraños.

Es la sabiduría de un poeta que ha ahondado en las profundidades del ser y desde la soledad y el olvido ha podido mirar el rostro del otro. Antonio nos entrega estos poemas a través de la palabra que surge de una voz interior de ese yo que es tú, en el juego misterioso del lenguaje:

Quién es ese yo escondido que te habla
como si fueses yo
ese yo detrás de mi yo que me habla
como si fuese tú

El poeta se extraña de sí mismo, de la voz que brota desde esa realidad del espíritu que reflexiona y cuestiona la existencia. Se extraña de su propia sabiduría, que es una mirada lúcida sobre todas y cada uno de los dolores humanos. Esa mirada audaz que desafía lo establecido y que deviene en palabras. Abre tus ojos ciegos dice el poeta y nos ofrece la luz en este magnífico y conmovedor poemario de sólida construcción estilística.
de qué sirve la voz que teme al abismo (…)
nada podrá decir de la dicha
nada podrá decir del dolor humano

Al leer la poesía de Antonio Tello uno siente que se subvierte el orden y la reflexión del orden y le devuelve al mundo ingenuamente sólido sus rupturas y abismos.

viernes, 10 de marzo de 2017

EL POETA VENEZOLANO ALBERTO HERNÁNDEZ RESEÑA "O LAS ESTACIONES"

1.-
Se termina en el origen porque en él, en el origen, estaba el agua, los ríos, las corrientes superficiales y subterráneas. Los ríos siempre navegan, siempre llevan a alguien que habla, dice y se desdice, que pronuncia de acuerdo con el movimiento de la corriente. Hay ríos lentos y otros procelosos. Hay ríos filosóficos y ríos cotidianos. Hay los que cargan sonidos y hasta se convierten en mar. Otros que mueren empozados en la memoria de quienes los descubren.


La poesía siempre ha sido un río. Una corriente. Un pensamiento que se mueve. Fluye. A veces no termina en el río que buscaba. Otras, se hace río y viaja con él y es muchas veces el mismo río y el mismo hombre, un poco para contradecir al viejo Heráclito.
Pero hay ríos que se mimetizan. Son bosques, animales de habla. Hojas que crean el universo. El pequeño universo de una mirada. Árboles sensibles, porque abajo, en las raíces, el río siempre conserva su misma actitud: viaja entre las rocas, guarda con su silencio la vida de arriba. Siempre emerge, así no lo busquen. Sus venas y arterias purifican o destrozan.
Los ríos son verbos incansables.
Y en esto me involucra el poeta argentino Antonio Tello con su libro “O las estaciones”, publicado por InVerso, ediciones de poesía, Barcelona, España, 2012, quien en estas páginas porfía con los ríos y sus habituales tendencias: la naturaleza como reflexión, como interior constante para hacerla voz y silencio, geografía interior, afán de mirada y pensamiento.
Si lo leo es porque los “habitantes” de este libro me han invitado. Tello sabe que ellos, sus moradores, saben distinguirse entre los tantos sujetos que lo han convocado, tanto a él como a los lectores a seguir el curso de algún río, de los que dan a la mar y de los que se quedan en el pozo de la mirada del viajero.
Él, el poeta, entra en los secretos del río, en sus instantes, en su permanencia, en la eternidad de su marca, porque aún seco, el río está allí. Pero en este caso, el río lleva corriente, se mueve, se desplaza, como la vida y la muerte, como la eternidad.
Pero igual trata otros cursos, otros tránsitos, otros temas.
2.-
Aquí está el poema que inicia el río, que lo hace vértebras de un cuerpo poético, de una iniciación, de un propósito ineludible: agua, árboles, fluir. No se puede vadear un río, mucho menos un poema. En todo caso, se cruza o se observa para admirarlo. O pensarlo:
“No es el murmullo del agua/ lo que oímos a orillas del río. // No es el susurro del aire, / ni el rumor de los sauces.// No son las voces del bosque, / lo que oímos a la orilla del río. // No es el canto del grillo, / ni el paso de las estaciones.// Es desespero de ramas verdes/ adioses en pos de la corriente.// El río es silencio que fluye. Lo/ que oímos no es el rumor del agua”.
Y así como las aguas “corren serenas”, hay otras que desvanecen paisajes. Los ocultan, los barren. Pero para eso está quien los habla, quien los nombra. Un sujeto que elabora sonidos, los masculla con el propósito de fundar el mundo desde quien verdaderamente ha vivido esa creación:


“El poeta observa donde escribió
el nombre. Nada había antes ahí. El
árbol es testigo. Su memoria
es anterior a la semilla”.


Una poética que resume cualquier intento de desdecir la imagen: la semilla es la metáfora de lo que se mueve, de lo que se moverá.
Un árbol, hijo dela semilla, será el único personaje de una historia que conserva el mismo carácter: un árbol tiene su sitio, lo conserva, lo anima, lo nombra cada que se mueve, cada vez que florea o carga sus frutos. Y cada vez que deja caer las semillas, se hace muchos árboles.


Y,


“Aunque el árbol envejezca, no/ se altera la eternidad del bosque. / Las hojas que retoñan, verdean y/ caen, viven. Humus y ceniza/ abonan la memoria bajo la/ nieve. Marcas de la madera. El/ bosque. Solsticio del presente. Las estaciones”.


Entonces aparece el gran tema: los cambios, la transmutación. Las vueltas que inventan el clima y sus tantos complejos naturales. El poema está sujeto a ellas, a las estaciones. Es también una estación: un cambio permanente. Un ser vivo. Orgánico. Poema que no cambie con cada lectura, muere, como las hojas invadidas de musgo, de bacterias. Un poema es un árbol, podría serlo si quien lo cultiva lo somete a cambios de lectura. Así se lee el río, los árboles, las hojarasca y hasta al mismo poeta. Un poeta es leído desde él mismo. Se le ve a los ojos cerrados y algo emerge de su ceguera. O de su clarividencia.
3.-
La belleza puede ser concebida como una aliada para prestigiar búsquedas. Así como puede ser también peligrosa, si riesgo consiste en hacerla visible. Un poeta vive en permanente riesgo. Si logra esa belleza se torna sospechoso. Es decir, hacer belleza es el acto más subversivo del ser humano, porque hacer lo contrario es lo normal. Lo natural. Disparara para matar un venado y luego consumirlo no entraña ninguna belleza. El oficio de sobrevivir es una necesidad. No belleza. De allí que con Antonio Tello la belleza encarna en lo más natural. Y lo es tanto que asombra.


Veamos:


“Cuando las hojas caen de las ramas, / el árbol no olvida que fueron suyas.// El árbol crece. Pierde sus hojas y crece. Hasta que los círculos de la memoria alcanzan el límite. Crece. ¿Y el bosque?//
¡Ah, el bosque!”.


Y queda la pregunta en medio de una respuesta que no necesita pronunciarse. El bosque está allí, hecho árboles. Hay bosques imaginarios, sin árboles. Un bosque es un inventario de habitantes. De suministros del agua, del aire, de los elementos. Un poema es un bosque: también tiene habitantes que se aproximan, cuerpo a cuerpo.
Aparece el ser, el humano ser en medio de las hojas:
“El abrazo es el escudo de los amantes”
El lector se pregunta: ¿qué hacen esos amantes en un bosque? Podría parecer contraproducente. ¿Quién los invitó? ¿Quién los trajo? Pues, la libertad del poema. El bosque mismo como poema o como tiempo, como un momento, como la cortedad de la respiración. Y entonces:
“¡Qué breve es la felicidad del colibrí!”


Así, amantes y colibrí en medio de un bosque son tan temporales que el mismo bosque los extrañaría. Es tan corta su felicidad como larga es la vida del bosque.
Árboles, aves, escrituras del aire, signos y símbolos, miradas, el vuelo repetido de algún celaje. Y el río, de nuevo:


“Otra vez lo veo. Las hojas secas yéndose una/ a una con el río. A la intemperie, los árboles// Veo las voces abandonadas a orillas del bosque (…) Hasta que la mirada caiga en el río y con ella/ se ahoguen la visión del bosque y el gozo de los ríos”.


4.-
Pero el árbol persiste, perdura. Lleva su tiempo en la corteza. El poeta lleva su tiempo en el tono. No obstante, hay “arboles” que migran obligados, hechos madera u olvido. ¿Quién puede dejar ir un árbol o borrarlo de la memoria si fue tiempo en la mirada, en la infancia o en la vejez de quien no ha muerto? Un árbol, un sujeto revestido de ramas. Un extraño. Un extranjero, una presencia extraña:


“El árbol desterrado es siempre exótico”, dice quien no lo olvida.


Y al cuido de su sombra, los amantes: no puede evadir el hombre, el ser humano, el calor de la carne del otro. Los que se tocan también son parte del bosque y terminan en un río. O envueltos por el clima. Absorbidos por sus horas. O por las estaciones. Tocados por ellos mismos: “El tiempo de los amantes en la caricia”.
¿Qué poema no insiste? ¿Qué arbitrariedad sonora no se hace visible en el instante en que los cuerpos se rozan.
Por el eso: “El árbol nace para la brisa (…) y el alborozo de las hojas / conoce la lengua del viento (…) El viento carece de la paciencia del árbol”.


El ojo de quien habla aspira a ser parte del bosque anochecido. El misterio. El último camino. El cierre: el poema ha cumplido su misión.
“¿Es la lengua de los muertos/ la que siempre hablan las sombras? (…) Las sombras no cierran los párpados (…) ¿Es así como acaban las estaciones?”


Las preguntas podrían ser motivo para otros versos, para otro viaje a ese río indetenible, a ese bosque que comienza a mostrar los primeros árboles.
Vuelta al origen.


viernes, 20 de enero de 2017

NARANJAS AMARGAS, Julio Castellanos

Julio Castellanos
Naranjas amargas (El Espejo Ediciones, Córdoba, 2016), de Julio Castellanos es un breve libro que, al iniciarse con el poema que le da título y sirve de epílogo a su Poesía reunida (1983-2013), se presenta como una continuidad, pero también como decantación de una poética reflexiva acerca del lugar que ocupa la conciencia humana en el fluir de la vida, entendida ésta como un constante fluir cósmico.



Los poetas como Julio Castellanos abjuran de toda impostura y no necesitan de los artificios del lenguaje o de la "poeticidad" de ciertas palabras para fijar el paisaje de lo entrevisto en cada viaje de exploración que emprenden.
Naranjas amargas es un libro tan breve como esencial porque el poeta es consciente de que aunque palabra y verdad se acerquen / a meras formulaciones, apariencias, / a moldes del decir, / a veces la palabra del poema / tiene algo de verdad / o la verdad, el cuerpo ficticio del poema. 
Esta conciencia sustantiva formula con sencillez los fundamentos éticos que mueven al poeta a decir lo que dice negando cualquier tipo de concesión a todo aquello que puede desviar o tergiversar su voz y la carga de verdad que ella trae consigo. Su compromiso con esa maravilla dolorosa / que llamamos vida, con eso que huye, es total pero eso no le hace perder a Julio Castellanos su sitio de observación de la realidad y la naturaleza extranjera del ser en el mundo, reconociéndose aquí su filiación con el existencialismo sartreano o, mejor, camusiano [pienso ahora en el Antoine Roquentín de La náusea o en el Meursault de El extranjero]. Es así que el poeta escribe Recuérdalo: alguna vez naciste / y fuiste arrojado hacia el mundo de lo cual resulta que todo lo del otro es ajeno, de modo que sobre estos principios de reconocimiento del ser uno y el otro se asienta esta poética de la fugacidad que es la poesía de Julio Castellanos. 
Tal cosa significa que el marco en el que se mueve su escritura es borroso y estrecho. La borrosidad se acumula / en rincones sordos, escondida / en ángulos pretéritos y agudos / a los que no llegan los dedos y no llega tampoco la mirada. Esa es la realidad -la vida- que se fuga, un ardimiento deshecho en tanto ausente, en la que se es en sí mismo, uno y otro [Nada soy sin tu soy, sólo sangrante / y coagulada falta en lo presente] a expensas del tiempo, también en fuga [La buscaba, la busqué por todos los rincones del sueño. // Mientras lo hacía, iba envejeciendo]; tiempo del cual tampoco el poeta tiene certeza de realidad palpable salvo a través de su propio sentir [Aunque la eternidad no exista, / sé que en algún lugar de la eternidad / podré encontrarte.]
Mucho más que lo antedicho, esta poesía es una construcción verbal tan luminosa como inteligente donde resuena la voz desnuda de un poeta mayor como es Julio Castellanos, donde su sólida escritura es materia que resiste la erosión del tiempo.